¿Por qué tan serio? Guasón, los chistes y la “corrección política”

¿Por qué tan serio? <em>Guasón</em>, los chistes y la “corrección política”

Por Gastón González Napoli ///

¿Puede considerarse una película como «peligrosa»?

Año 1976. Martin Scorsese estrena Taxi Driver, con Robert de Niro como el protagonista. Un tipo solitario, veterano de la Guerra de Vietnam, sin habilidades sociales, va cayendo en un espiral de delirio que lo lleva a planear el asesinato de un candidato presidencial.

Era otra época. El cine estadounidense de los años 70 se agrupa bajo el paraguas de “Nuevo Hollywood”, cuando un conjunto de realizadores jóvenes y ambiciosos que se habían nutrido de cine europeo rompen con las estructuras de narrativa audiovisual clásica. De este período salen El padrino parte 1 y parte 2, Atrapado sin salida, Rocky, Contacto en Francia, La naranja mecánica, entre otras obras maestras que también eran éxitos rutilantes. Todavía no existía el concepto del blockbuster, el “rompetaquillas”, lo que hoy también se llama el “tanque hollywoodense”.

Con toda su oscuridad, Taxi Driver fue un éxito. Pero también estuvo manchada de sangre: en 1981, John Hinckley Jr. se obsesionó con esta película y trató de asesinar al presidente Ronald Reagan, al que llegó a herir de bala.

Pasemos ahora a 1983. Otro estreno de Scorsese: El rey de la comedia. Una comedia negra esta vez, sin una gota de sangre, pero de nuevo con Robert de Niro de protagonista con algún temita psiquiátrico. Vive con su madre, quiere ser un comediante, fantasea con salir en la tele y está obsesionado con el conductor de un late night show, al que termina secuestrando. Aunque no hay violencia explícita, hubo críticos que consideraron a El rey de la comedia como más peligrosa que Taxi Driver, porque era más fácil empatizar con el protagonista.

Una más: 1999. Fin de una década de cine independiente (nótese la etiqueta, cuando antes era la industria la que filmaba ese tipo de películas) rebelde y muchas veces rupturista. La década de Tarantino, de Paul Thomas Anderson, de Darren Aronofsky. Y de David Fincher, que en el ’99 estrena El club de la pelea.

Otra película sobre un hombre solitario enfrentado con el “sistema”, enojado con la sociedad, esta vez un personaje anónimo, conocido como “el narrador”, que conoce a otro, interpretado por Brad Pitt, de nombre Tyler Durden. Tyler y el narrador crean un club de pelea donde hombres se pegan hasta hacerse sangrar para sacarse la furia y el resentimiento que tienen, hombres que terminan convirtiendo a Tyler en una suerte de líder, al que siguen cuando se le ocurre un plan de gran escala contra las empresas financieras: el “Project Mayhem”, que podríamos traducir como “proyecto caos”.

El club de la pelea ganó seguidores en el mercado de video hasta volverse una película de culto. Sin embargo, muchos no entendieron que era una crítica muy dura hacia esos hombres que, enojados con el mundo, recurren a la violencia. Aparecieron clubes de pelea reales por el país, y más de un tipo fue atrapado por la Policía, acusado de pretender emular al proyecto caos.

Tres películas, asociadas entre sí por la presencia de un protagonista masculino, blanco, de mediana edad, heterosexual, el perfil habitualmente asociado con los privilegios en la sociedad estadounidense. Las tres muestran lo fácil que ese tipo de persona puede radicalizarse cuando se frustra, lo peligroso que puede resultar.

Hoy en Estados Unidos ese mensaje está muy vigente. Hombres con ese perfil han cometido decenas de masacres. Se habla de que hay al menos un mass shooting por día, la mayoría cometidos por hombres blancos. Las estadísticas muestran un pico muy pronunciado en este tipo de asesinatos en los últimos cinco años. Este año el récord lo tiene el tiroteo de El Paso, con 22 muertos. En 2018, el pico fueron los 17 muertos en el liceo de Stoneman Douglas, en Parkland, Florida. Y en 2017, el más sangriento de la historia: 59 fallecidos en un festival de música en Las Vegas. Todos cometidos por hombres solitarios.

