El sargento cumple 50

Video: The Beatles

Por Eduardo Rivero ///

Especialistas, periodistas, opinólogos, fanáticos, estudiosos, teóricos, analistas, musicólogos y un arco interminable que va desde los conocedores más profundos a los chantas más irredimibles están analizando el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de The Beatles en el quincuagésimo aniversario de su edición, el 1 de junio de 1967.

No voy a sumarme al coro de los que hacen llover sobre mojado respecto a lo que ya sabemos: el disco más osado de la historia, el primer álbum conceptual, la tapa más loca y revolucionaria de todos los tiempos, los 129 días en un estudio de grabación que cambiaron la música del mundo…

Prefiero viajar hacia el fondo de mi tiempo y hacia lo más profundo de mi memoria para recorrer sensaciones, ojear viejas fotos mentales tal vez amarillentas pero en absoluto empalidecidas, volviendo al Montevideo y a mi edad de entonces y a lo que significó asistir al parto de ese disco eterno y aún hoy, por sobre todas las cosas, moderno de toda modernidad.

Tenía 15 años. No tenía novia. Estaba en el 3°C del Dámaso. Era tímido hasta la exasperación. Estaba empezando a cantar y escribir canciones junto a Jorge Galemire. Adoraba las clases de Literatura que nos daba un pibe de 23 años, de vaqueros Lee y bigotes, llamado Hugo Achugar. Vivían mi abuelo, mis padres, mis tíos y dos primos esenciales en mi día a día; todos los que hoy no están desde hace ya largo tiempo. Vivía en una casa de altos en la calle Francisco Simón, a la vuelta del Santorio Impasa. Y tenía en mi cuarto-escondite un rudimentario pero precioso grabador de cinta de carrete abierto marca Geloso prestado por una prima.

Cultivaba desde hacía ya unos años la más deliciosa religión: la beatlemanía, que ofrecía como ceremonia suprema, el ir a la célebre vidriera en ochava del Palaco de la Música, en 18 de Julio y Paraguay a conocer “el último de Los Beatles”. Mientras esperaba conocer la tapa del último de la banda que daba auténtica vida a mi vida, recibí la noticia de la llegada del nuevo disco al programa que escuchaba entonces cada mañana: Impactos de la nueva ola en CX 50 Radio Independencia.

Su conductor, de canchero y aristocrático estilo, anunció simplemente que íbamos a escuchar algunos temas del disco de nombre raro e impronunciable.

Me preparé como correspondía: coloqué el pequeño micrófono del grabador Geloso frente al parlante del combinado Philips y me dispuse a grabar y de paso escuchar. Era el último de Los Beatles. Seguramente me encantaría. Pero no. Llegué a grabar ese día Good Morning Good Morning, Getting Better, Being for the Benefit of Mr.Kite y A Day in the Life. Rebobiné la cinta para comprobar que realmente había escuchado lo que había escuchado: gallinas cacareando, otros animales bastante irreconocibles emitiendo sus graznidos, un órgano que sonaba a chorro de vapor de una locomotora, un ruido cacofónico insoportable, oscuro y enorme producido por una orquesta sinfónica… ¿Qué era todo aquello?

Llamé inmediatamente a Galemire, cuya opinión respetaba como ninguna.

—¿Escuchaste?
—Si, claro.
—¿Y?
—Horrible… no entiendo… creo que esta vez se equivocaron —concluyó Jorge.

A la mañana siguiente grabé Lucy in the Sky with Diamonds, Lovely Rita y When I’m Sixty Four. La misma impresión. Sonidos nuevos que atemorizaban, descolocaban, confundían. Salvo When I’m Sixty Four. Esta sí se entendía, con su atmósfera de añejo fox trot. Esta sí se parecía a Los Beatles. Claro que ya conocía el disco previo, Revolver, que también me había desconcertado de entrada, pero este nuevo disco ya era demasiado.

Tenía razón Jorge: esta vez le habían errado.

El pequeño grabador Geloso, de plástico blanco y con botones de colores y motor recalentador, hacia girar el carrete de cinta una y otra vez.

