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Urquiza esq. Abbey Road
Vida, muerte y resurrección del vinilo (II)

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Por Eduardo Rivero ///

Como decía en la nota anterior, soy hijo de la era de oro del vinilo, y por eso, más allá de consideraciones técnicas inobjetables, que indican la superioridad de la grabación y reproducción digital, a mis oídos el analógico vinilo sigue sonando más “musical” que los soportes digitales. Es un tema subjetivo, basado en intangibles y no en evidencia empírica al comparar la versión en vinilo y en CD de un mismo disco.

Pese a haberme criado en pleno auge del vinilo, consumí –y sigo consumiendo– los nuevos formatos que amenazaron su dominio y terminaron derrotándolo.

Notoriamente, el cassette de audio –cuyo nombre completo era "compact cassette"– fue el primer formato que salió al cruce del vinilo: tenía un sonido muy inferior, especialmente en el mercado uruguayo donde las ediciones en cassette que se comercializaban eran impresentables.

Pero tampoco el vinilo en nuestro país era un dechado de virtudes. Hasta comienzos de la década de 1970 el sonido de los vinilos fabricados en plaza era significativamente inferior al de los discos importados, especialmente en los discos simples que realmente eran malísimos.

Ninguna de las fábricas uruguayas –Clave, Palacio de la Música o Sondor– alcanzaba el nivel de las copias importadas. Y la presentación gráfica, con honrosas excepciones, dejaban muchísimo que desear. No se respetaba el arte original de la música que venía de otros países, seguramente por un tema de costos, y los materiales utilizados –delgadas láminas enfundadas en sobres de nylon muy precarios– eran realmente tristísimos. Era lo que había. Recién cuando caía en nuestra manos un ejemplar importado nos dábamos cuenta de la diferencia.

No puedo olvidar, por ejemplo, un disco traído por un amigo desde EEUU: el primer LP del trío América –sí, el que traía el hit A Horse With No Name– cuya tapa de cartulina durita y satinada era maravillosa. Quien me lo prestó “por unos días”, todavía debe estar pensando como reclamármelo… Yo ya tenía la edición local, pero la diferencia era tan abismal –y yo era un pibe tan fanático como irresponsable– que sucumbí al pecado.

El cassette de audio fue inventado por la compañía Philips en 1963, pero se estandarizaría a partir del inicio de los años 70. Precisamente, en setiembre de 1970, con motivo de mi cumpleaños número 18, mis viejos me regalaron un excelente grabador de cassette Sanyo, con su palanquita en “T” de inolvidable memoria.

El cassette básicamente era una carcasa de plástico en cuyo interior una delgada cinta con un doble par de pistas estéreo giraba a una velocidad de 4,76 cm por segundo. Ante el soplido molesto de la cinta, se introdujo el sistema Dolby de reducción de ruidos parásitos, que mejoró notoriamente la reproducción. El cassette mejoró también con el lanzamiento de cintas de dióxido de cromo y de partículas de metal, iniciando la era del cassette de “alta fidelidad”. Marcas como la Maxell o la TDK lideraban el mercado de cassettes “mejorados”. Pese a que su sonido no era óptimo, fue un producto absolutamente revolucionario ya que cambió la forma de escuchar música.

En primer lugar porque, además de reproducir, permitía por primera vez grabar, un golazo de media cancha en relación al vinilo. De ese modo, uno podía grabarse una selección de música a su antojo, elemento que hoy a nadie llama la atención pero que el cassette permitió hacer realidad por primera vez. Así nació la piratería, dicho sea de paso.

También por su carácter portátil: en los años 80, la llegada del “walkman” –que Sony introdujo en 1979–, reproductor portátil de un tamaño apenas mayor al propio cassette, fue una auténtica sensación. ¡Y qué decir de la llegada de los reproductores de cassette para automóviles! A pesar de todas esas mejoras, un vinilo de calidad en un equipo de nivel profesional seguía siendo notoriamente superior.

