La construcción del mito de Bon Scott: El retorno improbable de AC/DC, parte 2

La construcción del mito de Bon Scott: El retorno improbable de AC/DC, parte 2
Por Gastón González Napoli ///

A días de que AC/DC edite su nuevo disco, un lustro después de que se le firmara su certificado de defunción, un repaso por su obra para explicar por qué tienen tanto peso en el universo rock (y por qué vale la pena escucharlos aunque se diga que hacen siempre lo mismo). La primera parte, sobre los orígenes del grupo, puede leerse aquí.

Bon Scott falleció el 19 de febrero de 1980, a los 33. No fue el primer cantante de AC/DC -sustituyó al breve Dave Evans- y cantó en la banda durante solo seis años, de una carrera que está al borde de cumplir 50. Pero en esa poco más de media década Scott se construyó un mito, hasta el momento mismo de su muerte misteriosa, cuya narración oficial es muy adecuada para su caracterización como demonio del rock. Mito sellado con el Highway to Hell, el último disco que grabó.

De esa obra hablaremos la semana próxima. Hoy, repasemos los tres álbumes con los que AC/DC construyó los cimientos de su fama, y con los que Scott se compró un sitial en el parnaso del rock clásico.

Chicos problemáticos

El Dirty Deeds Done Dirt Cheap, tercer disco australiano de AC/DC y segundo editado fuera de la isla, tiene una tapa internacional que es la disponible en Spotify, pero la más icónica es la original. Una caricatura que muestra a Angus Young al fondo y a Bon Scott al frente, con su antebrazo en primer plano, especialmente resaltado un tatuaje con el título del álbum.

Es la única tapa de AC/DC que destaca más a alguien que no sea Young. Y es que el Dirty Deeds es todo del vocalista. Scott es el centro gravitacional del disco de una forma en que no se repetiría, y de una forma en que su sucesor, el querido Brian Johnson, nunca pudo ni acercarse.

Arranca con el tema que le da título: el riff de los hermanos Young es tan sencillo como agresivo, Phil Rudd le da a la batería con una fuerza como para quebrar cabezas, los coros se parecen más a gruñidos de bestias salvajes que al canto; pero Scott se alza sobre todo el conjunto y se queda con el tema.

«Dirty Deeds Done Dirt Cheap» es básicamente una publicidad para un servicio de crimen: el protagonista ofrece eso que pregona en el título, que podríamos traducir pobremente como «cosas malas a muy bajo precio». Scott se regodea en el personaje tan vil como seductor hasta sacarle una sonrisa al más conservador de los oyentes. Es decir, al que no haya bajado el volumen antes, repulsado por el derroche de inmoralidad. «Zapatos de hormigón, cianuro, TNT», ofrece. Dan ganas de levantar el teléfono.

Es un comienzo tan fuerte que el resto del álbum podría quedarse algo corto. De hecho, es la única canción del Dirty Deeds que siguen tocando en vivo. Pero el disco tiene al menos dos clásicos más: «Problem Child» (originalmente editado en la versión australiana del T.N.T.) y «Ride On».

El primero de esos es otro hit pegadizo de Scott, apoyado en otro riff sencillo, con otra letra sobre causar problemas, aunque esta vez en un plan más juguetón y juvenil (lo mejor es la acotación al margen de «mi madre me odia»).

«Ride On» es la canción más distinta del álbum, de las más distintas de la discografía de AC/DC, un blues lento, reflexivo, un favorito de la fanaticada. Scott canta con frontalidad sobre sus problemas, su soledad, deja a un lado por un rato el escudo de villano con micrófono. Gonna change my evil ways, one of these days, dice: «Voy a cambiar mi modo de ser malvado, un día de estos». Angus se acomoda al tono y se manda un solo menos frenético, mejor muestra de sus habilidades con las seis cuerdas que cuando se larga en carrera. Hasta le saca algún gentle weep a su Gibson SG.

Del Dirty Deeds Done Dirt Cheap, destaco la vodevilesca «Big Balls», uno de los mejores chistes de AC/DC gracias a los dobles sentidos súper obvios de Scott, a quien uno casi puede ver sonriendo con malicia mientras canta; y la oscura «Squealer», el último tema, este sí con el grupo en modo amenazante y una excelente línea de bajo. Cuenta la leyenda que el solo extendido de «Squealer» lo tocó Malcolm Young, así que entra en la categoría de rareza.

