Súper burbuja: Scorsese, Watchmen y la desaparición del cine de presupuesto medio

Por Gastón González Napoli ///

¿Cuántos superhéroes más faltan antes de que la burbuja reviente?

Marvel Studios cerró este año su Infinity Saga: un proyecto de ambición gigantesca y planificación a largo plazo que abarcó once años y 23 películas. Cada vez que empezaban a ahogarse en su propia fórmula le encontraron la vuelta, y el resultado es (mayoritariamente) una franquicia divertida y agradable; entretenimiento pop lustroso, simpático, canchero. Y no paran: ya tienen anunciados una decena de proyectos hasta 2021, entre películas y series de televisión para el nuevo servicio de streaming Disney+.

Bastante se ha escrito ya del tema, pero repasemos: este boom de superhéroes fomentó (además de intentos, muchos muy berretas, por imitar los universos cinematográficos, todos fracasos con distinto nivel de vergüenza) una cultura de los súper tanques de Hollywood, filmes de presupuesto gigante impulsados por una máquina publicitaria incomparable. Así se redujo el espacio para el cine de mediano presupuesto, que solía ser el más adulto, el que más quedaba en la posteridad. En los 60 La dolce vita era un éxito; en los 70, El padrino rompió todo; para los 90 ya se hablaba de cine independiente, y hoy esas películas más complejas, más íntimas, más removedoras e innovadoras, ya no solo están por fuera del mainstream sino que no se estrenan por estos lares o quedan relegados al streaming, sustituidas por miles de millones de dólares volcados a remakes carísimas e innecesarias (El rey león, te estamos mirando a ti), copias y secuelas.

Y sí, digo “relegados al streaming” porque la televisión y el cine son dos medios distintos. Uno no es necesariamente mejor que el otro, pero así como una reproducción en miniatura de El juicio final de Miguel Ángel pierde impacto, y una gigantografía de una foto de Instagram se ve mal, la traducción del arte audiovisual de una pantalla a la otra cambia las cosas. Pasó el año pasado con Aniquilación, una película de ciencia ficción hermosa de ver, que terminó en streaming cuando los distribuidores de theatrical le dieron la espalda. Pasó con la reciente proyección en salas de capítulos de Friends: no tiene gracia, porque está filmada para otro formato.

La muestra más brutal de ese desplazamiento provocado por los tanques es que Martin Scorsese, director de clásicos del cine como Taxi Driver y Buenos muchachos, e incluso de hits recientes como El lobo de Wall Street y La isla siniestra, cayó en Netflix para su última película, El irlandés, protagonizada por Robert de Niro, Al Pacino y Joe Pesci. O sea, si Scorsese volviendo a la mafia por primera vez desde Los infiltrados, y con de Niro, Pacino y Pesci en el elenco, no logra financiamiento para estrenar en cines, ¿quién sí puede?

Marty y el riesgo

En su gira de presentación de El irlandés, Scorsese se metió en el debate: comentó que las películas de Marvel no son cine. No lo dijo en forma tan despectiva, cual pseudo intelectual tomando cerveza artesanal y fumando un cigarrillo electrónico, sino que dijo que no son para él. E hizo una descripción bastante certera de este subgénero que copó todo: dice que se parecen más a parques de diversiones que al séptimo arte. Algo parecido a lo que la periodista argentina Fiorella Sargenti viene diciendo desde hace tiempo en sus pódcasts, que las películas de superhéroes (Marvel en particular) son “otra cosa”.

Directores como James Gunn (de Guardianes de la galaxia) y Scott Derrickson (de Doctor Strange) patalearon, con argumentos atendibles, como que las mismas críticas se lanzaron en el pasado contra las películas de gángsters, las space operas en plan Star Wars o contra los westerns de antaño. “No todo el mundo las va a apreciar, incluso algunos genios”, escribió Gunn en su cuenta de Instagram.

Pero Scorsese (un tipo que ama el cine hasta tal punto que tiene una fundación para preservar películas, la World Cinema Foundation) no se quedó ahí y profundizó en su visión en una columna en el New York Times.

