IV Centenario de la muerte de Miguel de Cervantes
Cervantes y sus biógrafos

<em>IV Centenario de la muerte de Miguel de Cervantes</em><br>Cervantes y sus biógrafos

Al término de un año cervantino resulta interesante repasar la historia biográfica de Miguel de Cervantes, desde el primer intento de narrar su vida hasta el último autor que está procurando recomponer y zurcir tantas inexactitudes y desaguisados.

Por Marcelo Estefanell ///

El primer biógrafo de Miguel de Cervantes se llamó Gregorio Mayans y Siscar (1699-1781) y el último se llama José Manuel Lucía Megías (1967), actual vicedecano de Biblioteca, Cultura y Relaciones Internacionales de la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid; quien ha prometido, además, presentarnos en tres tomos la vida del ilustre alcalaíno.

Un inglés generoso

A comienzos del año 1616 Cervantes sabía que se estaba muriendo. A tal punto era consciente de su situación que en la dedicatoria de su última novela, Persiles y Sigismunda, fechada el 19 de abril de 1616, citó estos versos:

Puesto ya el pie en el estribo,
con las ansias de la muerte,
gran señor, ésta te escribo.

Y en prosa continúa:

Ayer me dieron la Estremaunción y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto (…).

Tres días más tarde, el autor de Don Quijote nos dejaría a los mortales con su obra trascendente y, a la postre, universal.

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John Carteret (1690-1763)

Sin embargo, a pocos años de su muerte fue prácticamente olvidado, y si bien sus textos sobrevivieron en sucesivas traducciones al italiano, al francés, al alemán y al holandés, predominó el silencio anónimo de innumerables lectores sin que tengamos registros de reediciones en lengua castellana. Tuvieron que pasar 122 años de su fallecimiento para que en Inglaterra —1738— se publicara, en cuatro tomos, una edición ilustrada y muy cuidada de don Quijote en español, por iniciativa de John Carteret (1690-1763), Barón de Granville, un lord inglés políglota, erudito y ministro de la Corte, que no tendrá ningún empacho en gastar 1200 libras esterlinas con ese fin (una fortuna en aquellos tiempos). Carteret le encargó el trabajo al editor y librero más destacado de la época: J. y R. Tonson. Este realizó una publicación ilustrada por los dibujantes y grabadores más conocidos de su tiempo, como lo fueron los pintores John Vanderbank y William Kent (autor del retrato —inventado— de Cervantes), y grabadores de la talla de Vertue, de Gerard Vandergucht y de Claude du Bosc, sumando 67 láminas a toda página, un frontispicio y un retrato de Cervantes. Lord Carteret no solo impulsó esta estupenda edición en castellano de Vida y obra del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha sino que además incluyó la primera biografía de Cervantes a cargo del ya mencionado Mayans y Siscar, un valenciano culto, historiador y jurista, exponente destacado de la ilustración española.

Así pues, paradojas de la literatura, de la historia y de la vida (que, a veces, es lo mismo), tuvo que ser un Lord inglés quien trajera desde el olvido al Caballero de la Triste Figura y a su autor con el fin de regalarle esa obra extraordinaria a la Reina Carolina (1683-1737), quien gustaba de la lectura de novelas y contaba con una colección notable de distintos autores europeos.

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Gregorio Mayans y Siscar (1699-1781)

Al mismo tiempo que Carteret promovía a Cervantes y a su Quijote en la corte de Jorge II, no dejaba de presionar junto a otros poderosos hombres de la nobleza inglesa, para romper el monopolio comercial español en sudamérica: los intereses económicos y políticos seguían por otro carril a sus entusiasmos literarios, de tal suerte que al año siguiente de la publicación de la primera biografía de Cervantes, Lord Carteret promovió la guerra entre Inglaterra y España (1739).