Salvo quizás por «Rocker», que está pasada de rosca, el resto del disco es más que disfrutable. La larga «Ain’t No Fun (Waiting Round to Be a Millionaire)» transita por el mismo camino que «It’s a Long Way To The Top», y aunque esté lejos de pelearle el puesto, vaya si uno no siente toda la empatía por estos rockeros que tienen «parches en los parches» de los jeans. «There’s Gonna Be Some Rockin'» se suma al ya a esa altura atestado repertorio de canciones sobre rock del grupo, «Love at First Feel» apunta al hit pegadizo sin pegarle del todo; son entradas menores al canon, sí, pero eso también muestra el nivel del canon.

Por esta época se habían hecho ya un nombre en su patria y comenzaban a edificarlo en Europa, a base de tocar y tocar donde fuera. La biógrafa Susan Masino cuenta una anécdota de una gira como teloneros de Kiss y Aerosmith, en la que a los titulares se les fue haciendo más difícil superar a los jóvenes petisos que tocaban primero.

Pero a Atlantic Records, el sello estadounidense que había editado el antecesor High Voltage, rechazó el Dirty Deeds. Apretados contra las cuerdas, AC/DC recurrió a las sagradas escrituras.

Que sea rock

Let There Be Rock es el álbum más metalero de la primera época de AC/DC, el más acelerado, el más furioso. Casi como si estuvieran reaccionando ante el rechazo del Dirty Deeds. Pero no era solo eso. Era una reacción ante algo más fuerte.

El manager de la época del grupo, Michael Browning, contó a la revista Classic Rock que la gira europea del ’76 había disminuido mucho el interés por ellos en Australia. Su tour de regreso los encontró tocando en salas a medio llenar. A eso se sumaba que el nuevo álbum no estaba rindiendo como esperaban en la isla, y la llamada de la oficina estadounidense de Atlantic Records clavó un clavo más al ataúd. Eran demasiado duros para lo que buscaba el mercado yanqui, les dijeron.

Recuerda Mark Evans, el entonces bajista, que eso les profundizó una «mentalidad de asedio» que ya tenían en la banda. Respondieron con enojo, contestatarios. «Íbamos a entrar al estudio, grabar el disco y metérselos por el culo», dice Evans.

Dice también que otro caliente fue el hermano mayor de los Young, George, el que había sido exitoso antes que ellos con su propia banda y que oficiaba de productor de AC/DC junto con su colega Harry Vanda. Y contribuyó a canalizar ese sentimiento a canciones.

El Let There Be Rock -que podríamos traducir, bíblicamente, como «hágase el rock»- tiene a un Scott finísimo en las letras, pero es más dominado por Angus, sus solos y sus riffs. Especialmente en los dos temas más intensos: el homónimo y el cierre, «Whole Lotta Rosie», bendecidos ambos con verdadera lírica callejera de parte del cantante.

En la primera de esas, Scott da su propia versión de la historia del género en los años 50: «Tchaikovsky tenía la posta», recita (Tell Tchaikovsky the news, había cantado Chuck Berry 20 años antes). Lo acompaña, además, un videoclip increíble, con el vocalista vestido de sacerdote y Angus con un halo de angelito tan barato que parece salido de un acto de fin de año escolar.

Y en «Whole Lotta Rosie», Scott repasa un encuentro sexual con una mujer, usando la terminología actual, plus size. Una suerte de Naná que le voló la cabeza.

Pero el menor de los Young se lleva el crédito de ambas; por algo en los shows en vivo, en cada silencio que dejan las guitarras en el riff de «Whole Lotta Rosie», la audiencia grita coordinada: «¡Angus!».

«Dog Eat Dog», que tiene lo más parecido a un comentario social de un tema de Bon Scott, «Bad Boy Boogie» y «Hell Ain’t a Bad Place to Be» son los otros tres grandes destaques del álbum. Aportan la diversión entre tanta furia rockera.