“Para mí”, escribe Marty, “el cine era sobre la revelación estética, emocional y espiritual. Era sobre personajes, la complejidad de las personas y sus naturalezas contradictorias y a veces paradójicas, la forma en que pueden lastimarse y amarse unos a otros y de repente quedar frente a frente consigo mismos”. Lo que le falta a Marvel, dice, es riesgo: “Muchos de los elementos que definen al cine como lo conozco están presentes en las películas de Marvel. Lo que no hay es revelación, misterio o peligro genuino”. Y agrega que son obras modeladas para consumo masivo, según los lineamientos de intereses corporativos.

Uno puede disfrutar de Pandillas de Nueva York Hugo y a la vez ser fan de Marvel. No se anulan mutuamente. Pero como dice el director español Borja Cobeaga, si unas le eliminan la posibilidad de existir a las otras, sí hay un problema.

Steven Spielberg y George Lucas, responsables ambos del nacimiento del blockbuster con sus Tiburón Star Wars en la década del 70, predijeron en 2013 que la industria del cine iba a implotar tarde o temprano. No llegamos todavía a ese punto, pero parece inevitable. Siguiendo la visión de James Gunn, así como las películas de gángsters y los westerns tuvieron su momento y hoy pueden asociarse a períodos históricos determinados, las de superhéroes van a saturar. Ya la última de Spiderman, estrenada en julio pasado, marca un punto bajo: un entretenimiento light con la fórmula muy gastada, que apenas funciona como película por sí sola, ni al principio (necesitás haber visto Endgame para entender el drama de fondo) ni al final (no lo tiene, propiamente dicho, lo que hay es un cliffhanger tipo serie de televisión).

Entonces, ¿ya no miramos más nada de superhéroes en defensa de las mipymes del cine?

No, claro que no.

¿Quién mira Watchmen?

Watchmen, del escritor Alan Moore (autor también de La broma asesina, V de Vendetta y unos cuantos cómics seminales más) y el artista Dave Gibbons, suele indicarse como un punto de inflexión en la historia de los cómics. La obra para la que se creó la etiqueta más cool de «novela gráfica». La obra que probó que ese medio daba para más que dibujitos para niños y tiras humorísticas de diarios.

La afirmación es al menos discutible (el fundamental Maus es anterior), pero Watchmen es una publicación clave. No solo en cuanto a cómic, sino en cuanto a cómic de superhéroes: el encare realista y político de Moore les dio entrada al mundo adulto a los tipos de capa. Sin Watchmen no habría trilogía de Batman de Nolan, no habría Logan, no habría Guasón. Y la habilidad literaria de Moore para moverse en ámbitos embarrados funciona mejor acá que en la más controvertida La broma asesina: un personaje fascista como Rorschach está tan bien compuesto que es admirado por ejércitos de comentaristas de YouTube. Ahí donde Marvel le da a su malvado Thanos una motivación malthusiana (quiere eliminar a la mitad de la población del universo) pero luego no va a fondo, Moore solo deja a sus personajes revelar un plan similar cuando ya fue consumado.

«¿Quién vigila a los vigilantes?», se pregunta Watchmen, y las lecturas, sobre todo por los distintos significados que tiene la palabra «watch» en inglés, pueden ser múltiples. Los peligros y delirios de grandeza de la justicia por mano propia, la soledad de los defensores de la ley, las decisiones difíciles que hay que tomar en nombre de la paz.

Todo lo que Scorsese pide está presente en Watchmen. Pero cuando Zack Snyder la adaptó al cine en 2009, su versión fue criticada por un exceso de reverencia por el material original, que le impedía a la película ser algo en sí misma. También se apuntó contra que Snyder eligiera situar la película en los años 80, mismo período en el que transcurre el cómic, porque la paranoia de Guerra Fría y los miedos de guerra nuclear que alimentaron a Moore ya no tenían sentido finalizando la década del 2000.

Valiente entonces la decisión de Damon Lindelof, uno de los responsables principales de Lost y más recientemente showrunner de la serie The Leftovers, de traer a la televisión la obra de Moore y Gibbons pero no seguirla al pie de la letra y además actualizarla temáticamente.

HBO estrenó su propia Watchmen hace tres domingos, y tal cual Lindelof había avisado, no se trata de una adaptación sino de un «remix». Transcurre en el mismo universo, en el que por ejemplo EEUU ganó la guerra de Vietnam y Richard Nixon gobernó durante cuatro períodos, pero 30 años más tarde. El país, que anexó a Vietnam como el estado 51, vive ahora una larga presidencia de Robert Redford, de corte izquierdista, y las consecuencias pro-paz que tiene el clímax de la novela se mantienen. Pero EEUU está lejos de sanar sus heridas más profundas: las del racismo.