Esta edición, junto a la primera traducción al inglés del Quijote por Thomas Shelton en vida de Cervantes (1612),  tendrá una influencia notable en autores ingleses como Henry Fielding, Laurence Sterne y, por sobre todos, en el poco difundido Tobías Smollett (1721-1771), un escocés médico, historiador y novelista, quien además, por conocer el castellano perfectamente, se animó a hacer otra traducción al inglés de Don Quijote en 1755; con tanto atino realizó la tarea que muchas ediciones anglosajonas posteriores se basaron en aquella versión revisada por él mismo en 1761.

En suma, a 400 años de la muerte de Miguel de Cervantes, justo es reconocer en la primera de sus biografías la influencia de su obra sobre los enemigos de España en los mares, en los saqueadores de Cadiz y, por si fuera poco, conquistadores de Gibraltar hasta nuestros días, confirmando aquello de que el arte no tiene frontera y nos hermana para siempre más allá de lo circunstancial.

Otras curiosidades

Con una honestidad intelectual admirable, Gregorio Mayans le escribe a Lord Carteret un texto aclaratorio en donde expone las dificultades que tuvo para llegar a buen puerto en su tarea de biógrafo: había pasado más de un siglo desde que el autor del Quijote había muerto y fue tan maltratado e ignorado por sus coterráneos que (…) He procurado poner la diligencia a que me obligó tan honroso precepto, y he hallado que la materia que ofrecen las acciones de Cervantes es tan poca, y la de sus escritos tan dilatada, que ha sido menester valerme de las hojas de éstos para encubrir de alguna manera, con tan rico y vistoso ropaje, la pobreza y desnudez de aquella persona dignísima de mejor siglo; porque, aunque dicen que la edad en que vivió era de oro, yo sé que para él y algunos otros beneméritos fue de hierro. Los envidiosos de su ingenio y elocuencia le mormuraron y satirizaron.

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Dicho de otra forma, Mayans tuvo que construir su biografía tomando toda la obra de Cervantes como fuente principal de información y suponiendo, además, que muchas historias narradas por el autor del Quijote fueron autobiográficas. Por eso sus errores más flagrantes, como concluir que había nacido en Madrid y que fue en el año 1549, por ejemplo; deducciones que hace a través de un fragmento de Viaje al Parnaso, por un lado, y del prólogo de las Novelas Ejemplares, por otro. Sin quererlo, Gregorio Mayans comete el mismo desacierto que el personaje central de Cervantes: Alonso Quijano el Bueno, por extensión, don Quijote de la Mancha, parte de la premisa de que todo lo que está en los libros es cierto.

De todas formas, el mérito de ser el primer biógrafo y de haber rescatado no solo la memoria de Cervantes sino también la de un Juan Vives, la de Teresa de Ávila y la de San Juan de la Cruz, entre otros tantos, habla muy bien de este español de la ilustración.

Entre dos siglos

Hubo que esperar 43 años más, luego de la versión de Mayans, para que un Teniente Coronel del cuerpo de Dragones y experto en artillería, llamado Vicente de los Ríos (1732-1799), aportara otra biografía del Manco de Lepanto como prefacio de la primera edición cuidada que mandó a publicar la Real Academia Española (1780). Este oficial español fue quien descubrió los documentos que ratifican el rescate de Cervantes cuando estuvo cautivo en Argel y quien concluye, además, que nuestro escritor no había nacido en Madrid, como sostuvo Mayans, sino en Alcalá de Henares.

Pocos años después, en 1797, Juan Antonio Pellicer y Sorforcada publica una Vida de Miguel de Cervantes Saavedra donde aparecerán nuevos datos documentados como la partida de casamiento de Cervantes, una nota referente a la escritura de la dote otorgada por nuestro autor a favor de su esposa y una carta de pago por el rescate.

