Segunda mirada
Un bikini y un hijab

Por Rafael Porzecanski ///

La extraordinaria cobertura mediática de los juegos olímpicos de Río ha dejado varias postales memorables. Entre ellas se encuentra la de dos jugadoras de beach volley disputando el destino de una pelota a cada lado de la red. De un lado, puede observarse a la alemana Kira Walkenhorst vistiendo un ajustado bikini y del otro a la egipcia Doaa el Ghobashy con su cabellera y casi totalidad de su cuerpo cubiertos, salvo sus manos, sus pies y su rostro.

La imagen cobró instantáneamente fama mundial por retratar el encuentro de dos culturas muy diferentes gracias al idioma compartido del deporte. No es un dato menor, además, que la foto corresponda a una disciplina en donde los competidores se enfrentan sin jamás tocarse; recuérdese que en el voleibol los participantes de cada equipo deben necesariamente permanecer en las respectivas mitades trazadas por la infranqueable red.

La foto en cuestión provocó una gran variedad de valoraciones sobre temas que trascienden el ámbito del deporte y, especialmente, sobre la condición de las mujeres en los países occidentes versus las naciones musulmanas. De las múltiples interpretaciones que he encontrado sobre esa imagen (que vale más que mil palabras pero que no habla por sí sola), quisiera detenerme en dos que a mi juicio arriban a conclusiones erróneas.

Por un lado, algunas miradas han encontrado en la foto un asimétrico encuentro entre una mujer libre que goza de los frutos de la secularización occidental y una mujer oprimida por las rígidas normas prevalentes en las sociedades islámicas y desfavorecida para la práctica deportiva en igualdad de condiciones. “No tengo ni idea de vóley playa. Sí, un poquito, de religión. Una puede elegir como vestir. La otra no.” se expresó un usuario español en Twitter sintetizando muy bien este tipo de argumentación.

Un problema mayor con esta interpretación es que hace caso omiso al hecho de que la jugadora egipcia pertenece a un país en donde ni el velo ni la cobertura completa del cuerpo son obligatorios para la mujer. Sin ir más lejos, la otra integrante de la dupla egipcia no tenía su cabellera cubierta durante la disputa del partido. Solamente en unos pocos países islámicos, una voleibolista de playa estaría mandatada a vestir como la jugadora egipcia (Arabia Saudita e Irán, entre los más poderosos y conocidos). Por ello, al revisar la base de datos de las atletas participantes en estas olimpiadas, es posible toparse con una gran cantidad de mujeres de países musulmanes que compitieron utilizando vestimentas similares a las del resto de las participantes.

En segundo lugar, refiriéndonos específicamente al “hijab” (la prenda utilizada por El Ghobashy para cubrir su cabello), deberíamos tener presente que en muchos casos es explícita y voluntariamente lucido como un símbolo de empoderamiento y afirmación cultural por parte de las mujeres musulmanas. Las mismas declaraciones de la jugadora egipcia al término del partido ilustran lo dicho: “Llevo el hijab desde que tenía 10 años. El velo no me impide hacer las cosas que me gustan; y una de ellas es jugar a este deporte…“ y “no renunciaré a mi velo de ninguna manera, porque es una parte importante de nuestra religión y creencias”. Además, en alusión a las críticas recibidas en su propio país por usar el hijab, El Ghobashy declaró: “Si hubiera jugado con bikini, se habrían extrañado (…) y me habrían llamado inmoral. Y si jugamos con velo, [también] nos critican”.

Si la indumentaria de la jugadora egipcia se encuentra lejos de ser un equivalente de opresión, el bikini de la jugadora alemana tampoco debería ser interpretado automáticamente como un símbolo de libertad e igualdad de género. De hecho, hasta los juegos de Londres 2012, las jugadoras de esta disciplina estaban obligadas a usar bikinis mientras que la vestimenta de los hombres era libre, en lo que constituía una evidente práctica sexista. Desde Londres, la normativa cambió para permitir la incorporación deportiva de países contrarios al uso de bikinis, pero la historia previa deja bien en claro que las fronteras de la libertad y la opresión femenina no son idénticas a las dibujadas por la red de la foto.

