“Ni perros ni mexicanos”: ¿Solo humor intrascendente?

El pretendido chiste que polarizó a la sociedad, entre quienes denuncian una expresión discriminatoria y quienes lo minimizan y acusan a los críticos de practicar una trasnochada “corrección política”, tiene una historia que no se debe ignorar para entender el episodio en toda su dimensión, dice Alberto desde Nueva York. Otros oyentes comentaron el tema.


Después de 15 años de escucha ininterrumpida de En Perspectiva en Nueva York, y habiendo aprendido a apreciar la seriedad y profundidad del periodismo que su programa practica, me permito volver a dirigirme a usted para hablar del notorio cartel que apareció en un coffee shop de Montevideo: “Ni perros ni mexicanos“.

El enfoque que usted le dio en La Mesa se limitó a una reseña sobre cómo las redes sociales habían tratado el asunto. Me quedé helado de la superficialidad y frivolidad del tratamiento. En ese letrero hay un tema de fondo, real, horripilante en su historia y en sus consecuencias. Ni usted ni ningún miembro de la mesa parecían saber que el letrero no es un “ocurrencia” de Quentin Tarantino, como dicen los propietarios del coffee shop y sus defensores. El cartel es muy anterior y se han visto versiones del tipo “Ni perros ni negros“, “Ni perros ni irlandeses“, o “Ni perros ni judíos” en Inglaterra, EEUU y Francia. Baste con recordar los estragos que causó esta discriminación y despersonalización de las minorías en el Sur de los EEUU o en la Europa ocupada por el nazismo (lugares donde se han visto estos letreros), algo que llegó al horror de atroces linchamientos y ejecuciones en masa, para entender que no se puede dejar todo esto en el plano de las referencias culturales a un famoso cineasta, o de lo incómodas que son las personas “políticamente correctas”.

Me parece que un verdadero periodismo (disculpe si parezco dictar cátedra, pero estoy indignado) tendría que ir a esta dimensión más profunda del “mensaje” del letrero y no tachar de Savonarolas criollos a quienes censuramos la insensibilidad, ligereza y estupidez del mensaje.

Google nos da todas las herramientas para enterarnos de lo que está en el trasfondo de nuestra indignación. Moléstese, por favor, en buscar “no dogs no blacks signs” o “no dogs no irish signs” y verá lo que encuentra. Y, si queda convencido, qué bien le vendría a sus oyentes enterarse de esa otra dimensión de lo ocurrido en las redes sociales, en algún otro programa.

Alberto Reyes
Vía correo electrónico


Si el bar dijera “No entran perros ni mujeres”, ¿cómo lo estaríamos discutiendo?

Gustavo Garibotto
Vía correo electrónico


Trump llamó para pedir una mesa en el café.

Jajajaja que escándalo al santo cuete, aunque es cierto que el gringo se podía haber ahorrado la frase.

Alberto Garda
Vía correo electrónico


Creo, sobre todo por la frivolidad de la respuesta de los dueños del comercio, que simplificar la gravedad del hecho no es otra cosa que incurrir en lo que Hanna Arendt llamó la “banalidad del mal”. Más allá de las adhesiones políticas, ideológicas y filosóficas de quienes hicieron el “chiste inteligente”, no deja de ser un sobrecogedor testimonio –a nivel montevideano y medio provinciano– de los terribles tiempos Trump que estamos comenzando a vivir.

Rodolfo Levin
Vía correo electrónico


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1 Comentario - Escribir un comentario

  1. Si vamos a relacionar cualquier frase con los derivados o relacionados que se generen en la historia , estamos en el horno. Esas asociaciones son patéticas.
    Este oyente sucumbe a una paranoia sorprendente.
    No nos pasemos de la raya.

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