Así culmina el siglo XVIII en materia de biografías cervantinas y, desde entonces, cada vez se pondrá más énfasis en la base documental como lo hizo, en 1819, Martín Fernández de Navarrete (1765-1884), un marino de carrera convertido en escritor y minucioso historiador, quien tituló Vida de Miguel de Cervantes Saavedra / escrita e ilustrada con varias noticias y documentos inéditos pertenecientes a la historia y literatura de su tiempo, anunciando así más elementos objetivos que servirán para despejar tanta historia novelada, aunque desde su tiempo y lugar no puedo evitar caer en giros interpretativos como este:

(…) Cervantes se impone como uno de aquellos hombres que el cielo concede de cuando en cuando a los hombres para consolarnos de su miseria y pequeñez. Escritor clásico por antonomasia, trasciende gustos y modas, sin padecer, como Góngora, Quevedo o Calderón, la condena del barroco. Así es como llega a encarnar el genio hispano, en su vertiente nacional y universal, en un momento en que España se esfuerza en reivindicar el lugar que ha de corresponderle en el concierto de las naciones civilizadas.

De todas maneras, la importancia del criterio documental se había instalado por más que a lo largo del siglo XIX la vida y la obra de don Miguel servirá de pretexto y espejo de románticos y positivistas, de nacionalistas y marxistas, que irán construyendo a través de sus ensayos y de sus artículos un mito llamado “el Príncipe de las Letras” y otros dislates.

Escritores de la talla de Cristóbal Pérez Pastor (1842-1928, de Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912), de Francisco Rodríguez Marín (1885-1943), de Miguel de Unamuno (1864-1936), y de Américo Castro (1885-1972) hicieron sus aportes, polemizaron y oscilaron entre el cervantismo y el quijotismo, confundiendo, a veces, deseos con realidades, concepciones filosóficas con intensiones del autor. Aun así, al sacerdote Cristóbal Pérez tenemos que estarle agradecidos por haber organizado la búsqueda de documentos relacionados con Cervantes en toda España, mostrando sus dotes de archivero y de ratón de biblioteca.

Siglo XX

El tercer centenario de la primera edición del Quijote (1605-1905) fue un excelente disparador de conferencias, tertulias y publicaciones de cervantistas y escritores de fuste, como José Martínez Ruiz, más conocido por su seudónimo de Azorín, o Narciso Alonso Cortés (1875-1972), poeta, ensayista y estudioso de la vida de Cervantes.

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José Manuel Lucía Megías (1967)

Pero a lo largo del siglo pasado resalta por su erudición, por su trabajo y por el tamaño de la obra, Luis Astrana Marín (1889-1959), quien a través de siete tomos nos ofrece la Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra, con más de 1.400 documentos y grabados jamás antes recopilados, convirtiéndose así en un referente ineludible si se quiere profundizar en la vida del escritor hispano que más ha influido sobre las letras.

Por último, en esta breve reseña, hay que mencionar la obra en curso de José Manuel Lucía Megías, cervantista moderno a quien el desafío de realizar otra biografía del Manco de Lepanto en pleno siglo XXI no lo amilanó, sino que, por el contrario, le dio un impulso novedoso porque parte de lo que se sabe, desmitifica muchas construcciones falsas e intenta ubicarse en aquellos tiempos tan ricos en la historia de España, en general, y de un hombre, en particular, quien a lo largo de sus 68 años de vida fue soldado, recaudador de impuestos y escritor prolífico.

Para lograrlo, Lucía Megías prometió tres volúmenes y ya cumplió con los dos primeros: La juventud de Cervantes. Una vida en construcción, presentado en Montevideo en abril pasado: abarca los primeros 32 años de la vida de don Miguel, desde su nacimiento hasta que es liberado por los sarracenos en 1580. El segundo tomo se titula La madurez de Cervantes. Una vida en la Corte y se presentó en España en noviembre de 2016. En estos momentos, está en proceso de edición la última parte que abarca la vejez, desde la aparición de la obra que lo haría famoso (Don Quijote de la Mancha) hasta su muerte (1604-1616), período en el cual publica casi toda su profusa obra.

Los verdaderos creadores siempre darán que hablar. Cervantes no fue, no es ni será una excepción. Estos cuatro siglos que han pasado desde su muerte así lo confirman y a nosotros, habitantes de la era espacial, de las comunicaciones en tiempo real, de la instantaneidad y de la inteligencia artificial, nos viene de perlas detenernos un instante en la increíble historia de vida de quien, sin quererlo, inventó la novela moderna.

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