El libro de Jorge
Objeto: Mosca

Traducciones del alemán

Objeto: Mosca

Hace tiempo quedó establecido que el ancla de los caballos es lisa; una comba amable, redondeada y lisa; el escorzo de un seno de mujer visto con lupa.

Sucede a veces, sin embargo, que se producen erupciones en esa piel de tirante, las cuales erupciones adoptan la apariencia de porotos negros diseminados; y es a esta patología dermática que llama el doctor Lubbe, A.M. “acné caballeril”.

Todo equino que padezca acné –escribe el profesor de Pretoria– tendrá escozores, molestias que se manifestarán de inmediato por la oscilación de péndulo invertido que adoptará la cola del animal, abandonando su lacia posición de reposo para erguirse de pronto y actuar a la manera de un limpia parabrisas que abanica la zona afectada refrescando la picazón” (Véase, South African Medical Journal: “A comparative Study of Rural and Urban Venda Males”).

Las pelotillas negras que el vigoroso colear yeguarizo desprende del cuarto trasero de la cabalgadura se conocen vulgarmente como “tábanos”; tales excrecencias no deben confundirse, pese a todo, con la cazcarria ovina que es una simple masa inerte. Por el contrario, los puntos negros nacidos en la grupa del rocín, al ser movidos por el cólico plumerazo, pueden remontarse asombrosamente, y echándose a volar, convertirse en criaturas del aire.

El presente opúsculo, justamente, pretende ser una contribución al trazado de las primeras diferencias esenciales y existenciales entre los abrojos y las moscas.

En un libro que no sabemos si llegó a publicar, el señor Osvaldo Spengler decía: “Contemplad las flores en el atardecer, cuando al sol poniente se van cerrando unas tras otras. Una desazón, un sentimiento de misteriosa angustia invade el ánimo ante esa existencia ciega, somnolienta, adherida a la tierra. La selva muda, los prados silenciosos, aquel matorral y esta rama no pueden erguirse por sí solos. El viento es quien juguetea con ellos. En cambio, la mosca es libre: danza en la luz del ocaso: se mueve y vuela donde quiere.

Una planta es por sí misma nada. Constituye un fragmento del paisaje en donde el ocaso la obligó a arraigar. El crepúsculo, la fresca brisa, la oclusión de las flores, nada de esto es causa y efecto, ni peligro que se advierte, ni resolución que se toma, sino un proceso uniforme de la naturaleza, un proceso que verifica junto a la planta, con la planta y en la planta. Por sí, la planta no es libre de esperar, de querer o de elegir.

En cambio, el animal puede elegir. El animal vive desprendido del resto del mundo. Ese enjambre de mosquitos, que siguen danzando sobre el camino, aquella ave solitaria que hiende el cielo crepuscular, la zorra que espía un nido –todos estos son pequeños mundos por sí, inclusos en otro mundo mayor. El infusorio invisible para los ojos humanos, el infusorio que vive en una gota de agua la breve vida de un segundo, en un minúsculo pliegue del líquido, el infusorio que vive en una gota de agua la breve vida de un segundo, en un minúsculo pliegue del líquido, el infusorio es libre e independiente frente al conjunto cósmico. El roble gigantesco, en una de cuyas hojas se estremece esa gota de agua, no lo es”.

Partiendo de bases similares hemos sostenido que el abrojo es conservador y retrógrado, un peso muerto aferrado a su rutina, mientras que la mosca improvisa, decide, elige. Sabiamente, escribe Klug, Ulrich en “Ensayos de Filosofía del Derecho”: La mosca es una gota de libertad y poco importa que a veces salpique el estiércol. Puede ser un modo de prepararse para volar más alto”.

La planta tiene existencia, pero la mosca tiene vigilia. No es un hecho banal en consecuencia, que la mosca mire por cientos de ojos: está vigilando, ansiosamente, se desborda de precaución, está aprendiendo, enterándose del mundo; necesita saber qué pasa; va a resolver y en eso le va la vida.

El abrojo, en cambio, vive fijo y en la oscuridad; su nombre está diciendo que abjuró de los ojos. Todo en la vida se clasifica según estos dos verbos: prenderse y desprenderse. Solo aquellos que estén ligeros de equipaje, asistidos por el espíritu joven podrán preguntarse: ¿dónde? Esta es la pregunta del que despierta. La planta vive y engendra vida; pero no nace, crece.

La experiencia íntima de la profundidad es un potente disparo que parte de un centro luminoso y hiende el espacio hacia las lejanías invisibles. El yo es un concepto visual; “La planta no mira ni ve, ni tiene mundo sensible que se desplace, está incrustada, cree que sus relaciones con el pequeño lugar que la rodea son el universo. Es lo que se llama “espíritu provinciano”.

Por eso cabe recomendar cierta prudencia en las tardes de verano. Esa mosca insistente que fastidia, está cuajada de ojos, averiguando, ejerciendo su libre arbitrio para preferir este o aquel camino; está procurando determinar de dónde vendrá el peligro y qué conviene hacer; está ejerciendo noblemente su vida, de modo muy superior a la modorra vulgar de aquel que, en medio de la siesta, lanza un manotón para espantarla.

Los sabios tienen tendencia a compararse con los tábanos.

* * *

El libro de Jorge es el blog de Carlos Maggi en EnPerspectiva.net. Actualiza los viernes con uno de los textos de El libro de Jorge, volumen que editó originalmente el Club del Libro del programa radial Discodromo en agosto de 1976.

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El libro de Jorge: Objeto: Tacho de basura

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