Es increíble, entonces, que cuando hace unas pocas semanas se estrenó Joker¸ traducida por estos lares como Guasón, y en EEUU se alzaron voces críticas contra su retrato de un hombre blanco solitario que vive con la madre, tiene problemas psiquiátricos y genera a su alrededor un movimiento criminal, hubo quienes se quejaron de los males de la “corrección política”. Eso de que “la gente se ofende por cualquier cosa”.

Guasón parece tomar como punto de partida a The Killing Joke, La broma asesina, novela gráfica de Batman publicada en 1988 y escrita por Alan Moore. Una historia auto conclusiva (a diferencia de los cómics, que son serializados) donde el Guasón se comporta de una manera particularmente violenta y donde se incluye una posible historia de origen para el personaje, un comediante frustrado patético que enloquece. También una historia de la que su propio autor, Alan Moore, ha tomado distancia, al reconocer que es demasiado violenta.

Pero la película toma solo algunos elementos de La broma asesina y en cambio lo que hace es “homenajear”, es decir plagiar, a Taxi Driver y El rey de la comedia. Arthur Fleck, el personaje que interpreta Joaquin Phoenix en Guasón, es un comediante frustrado que vive con su madre, que no tiene pareja y que está obsesionado con el conductor de un late night show, al que interpreta, por supuesto, Robert de Niro. Aunque supuestamente transcurre en Ciudad Gótica, es muy obviamente Nueva York, en los años 70 o principios de los 80, la ciudad de Scorsese. Y aunque las referencias a El club de la pelea son menos notorias, es muy similar cómo el Guasón de Joaquin Phoenix construye un movimiento de rebeldes antisistema a su alrededor, con la diferencia de que en El club de la pelea tiene sentido cómo se da esa construcción y en Guasón sucede solo porque sí, porque la trama necesitaba que sucediera.

Aunque hay momentos en Guasón que te erizan, sobre todo gracias a Phoenix, el desarrollo de este espiral de demencia de una persona que arrastra consigo a toda una ciudad deja bastante que desear. Y allí aparece el peligro que tanto se ha mencionado en la prensa estadounidense y que ha llevado a la Policía a movilizarse en algunos cines: que Arthur Fleck justifica sus crímenes diciendo que es un hombre con problemas mentales al que la sociedad dejó en solitario.

Eso se parece bastante al eslogan de los “incel”, una subcultura surgida en foros de internet, centrada en “célibes involuntarios”, es decir personas que querrían tener pareja pero no la encuentran, y que excusan ese rechazo en que el problema son los -sobre todo las- demás. Es una comunidad asociada con la misoginia y el racismo, y al menos 45 muertes en tiroteos han sido asociadas a asesinos incel.

En los comentarios de tráilers y videos de Guasón en YouTube puede tantearse cómo hay gente ya enamorada del personaje. Claro, uno como artista, menos en un arte con el alcance del cine, no puede pensar en que capaz alguien malinterpreta el mensaje y comete atrocidades (no se puede responsabilizar a los Beatles por los delitos del clan Manson), pero sí uno debería tener responsabilidad al manejar temas tan ásperos e intentar moverse en el realismo. Uno debe tener cuidado de no ponerse del lado del villano, del causante de la violencia.

Es un disparate pretender que el arte no tiene impacto social. Y ese impacto no siempre es positivo: puede ser peligroso. Guasón quiere tener un mensaje revolucionario, de élites de espaldas al pueblo, pero ese ángulo resulta cargado de clichés, con élites que van al cine de esmoquin, pieles y joyas, a mirar Tiempos modernos de Chaplin. O sea que además pierde la chance de tener «peligro» y a la vez contar algo con más actualidad.

