Mano a mano: Los archivos de Eduardo Rivero (vi)

Por Eduardo Rivero ///

El 8 de noviembre publiqué en este blog una nota sobre Daniel Viglietti a la luz de lo reciente de su muerte. Expresaba allí el honor que había significado conocerlo personalmente, aquilatando su enorme don de gente, su inteligencia y su amplia cultura. Expresaba allí mi satisfacción por haberlo entrevistado en reiteradas ocasiones. Esta nota es un compendio, precisamente, de los reportajes personales que pude hacerle, en general destinados al semanario Brecha, de cara a sus clásicos espectáculos de despedida del año en el Teatro Solís.

¿Qué queda en ti, como músico y como persona de Lyda Indart y Cédar Viglietti, tus padres?
De mi madre recibí mares de música, allá en la quinta de mi infancia en Sayago, desde su piano, desde su tarea incansable en el Sodre, como pianista en recitales sola o como solista con orquesta, preparadora de coros, pianista para el ballet, experimentada acompañante de solistas vocales e instrumentales. Mi madre después siguió su carrera en Europa, donde en mi exilio allá, me siguió aportando ideas sobre mi música.

Yo, que tantas veces la oí en el Solís, no me imaginaba que un día estaría yo en ese escenario y, mientras vivió, ella en la platea. Con el apoyo de nuestro amigo César Salsamendi, grabó un disco en Alemania con obras de compositores sudamericanos, publicado acá por el sello Ayuí.

Mi padre fue guitarrista casi autodidacta, cultor del repertorio influido por el folclore, con compositores para guitarra como Abel Fleury, argentino, muy amigo suyo. Y también fue folclorólogo y autor de una novela, El Clinudo, que ha publicado Banda Oriental, que ojalá un día tenga una buena versión en cine.

¿Qué queda en tí, como guitarrista, de tus maestros Atilio Rapat y Abel Carlevaro?
La idea de que no se trata de sumar notas y notas, de que las cuerdas no son como los trapecios de un circo. Que no hay que precipitarse, que hay que ser responsable de cada sonido, de cada inflexión, y hasta de cada silencio. Rapat fue un sabio intuitivo y siempre digitaba una obra para las características propias de cada alumno. Habrán miles de partituras con digitaciones manuscritas suyas circulando. Era una personalidad muy carismática y de una gran generosidad. Abel Carlevaro, siendo el virtuoso del instrumento que era, parecía no tener conciencia de su altura. Fue un sabio racional, repensó la técnica guitarrística y la relación cuerpo-instrumento. Tuve el privilegio de haberle escrito los primeros comentarios técnicos, que me dictaba fuera del horario de clase.

En una época estudiar guitarra contigo era una de las más atractivas opciones para los jóvenes aspirantes a guitarristas. ¿Echas de menos la enseñanza?
Es cierto que llegué a tener muchos alumnos de guitarra y solfeo, la dupla típica de la época, y que, desbordado con eso, mis actuaciones y mi empleo de locutor en el Sodre, tuve que formar un equipo de docentes y así nació el Nemus, Núcleo de Educación Musical. En ese Núcleo, con Miguel Marozzi, que ha hecho una muy importante labor como pianista y docente, y María Isabel Cáceres, ex compañera del Liceo de Colón, abrimos el panorama a diversos instrumentos y géneros de música.

Conmigo aprendieron guitarra un tiempo Washington Carrasco y Cristina Fernández –que aún no se habían encontrado–, Numa Moraes, recién llegado de Tacuarembó y Carlos da Silveira, que luego sería parte de Los que iban cantando.

¿Grabarías hoy el mismo repertorio en discos como Canto libre o Canciones chuecas?
Bueno, eso es irrepetible. Es lo que hice en aquel momento de la historia uruguaya y latinoamericana y de mi propia historia. Como es irrepetible Esdrújulo o mis dos últimos discos, Devenir y Trabajo de hormiga.

¿Cómo recuerdas hoy tu prisión y el hecho de que nombres de la talla de Jean-Paul Sartre, Oscar Niemeyer y Julio Cortázar hayan intercedido pidiendo tu libertad?
Y Yupanqui, Theodorakis, Mitterrand, Asturias… y por acá en el sur, entre varias firmas, la de Edmundo Rivero, el gran cantor de tango. Esos apoyos me emocionaron y contribuyeron a mi liberación. Pero también y mucho las manifestaciones de tanta gente y de tantos jóvenes cerca de la jefatura.

¿Qué balance te queda de la entrañable experiencia de tanto tiempo junto a Mario Benedetti?
El primer impulso es hablar del amigo, del querido compañero, de su sencillez humana, de su generosidad sin límites. Pero juntito a eso, recordar al creador, a su pluma multifacética. Un gran trabajador,incansable en su tarea de escritor, siempre leal a sus principios., a su defensa de los derechos humanos, que se sigue proyectando desde la actividad de la Fundación que lleva su nombre. Nos hicimos muy amigos, era un intelectual que inspiraba confianza y que enseñaba sin hacer notar que enseñaba. Eso sí, no estábamos de acuerdo en lo del fútbol, salvo con la celeste, claro.

Te hago la misma pregunta que le hice una vez al Sabalero: ¿Cómo es ser autor de canciones que la gente hace suyas y canta en cumpleaños, casamientos, asados como A desalambrar o Gurisito?
La canción, toma su propio camino, como que ya no es de uno. Y es muy fuerte estar en medio de la alegría de tanta gente, en su cotidianeidad, así, sin saberlo. O cuando se me acerca una joven o una gurisita y me dice que se llama como mi canción, Anaclara… O que se llama Martina…

¿Qué sentís cuando se te menciona como parte de un núcleo de artistas cumbre de nuestra música junto a Zitarrosa, Olimareños y José Carbajal «El Sabalero»?
Bueno, se trata de valiosos y queridos hermanos, y si se plantea así, es todo un desafío, es algo que te obliga a seguir. Cuando la duda o el cansancio acechan, porque es humano que a veces sea así, el cariño de la gente te reclama más y más. Y no cerrás el estuche. Y te acordás del ejemplo de un Carlos Molina, de un Aníbal Sampayo, y otros antecesores.

¿Cuál de esos discos históricos es el que hoy en día más te sigue retratando artística y humanamente?
Una mezcla entre Canciones para el hombre nuevo y Canciones chuecas. Aunque no olvido Esdrújulo, donde mi trabajo con la palabra creció, creo, y pude resumir allí años de borradores.

¿Qué le respondés a quienes dicen «Daniel Viglietti es un icono de la música popular uruguaya»?
Que más allá de ese elogio a mi tarea, que me hace sentir más responsable, yo siento que muchos reconocen en uno ideales y valores sostenidos por la lucha de tanta gente.

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Urquiza esq. Abbey Road es el blog musical de Eduardo Rivero en EnPerspectiva.net. Actualiza los miércoles.

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