Urquiza esq. Abbey Road
La historia nunca contada del Sansueña (segunda parte)

Por Eduardo Rivero ///

—Loco, parecés un moro Berebere— dijo Darnauchans apenas me vio entrar por la doble puerta de la sala de grabación. Era el 10 de enero de 1977 y yo había ido al estudio directamente desde Marindia, con la piel absolutamente tostada. Empezaba la grabación del nuevo disco de Eduardo Darnauchans, todavía sin nombre, y yo no podía faltar. Allí iban a trabajar mis dos compinches de Nosotros Tres, el Darno y Jorge Galemire, quien se iba a encargar de los arreglos y de tocar casi todo lo que sonaría en esas sesiones que duraron hasta el 1º de marzo de 1978. No lo sabíamos, pero ese 10 de enero empezaría a nacer una obra maestra.

Es curioso porque recién en el siguiente álbum, Zurcidor, Darnauchans explotaría realmente como letrista. En Sansueña hay apenas dos letras suyas –Final, en colaboración con Victor Cunha, y Memorias de Cecilia– pero la gente lo ha convertido en su disco preferido de la carrera del más grande baladista uruguayo.

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Portada de Sansueña.

Sansueña vio la luz en 1978 y es una colección de canciones maravillosas, cantadas por un Darnauchans en la plenitud de sus medios vocales y acompañado por un talento gigantesco como Jorge Galemire, quien le aporta a esas canciones un irresistible toque de pop británico de los 60, entre muchos otros condimentos inesperados. Mostró a un Darno más maduro y electrificado, más recostado que nunca al rock y a la balada folk de cuño dylaniano, y eso resultó irresistible para su público.

En enero de 1977 hacía muy poco que Sondor había inaugurado su nuevo estudio –el mismo que tiene hoy–, al lado de donde fuera su histórica sala de grabación. Era fascinante entonces contar con aquella sala gigantesca, con su piso de parquet, sus paredes de ticholos a la vista, sus boxes para grabar percusión y voces al fondo, su enorme cabina de control con dos inmensos bafles colgados del techo sobre el ventanal que daba a la sala, dos filas de butacas como de cine para visitantes, la recién inaugurada consola de ocho canales –entonces única en el país– y el tremendo grabador Ampex de cinta de una pulgada. Todo olía a nuevo, a recién pintado.

La grabación resultó larga y trabajosa, al punto que tres técnicos se alternaron en la consola: Henry Jasa, José Luis Mussetti y Willy De León. Estuve allí prácticamente en todas las sesiones durante esos 14 meses. Como también estuvo Víctor Cunha, amigo del Darno desde su niñez en Tacuarembó y coordinador general del proyecto, siempre sentado en una suerte de pupitre alto –que todavía existe– junto al técnico de sonido, tomando nota de todo en una cuadernola.

Las primeras sesiones las vi desde las butacas de madera, ante la gran ventana que comunica el control con la sala de grabación, hasta que me venció el deseo compulsivo de estar lo más cerca posible de mis dos amigos creadores de maravillas y entonces me sentaba dentro del estudio, en el piso, y allí me calzaba los auriculares AKG-K240 donde todo lo que iba naciendo sonaba en mis propios oídos de una forma increíblemente emocionante.

El Darno iba y venía del control a la sala, escuchando el resultado de cada toma, ya feliz, ya contrariado, ya eléctrico y pasado de rosca, ya bajoneado, ya locuaz y chistoso, ya en reconcentrado silencio. Galemire, con sus rulos y su bigote, proponía ideas e iba construyendo en guitarras eléctricas, acústicas de cuerda de nylon y de cuerdas de acero, bajo, armónica, batería, contrabajo acústico y una sorprendente parafernalia de accesorios de percusión, soluciones creativas asombrosas. Fue una de sus cimas como músico.

No había un mango, y un montón de amigos prestaron sus instrumentos: el Chango Figueredo, fotógrafo amigo, su guitarra brasileña; los bateristas Santiago Ameijenda y Héctor Dufrechou, tambores y platillos; Raúl Pugash, ex integrante de la banda Cold Coffee, una estupenda guitarra de doce cuerdas a la que el Gale hizo sonar como nunca; la cantante de tango Yalta, una maravillosa guitarra clásica Ignacio Fleta, carísima, cuya sonoridad apoyó en forma inmejorable la voz alada del Darno, tomada por los legendarios micrófonos Neumann U87 que aún hoy prestan servicio en Sondor.

Como si hojeara un álbum de fotos aparecen en mi cabeza una y otra vez las imágenes que mis ojos atraparon desde aquel piso de parquet, con los auriculares siempre calzados. El Darno, a no más de dos metros, cantando del modo más bello Final, hoy un clásico: “Cuando te sientas sola/frente a la oscura puerta/y aquella lluvia incierta/toque tu sien y corra…”, una letra que tuve el honor de conocer meses antes cuando el Darno nos la mostró, de puño y letra en un cuaderno, a Galemire y a mí.

El Gale, a pocos pasos, agitando una cajita de fósforos Victoria frente al micrófono en De despedida. Su cuerpo menudito, casi escondido detrás del enorme contrabajo que le había prestado Quique Cano, tocando con arco en Canción del tiempo y el espacio. El Darno cantando Cápsulas con una sonrisa sardónica y los ojos cerrados: “El pobre Juan de Dios tras de los éxtasis/del amor de Aniceta fue infeliz…”

Las guitarras elétricas que Galemire iba agregando con su Giannini brasilera –su primera guitarra eléctrica– en el final de El instrumento. El Darno, siempre ahí al ladito, con su voz casi susurrando la letra de He olvidado la noche y de Los reflejos.

También me veo sentado en las butacas del control con un entonces adolescente Mauricio Ubal a mi lado, compañero del liceo nocturno en el Dámaso y aún un simple aficionado, mirando asombrado a su admirado Darno cantando una toma tras otra de Décimas de la paloma.

Estuve allí, a mis 25 años, y hasta canté coros en Ni siquiera las flores. Y hoy, con más de 60, en medio de esas noches de insomnio en las que todo lo malo se cruza por la cabeza, exorcizo esos fantasmas con las imágenes y los sonidos de aquellos meses mágicos en Sondor. Y el Darno vuelve a estar parado casi a mi lado, de ojos cerrados y campera de jean, soltando su voz deliciosa: “Conocerse claro está/que necesita su tiempo/con años que albañilean/y años de derrumbamiento…” Recuerdo conmovedor, canción de cuna para este adulto que quiere dormirse en paz.

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Urquiza esq. Abbey Road es el blog musical de Eduardo Rivero en EnPerspectiva.net. Actualiza los miércoles. La primera parte de esta crónica se puede leer haciendo click aquí.

Video: Tevé Ciudad

Video: Roberto Di Landro

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5 Comentarios - Escribir un comentario

  1. Eduardo, realmente nunca he leído algo tan emotivo pero sensato, sobre el Gale que, como tantos artistas, como bien decís andan con un globo en la mano y el alfiler en la otra. Por eso, y únicamente por eso, no levantaba vuelo. Era un avión con exceso de equipaje. Mucho, y nada, pude hacer por él. Al menos murió en su país. Y, de gran modo, colaboré con eso. Abrazo.

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