La nueva Watchmen abre recreando la masacre de Tulsa de 1921, un evento real donde una turba de blancos atacó a la floreciente comunidad negra y mató a entre 100 y 300 personas. En 2019, esos hechos siguen presentes porque el gobierno de Redford estableció indemnizaciones para los descendientes de episodios de violencia racial como ese; un mecanismo que EEUU discute con bastante polémica desde hace años para personas con antepasados esclavos. Es decir: Lindelof y su equipo se encargan de que no pase ni una escena de la serie sin que esté claro que este es un producto político, incómodo. Ya tiene un montón de haters, incapaces de ver que Watchmen siempre fue política (y que en mayor o menor grado todo lo es).

Pero sigue siendo una serie de superhéroes. Los integrantes del equipo clásico de la novela no aparecen en el primer par de capítulos, el foco puesto en cambio en una agente de policía que trabaja con una identidad secreta: Sister Night, Hermana Noche, porque su disfraz es similar al de una monja. Angela, tal el nombre del personaje interpretado por Regina King, se oculta porque un ataque terrorista algunos años antes forzó a la Policía a trabajar con sus rostros cubiertos para protegerse a ellos y a sus familias. Algunos, aparentemente una cierta élite, ni siquiera usan uniforme sino que se disfrazan por completo: además de Sister Night, están Red Scare, Looking Glass (el más interesante hasta ahora, encarnado por Tim Blake Nelson) y algún otro.

Los villanos todavía se mantienen desconocidos pero ya tienen bastantes puntas atractivas como para que den ganas de saber mucho más. Son un grupo de supremacistas blancos, de esos que día por medio cometen una masacre en el EEUU del mundo real, aunque allá haya resquemor para decirles «terroristas». También son enmascarados: en uno de los datos que marcan el remix, imitan la máscara de Rorschach, el personaje más complicado de Moore y Gibbons, inspirados en el diario misántropo que él dejó al final de la novela original.

Sister Night es una suerte de Batman con menos plata y más realismo, completa con auto característico y guarida secreta tras la tapadera de una panadería. Verla en acción es, indiscutiblemente, ver a una superheroína. Pero el riesgo y el misterio son reales: tres episodios adentro, es imposible saber a dónde irá la serie.

Y lo mejor de todo: Lindelof no se cree que para filmar superhéroes «en serio» haya que eliminar el humor y aumentar la violencia (hola, Guasón). Watchmen se permite levedad aquí y allá, por más que el subtexto racial ruja siempre de fondo. Hasta reconoce, aunque no lo haga explícitamente, que hay aspectos que son ridículos en el concepto mismo del superhéroe, y por lo tanto es válido que un capítulo termine con un imán gigante que se lleva un auto volando.

Resta por verse la foto completa de lo que Lindelof y su gente tienen para decir sobre el racismo. Pero ya es bastante que estén diciendo algo, y en un plano mucho más cercano que el afro futurismo de Pantera negra.

Cine confort

La cuestión no es que Marvel sea malo ni es que Scorsese esté viejo ni son los superhéroes como género, es que como audiencias tenemos que empezar a exigir algo más que confort. Que pop para divertirse.

Porque al final las películas de Marvel se convierten en lo mismo que poner Friends todas las noches en Netflix: en algo para matar el tiempo y divertirse sin pensar. Que está muy bien, pero no puede ser lo único. No podemos negarle al arte su rol de exigirnos, de cuestionarnos. Podremos sentirnos lejos de la masacre de Tulsa (aunque Salsipuedes dice lo contrario), pero no lejos del racismo.

Watchmen es una muestra de las posibilidades del género, aunque sea televisión. Guasón es otra, con todos los cuestionamientos que se le pueden hacer.

Claro, el cine es la única rama del arte que requiere millones de dólares para producirse. Es inseparable del negocio. Pero si es solo negocio, si no molesta ni un poco, si no increpa ni innova, ¿cuál es su sentido artístico?

La respuesta no es eliminar a Marvel. La respuesta es no permitir que todo sea Marvel.

Si lo permitimos, cuando la burbuja reviente no va a quedar nada.

***

Foto: Material promocional de Watchmen. Tomada del Facebook oficial de la serie

Etcétera es el blog de Gastón González Napoli en radiomundo.uy

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