Una segunda interpretación a mi juicio muy problemática de la foto en cuestión la ofrecieron voces como la del periodista español Kiko Jiménez. En su breve y potente columna “El machismo estaba a los dos lados de la red”, Jiménez equipara las consecuencias actuales del patriarcalismo occidental con aquel prevalente en el mundo musulmán. En opinión de Jiménez, si de un lado se encuentra el machismo religioso establecido por las tradiciones islámicas y las reglas coránicas, del otro se encuentra el machismo propio de las sociedades occidentales en donde la mujer es sexualmente cosificada y su cuerpo tratado como un bien de consumo (sea físico o visual). Así, prosigue Jiménez, “en realidad no hay libertad total a ningún lado de la red. A una le imponen su religión, el incómodo hijab; a la otra le exigen la braga corta de las modas sexistas dominantes, que no las normas. En ambas hay una falsa libertad que parece les deja elegir”. El autor cierra su argumentación con una ingeniosa sentencia: “la libertad no se mide sólo por centímetros cuadrados de tela”.

Esta argumentación también adolece de graves problemas. En primer lugar, Jiménez cae en el mismo error que aquellos a quienes procura criticar cuando interpreta al hijab como un símbolo de dominación masculina, desconociendo las múltiples instancias en que las mismas mujeres musulmanas lo han resignificado y convertido en un instrumento de protesta y reivindicación de sus derechos. En la visión de Jiménez, pareciera que las mujeres de un lado y el otro fueran simples marionetas y que todas sus decisiones (incluyendo qué vestir y cómo lucirlo) estuviesen severamente contaminadas por el patriarcalismo. En el universo de Jiménez, la autonomía de las mujeres huele puramente a ficción.

Un segundo gran problema de esta visión es que, en su afán de equiparar el machismo a ambos lados de la red, el autor termina por desconocer una realidad que ni el más férreo relativista cultural debería hoy discutir: más allá de sus importantes diferencias internas, los países musulmanes sufren de niveles de desigualdad de género mucho mayores que los países occidentales en cualquier indicador social relevante escogido. Por solo citar un ejemplo, en el ranking de igualdad de género de 2014 elaborado por el Foro Económico Mundial, entre 142 países considerados, las naciones islámicas se encuentran invariablemente en los últimos lugares: Irán en la posición 137, Arabia Saudita 130, Turquía 125 y Egipto 129 por citar algunos de los referentes musulmanes más importantes. A la inversa, la casi totalidad de los primeros lugares del ranking están ocupados por países occidentales, liderados por los escandinavos y sus avanzados marcos legales en la materia.

Aunque nos pueda disgustar el sexismo en el mundo occidental y sus múltiples consecuencias, resulta absurdo equipararlo con el de un submundo compuesto de países que en su mayoría restringen severamente la autonomía de las mujeres y que limitan su capacidad de realización en las más variadas áreas vitales (con medidas que pueden llegar a la prohibición de conducir automóviles o a la lapidación de las adúlteras). En el caso específico del deporte, vale recordar que en casi todas las delegaciones olímpicas de países musulmanes las mujeres han sido y son una franca minoría pese a pequeñas mejoras en tiempos recientes.

Esta constatación no implica incentivar la imposición de una cruzada occidentalista en dichos países sino que es un llamado a reconocer que la fusión entre Estado e Islam (manifestada en teocracias y sultanatos) y la variedad de feroces autoritarismos en casi todos los países de mayoría musulmana tienen gigantescas cuentas pendientes que resolver en materia de derechos humanos, siendo la dimensión de género una de las más significativas deudas.

Partiendo de la base que las mujeres deberían gozar de los mismos derechos y oportunidades que los hombres, uno desearía que algún futuro juego olímpico nos regalara otra foto icónica de beach volley femenino. Esta vez, las jugadoras estarían del mismo lado de la red, defendiendo los colores de un mismo país. Una de ellas estaría vestida como Doaa el Ghobashy, mientras que la otra luciría un bikini similar al de Kira Walkenhorst. Esas jugadoras podrían ser alemanas o egipcias, habitantes tanto de una sociedad mayoritariamente secular o, a la inversa, de otra predominantemente religiosa. Lo que uniría a esas dos competidoras, además de su nacionalidad, sería el hecho de que las partes de su cuerpo expuestas y cubiertas se corresponderían estrictamente con sus decisiones y preferenciales personales.

En esa nueva imaginaria foto estaríamos pues retratando a dos mujeres tan libres como diferentes. Ese debería seria el espíritu del juego que transcurre antes, durante y después de una partida de voleibol.

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Segunda mirada es el blog de Rafael Porzecanski en EnPerspectiva.net. Actualiza el sábado en forma quincenal.

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1 Comentario - Escribir un comentario

  1. Los integrantes de un mismo equipo deportivo visten todos de igual manera, y esto es una limitación a la libertad, aunque no por razones religiosas o filosóficas, sino para destacar que son uno sólo. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si en un equipo de fútbol masculino, a un jugador se le ocurriera vestir pantalón largo y remera de manga larga? Seguramente, no se lo permitirían. Por ello, me parece imposible que pase la última hipótesis que plantea el articulista.

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