Se ha comparado también a Guasón con La naranja mecánica: sin embargo, la película de Stanley Kubrick te hiela la sangre, y Guasón no va por ahí. La naranja mecánica es una película más de terror que El resplandor, por tomar otra de Kubrick; es una sátira tan profunda y fuerte que te afecta, te deja mal, te muestra la maldad más horrible solamente a través de la cara de un tipo en la camilla de un hospital. Pero Guasón termina con su protagonista admirado por cientos. Sabemos que es malo, pero la película camina por una cuerda floja de glorificación.

He ahí el peligro.

Y parte del problema es que su director, Todd Phillips, también tiene esa postura contra la “corrección política”, en plan “hoy no se puede decir nada”. Es un director de comedias, hizo Road Trip, con Tom Green; hizo Aquellos viejos tiempos, con Will Ferrell, Vince Vaughn y Luke Wilson; hizo Starsky y Hutch, con Ben Stiller y Owen Wilson; hizo las tres Qué pasó ayer, la primera de las cuales es una obra maestra. Pero claro, como en el cine está la percepción de que la comedia es inferior al drama (por eso jamás se ven comedias ganando premios óscar), recién se lo reconoce como cineasta cuando filma un drama psicológico y oscuro. Phillips dijo que abandonó la comedia porque hoy la gente es demasiado sensible y no hay lugar para su estilo irreverente, pero eso es sencillamente mentira, porque está lleno de grandes comediantes y algunas de las series más importantes del momento son cómicas.

Phillips se escuda en eso, porque parte de una visión infantil, que es que lo oscuro y denso es más “adulto”, más “importante”, que lo cómico. Scorsese permite que El rey de la comedia tenga humor. Fincher permite que El club de la pelea sea divertida. Hasta en la última encarnación clave del Guasón en cine, en El caballero oscuro de Christopher Nolan (un director no conocido precisamente por su humor), el personaje resulta gracioso aunque también dé miedo. Quizá da todavía más miedo por eso mismo. Pero Phillips se esmera hasta tal punto por que su Guasón sea seria (salvo cuando Phoenix baila), que hasta la risa del protagonista es triste, porque se ríe involuntariamente por un daño cerebral.

Tomando una frase del Guasón de Heath Ledger en El caballero oscuro: ¿por qué tan serio?

Esa seriedad le quita el ángulo irreverente del que Phillips tanto se saca chapa y que sí está presente en las películas que él quiere emular. Y le saca filo a su crítica social, que pasa a ser del montón.

Está buenísimo que se genere tanta conversación alrededor de una película, más todavía cuando es una película ambiciosa, que trata de parecerse a las de esa gran década que fue la de los 70, y que rompe con el molde actual de tanques de superhéroes. Tiene que ver con los hoy inescapables multiversos cinematográficos de cómics, pero le busca la vuelta para contar algo distinto aunque no sea exactamente original. Que una película que no es un tanque, sino de mediano presupuesto, esté, hablando mal y pronto, juntándola en pala en pleno 2019.

La música es súper canchera, la fotografía y la dirección de arte le sacan petróleo a la época y a los bailes de Phoenix, que hace el tipo de actuación que suele ganarse todos los premios. Pero decir que no se la puede cuestionar porque se está cayendo en la “corrección política” es casi que censura. ¿Cuál es la gracia del arte si no se lo puede cuestionar, si no se puede polemizar y discutir y filosofar? ¿Tampoco puedo decir que le encuentro varios puntos flacos al guion, que parece no confiar demasiado en que la audiencia tenga la inteligencia para entender sutilezas? ¿Ni que me parece re gastado lo que se hace con Bruce Wayne?

Y si verdaderamente les parece que Guasón es una obra maestra, vayan a ver películas de los años 70 y luego vuelvan y cuenten qué tal.

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Etcétera es el blog de Gastón González Napoli en radiomundo.uy

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