New York (iii): Los asombros

Tercera y última entrega de las crónicas de Eduardo Rivero tras su reciente visita a la Gran Manzana.

“Cuando la fiesta se va acabando/ y desde lejos se escucha el mar
con las guirnaldas abandonadas/ y las botellas sin terminar/ Parece/ que no hubiera penas parece…”

Parece, Jaime Roos

Por Eduardo Rivero ///

Jaime retrata con innegable puntería la resaca anímica -y no sólo alcohólica- que sobreviene a toda fiesta. Mejor lo pasaste, más grande es la melancolía. En el fondo las fiestas se realizan para exorcizar los dolores del diario vivir y hacerle trampas a la muerte que siempre acecha, con mayor o menor cercanía. Las fiestas empiezan a las risas y siempre terminan con una indefinible e incómoda tristeza.

Estoy sentado frente a la computadora, a dos meses de la fiesta de pasar nueve días en New York y la melancolía no cesa.

Fue una fiesta llena de excesos, con borrachera de maravillas y un banquete pantagruélico de momentos imborrables incluidos.

¿Qué otro lugar del mundo es capaz de ofrecer tanto y todo concentrado en un área geográfica relativamente pequeña? De lo que yo conozco, que por suerte es bastante, diría que ninguno.

Como suele suceder, es imposible recordar la fiesta en órden cronológico, minuto a minuto. La cabeza elige mezclar todo; elige el caos y no el minucioso análisis. A lo largo del día vuelvo a estar allí una y otra vez, pero especialmente a la noche, cuando cuesta conciliar el sueño y la oscuridad de la habitación es capaz de hacerte creer la loca fantasía de que en realidad estás allí, en esa lengua de tierra que es la capital del mundo -para bien y para mal- donde los ríos Hudson e East River se unen y donde la raza humana exhibe un muestrario tan singular como incomparable de todo lo que somos capaces de crear, edificar, colorear, adornar, vender, comprar, exhibir, lucir, representar y saborear.

Oswaldo, un ecuatoriano campechano y conversador guia su camioneta desde el Aeropuerto Kennedy en dirección al Midtown Manhattan donde mi mujer y yo nos vamos a alojar. Un trayecto de una hora y media cuya hora inicial está dedicada a atravesar el enorme barrio de Queens, de casas de dos o tres plantas, hogar de la clase media y cientos de miles de inmigrantes de todas partes del mundo.

—Para ese lado viven los colombianos—informa Oswaldo-allí, del otro lado, donde está ese supermercado, es la zona de los dominicanos…

Al rato, tras pasar cerca de un cementerio inmenso, nos acercamos a la entrada de un antiguo puente de hierro muy hermoso, pintado en pulcro color dulce de leche.

—Este es el Queensboro Bridge—informa Oswaldo-el que fue retratado por Woody Allen en Manhattan.

Apenas tengo tiempo de recordar esa adorable película cuando ya la camioneta está en medio del puente y de golpe se despliega ante los ojos la panorámica de la otra orilla.

—Bienvenidos a New York—dice Oswaldo, juraría que entusiasmado, pese a los años que lleva allí viendo ese panorama a diario. Ya hacía rato que estábamos en New York, pero para Oswaldo, la verdadera ciudad empieza allí, al cruzar ese puente y dejar Queens atrás.

La visión de la línea de rascacielos de Manhattan es una de las experiencias más sobrecogedoras que este mundo puede ofrecer. Su grandiosidad es abrumadora. Esa arquitectura que combina el principio del siglo XX con el presente ya recostado al futuro, y además en esa escala gigantesca, es decididamente impresionante. También emocionante.

(Voy bien, ya el recordar ese instante único, esa joya del hecho de estar vivo ha aventado un poco la melancolía).

No podría, en este momento -ni querría- decir que hicimos ese primer día, y el segundo, y el tercero… Viene a mi cabeza la inmensidad de Manhattan, la desmesura de sus dimensiones, las infinitas posibilidades de hacer cosas y pasarlo como nunca.

Viene, por ejemplo, el Central Park, enorme y rodeado de preciosos edificios, y la esquina de Central Park West y la calle 72 con el tan bello como lúgubre edificio Dakota. La salida lateral donde murió John Lennon y el recordatorio en la vereda de enfrente con la placa donde se lee “Imagine”. Viene a la cabeza, todo lo otro obvio, insoslayable como la vista panorámica urbana más descomunal de este planeta, desde la terraza de observación en lo alto del Empire State en la calle 34 y la Quinta Avenida, los tres maravillosos museos “que no pueden faltar”: el Metropolitan Museum of Art (alias MET), el Museum of Modern Art (alias MOMA) y el American Museum of Natural History, completísimos, inabarcables, y divertidísimos.

(Voy bien, la melancolía cede…)

Camino de nuevo por el Rockefeller Center, con su estatua dorada, su pista de patinaje sobre hielo, su centro comercial y su espectacular mirador, el Top of the Rock. Cruzo de nuevo el kilómetro y 600 metros del imponente Brooklyn Bridge dejando a mi espalda de nuevo el sobrecogedor panorama de la línea de rascacielos. Visito, claro, las dos fuentes del Memorial del 11 de setiembre, testimonio del costado más nefasto de nuestra especie, con los nombres de los miles de muertos escritos en sus bordes. Me deslumbro con las espectaculares vallas publicitarias de radiante tecnología LED que le dan a Times Square, el lugar donde se cruzan Broadway y la amplísima Séptima Avenida un atractivo magnético.

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