Y en cosa de tres o cuatro días empezó a suceder algo que aún hoy me sorprende y maravilla. El grabador era el mismo, la cinta sonaba igual, las canciones registradas eran las mismas, pero una suerte de hipnótica fascinación empezó a ganarme, para, una vez consolidada, dar paso a la más absoluta convicción: el nuevo disco era algo tan maravilloso que no encontraba las palabras para describirlo. De nuevo llamé a Galemire.

—¿No te parece que los nuevos temas…?
—Si, ya sé: son increíbles.
—Entonces no le erraron…
—¿Cómo le van a errar si son Los Beatles? —concluyó Jorge.

En algún otro lugar de Montevideo, mientras escribía los poemas de sus primeros libros y preparaba sus mágicas clases de Literatura, Hugo Achugar también escuchó esas canciones venidas de otro planeta para cambiar para siempre el planeta joven en el que entonces vivíamos Jorge y yo, pero también él, recién recibido de profesor.

Por alguna misteriosa razón, con este disco no pasó lo que siempre ocurría con todos los otros, que demoraban años en editarse localmente. Este llegó en apenas tres meses.

El 4 de setiembre, día de mi cumpleaños número quince, mi abuelo italiano me preguntó, con su adorable acento extranjero, qué quería como regalo. “El último de Los Beatles”, respondí sin dudar.

Jamás olvidaré que tomé el trolley de Amdet número 4, que las cifras de mi boleto sumaban 21, lo que entonces era considerado buena suerte garantizada, y que a poco de bajarme en 18 y Paraguay vi por primera vez en la vidriera ochavada de Palacio de la Música la tapa de las tapas. Una vez más, no entendí nada. Era diferente a cualquier otra portada de disco que hubiera visto en mi vida. A los pocos días, como había sucedido con la música, el desconcierto nuevamente dejó lugar al deleite.

Tras una de sus clases, Hugo Achugar me abordó en el pasillo del Dámaso y me preguntó si podía prestarle el disco un par de días, lo que era un enorme honor, y así lo hice. Hasta hoy siento que Sgt. Pepper’s me ha hermanado con Hugo para siempre.

Portada del disco Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Crédito: TheBeatles.com. Ampliar (+)

Muchos compañeros del Dámaso odiaron ese disco. Era demasiado raro y además –condición aún excluyente en 1967– no se podía bailar. De a poco los fue ganando a todos. Es ese tipo de disco, capaz de generar cambios hacia afuera y hacia adentro de todos quienes asistimos a su nacimiento. Y de todos quienes lo han conocido hasta hoy.

Jorge Galemire ya no está. Algún día, ni yo ni Hugo Achugar ni ninguno de los que ocupamos el salón 3 del turno matinal del Dámaso en 1967 estaremos. Seremos polvo cósmico, átomos furtivos, energía inasible vagando por el universo. Ni siquiera seremos un recuerdo. Tal vez alguna referencia perdida en algún documento “cajoneado” en algún futuro disco duro, parte de alguna nómina de los que alguna vez habitamos este país.

Eso sí: el Sgt Pepper’s Lonely Hearts Club Band seguirá estando, para deleite y asombro de nuevos melómanos y para que futuros especialistas, periodistas, opinólogos, fanáticos, estudiosos, teóricos, analistas, musicólogos y un arco interminable que irá desde los conocedores más profundos a los chantas más irredimibles sigan intentando la imposible tarea de describir el genio indescriptible de The Beatles.

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Urquiza esq. Abbey Road es el blog musical de Eduardo Rivero en EnPerspectiva.net. Actualiza los miércoles.

Video: The Beatles

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50º Aniversario del disco Sgt Pepper’s Lonely Hearts Club Band, sitio web oficial de The Beatles

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1 Comentario - Escribir un comentario

  1. Genios. Ese disco significó una evolución.
    Me ha pasado con Mateo eso de apreciar después de varias «escuchadas». Con los innovadores debe pasar eso.
    Buen homenaje, gracias.

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