Una tarde en las maquinitas

Por Carol Milkewitz ///

La otra vez fui a las maquinitas del shopping, a recordar esas bellas épocas de infancia cuando todo era jugar, divertirse y manipular a mi hermano menor para que me diera sus tickets.

¿Viste que a medida que crecés los lugares van cambiando? Bueno, en las maquinitas no: sigue todo exactamente igual. De hecho, en el juego de agarrar peluches siguen los mismos peluches que hace 13 años, apilados de la misma manera, porque nadie nunca los pudo sacar.

Muchos adultos no llevan a sus niños al zoológico porque están en contra del maltrato animal, pero los llevan a las maquinitas donde hay un juego de meter pelotas en la panza de un oso, otro de golpear cocodrilos, uno más de pegarle a ranitas y otro de matar dinosaurios.

Podría pensarse que la diferencia entre el zoológico y las maquinitas es que las maquinitas son solo juegos. Pero ahí los niños aprenden lecciones para toda la vida: a negociar, a compartir, a hacer trampa. Los padres también aprenden: a jugar a todos los jueguitos para ganarle tickets a sus hijos.

Son los padres los que hacen el verdadero trabajo. Por eso los premios deberían ser para adultos. En vez de chicles, aspirinas para el dolor de cabeza. En vez de caramelos, sobrecitos de edulcorante. En vez de una alcancía con un héroe pasado de moda, unos cajoncitos de tres o cuatro metros donde guardar los tickets que quedaron de sobra y no alcanzan para ningún premio.

***

¿Por qué a mí? es el blog de Carol Milkewitz, una veinteañera en la eterna búsqueda del equilibrio entre el estudio, el trabajo y la vida social. Por el momento, sale más bien poco. El último lugar al que fue con música, comida y alcohol: el supermercado. Actualiza los viernes.

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2 Comentarios - Escribir un comentario

  1. Las Maquinitas: bellísimos lugares donde compartíamos tardes la gurisada criada en el «interior» del país, cuando el estado del tiempo no nos permitía andar en bici, jugar al fútbol en los campitos y/o en la calle ni practicar ninguna de aquellas «maldades de esos gurisitos malenseñados» a la hora de la siesta. Bien antes de los Atari, los Nintendo o de la tele en colores. Apenas las matinés de los domingos en los cines,
    Nosotros, con fichas, antes de la modernidad del papel termoimpreso.
    Claro, jamás podían competir con el ruido de la «famosa» número cinco picando o los ruidos de los rulemanes de las chatas sobre los pisos de las calles.
    En los 90, 80 o 70, la constante de esa gurisada de la «capital» o del «interior» ha sido siempre jugar. Y aprender el arte de convivir

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