La crónica de Classic Rock rememora que la banda lo grabó tocando en vivo todos juntos en la sala de estudio, tolerando errores y desafinadas siempre que no se rompiera la energía. El mito, siempre más bello que la historia, reza que mientras grababan «Let There Be Rock» empezó a salir humo de un amplificador, que aguantó hasta que terminaron y directamente se fundió.

David Fricke, escribiendo para la Rolling Stone tiempo más tarde, escribiría que los primeros trabajos de AC/DC eran frenéticos, pero inconsistentes, y que Let There Be Rock era, en cambio, all killer. No sobraba nada.

Lejos del éxito en Australia, donde se editó primero, el álbum les permitió sí volver a la carretera y salir de la isla, con la que estaban decepcionados. En Inglaterra crecía el punk, movimiento con el que trataron de emparentar a la banda a pesar de que ellos lo veían como lo peor de lo peor, entre músicos que tocaban mal y un aire inauténtico. Trataron de girar por Europa con Black Sabbath, pero se llevaron mal, con altercado con cuchillo incluido, y se encontraron de regreso en Londres. El mal ambiente se trasladó a la interna y terminaría pronto con la expulsión del bajista Mark Evans del grupo.

Entonces Let There Be Rock se publicó en Inglaterra, y de pronto estaban en el top 20 inglés.

Powerage

Si Let There Be Rock es el disco más metalero de AC/DC hasta el momento, gran culpable de que les endilguen hasta hoy una etiqueta de heavy metal que ellos también rechazaron siempre, el siguiente Powerage les muestra un filón pop.

Desde el comienzo con «Rock and Roll Damnation» la banda sale a ganarse a los no conversos. La coda de ese tema no hay cómo no cantarla a coro. «Gimme a Bullet» te saca una sonrisa de arranque con su riff saltarín. Aunque la corona es para «Gone Shooting», un temazo, quizás el más bailable de su repertorio, con una letra más oscura de lo que parece a primera escucha: ¿está hablando de una mujer que rompe con su pareja y se va «de caza», o que se va a inyectar heroína?

Grandes ejemplos los tres, además, de la virtud del nuevo bajista, el inglés Cliff Williams, que se convertiría en otra fija del plantel. El único miembro, junto con Angus, que nunca más se bajaría del elenco titular.

Incluso cuando hacen más de lo mismo, con «Down Payment Blues», otra perla al collar de canciones de Bon Scott sobre el lado B de las giras rockeras interminables, el humor, la cercanía y el aspecto interpretativo de la performance del cantante, que va sufriendo cada vez más los agujeros en los zapatos y las deudas mientras sueña con champán, la elevan por sobre la media.

Pero las nueve canciones del Powerage están lejos de ser suaves. «Riff Raff» tiene una calidad de sonido garagera, con imperfecciones, particularmente al comienzo, que no parecen de una banda tan interesada en dar el show perfecto. Y de repente te patea el pecho y te pone la mesa como para despertar un pogo desacatado. «Up to My Neck in You», «Kicked in the Teeth»: rock puro y duro.

«Sin City» tiene un riff fantástico de los hermanos Young, una letra muy bonscott sobre ir a la ciudad del pecado (¿lo dice por Las Vegas o por las cosas que tiene ganas de hacerte?) y un puente en que la canción se despoja de todo menos del bajo de Williams para permitirle al vocalista ponerse el traje de villano que tanto le gustaba.

Keith Richards ha dicho que Powerage es su disco favorito de AC/DC. Joe Perry, de Aerosmith, que «Sin City» es su canción preferida del grupo. Malcolm lo mencionaba como su favorito también. Pero es de sus discos menos citados, y rara vez sus canciones aparecen en vivo.

¿Disco menor o joya oculta? Queda a criterio del oyente.

Los componentes pop de Powerage anticipaban que AC/DC precisaba alguien que les puliera el sonido para dar el salto al mainstream. Lo lograrían al otro año, 1979, cuando aceleraran por la autopista al infierno, sobrevivieran a una tragedia y se convirtieran en la banda de rock más grande del momento.

Próxima entrada: la trágica edad de oro de AC/DC

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Etcétera es el blog de Gastón González Napoli en radiomundo.uy

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