Por lo demás, el cassette tenía un par de problemas insolubles: las cintas solían enredarse y romperse dentro de la carcasa plástica, y el avance rápido o el rebobinado eran tediosos y consumían mucha energía de las pilas si se realizaban en un equipo portátil.

El “disco compacto” fue inventado en 1974 y desarrollado en forma conjunta por las empresas Philips y Sony. Produjeron ese disco brillante de 6 cm de diámero y 1,2 mm de espesor capaz de almacenar todo tipo de información –audio, imágenes, videos, documentos– y una capacidad original de 74 minutos. ¿Porqué 74 minutos? Pues porque el presidente de la Sony, Norio Ohga, quiso estandarizar la duración del nuevo formato de acuerdo a lo que duraba la interpretación completa de la Novena Sinfonía de Beethoven (versiones posteriores ampliaron la duración hasta los 80 minutos).

El "Compact-Disc" se lanzó comercialmente en 1982 y fue presentado como un producto revolucionario. Además de la practicidad operativa de tener solo una cara y su capacidad superior a la de un vinilo, su gran argumento de venta era la calidad supuestamente inalterable de la copia digital. Su crecimiento fue meteórico. En los años del cambio de milenio era por muy lejos el formato más vendido, superando al vinilo. Y con la llegada del CD "grabable", el moribundo cassette recibió su golpe de gracia.

En Europa los primeros CD con música en salir a la venta fueron un recital de piano clásico a cargo del notable virtuoso chileno Claudio Arrau y el álbum The Visitors del cuarteto vocal sueco Abba. En EEUU, el primer lanzamiento fue el álbum An Innocent Man del pianista, cantante y compositor Billy Joel, aunque seguramente el primer CD que se transformó en un éxito masivo fue el notable Brothers in Arms de Dire Straits, editado en 1985.

Yo no demoré en abrazar el nuevo formato: fui el feliz poseedor de una de aquellas primeras compacteras Philips importadas por Palacio de la Música en la segunda mitad de los años 80, grandotas, tamaño reproductor VHS, para que encajaran en los “racks” de las cadenas de audio y video.

Al ser uno de los primeros poseedores de semejante aparato, mis amigos iban a mi casa a conocer el chiche nuevo, al que miraban con curiosidad como si fuese un ovni.

Palacio de la Música también fue uno de los primeros –sino el primero de todos– en importar CDs de música. Entre los primeros títulos que trajo se encontraban En directo, el álbum doble de Joan Manuel Serrat, el Rubber Soul de The Beatles y Money for Nothing, la antología de Dire Straits. Fueron los tres primeros títulos de una colección de varios miles que sigo disfrutando inmensamente hasta hoy.

Recuerdo con nostalgia la inscripción que traían los primeros CD: “Al manipular los discos compactos se debe tener el mismo cuidado que con los discos convencionales. Se debe sujetar el disco por los bordes, y mantenerlo lejos del polvo y las huellas de los dedos”.

En poco tiempo la oferta de música en CD creció en progresión geométrica y los vinilos quedaron resumidos a mesas de ofertas y luego a apenas algunos locales que mantuvieron en alto la bandera –como El Astro de los Discos de Uruguay casi Tristán Narvaja– o los vendedores de ferias.

El venerable disco de vinilo de 12 pulgadas de diámetro, con su enorme y vistosa carátula, parecía definitivamente encaminado al museo. Las tapas pasaron a tamaño postal, dadas las reducidas dimensiones de los cajas de cassettes y discos compactos.

La época clásica de los “long plays” y las disquerías dedicadas al vinilo como el célebre local de Palacio de la Música de 18 de Julio y Paraguay, con su doble hilera de cabinas para probar los discos, parecía haber pasado para siempre.

El vinilo, claro está, no ha vuelto a ser hasta hoy el formato preferido, pero en una sorprendente voltereta del mercado, está volviendo a ocupar un sitial de creciente importancia. Sobre esa "resurrección" tratará la tercera nota de esta serie.

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Urquiza esq. Abbey Road es el blog musical de Eduardo Rivero en EnPerspectiva.net. Actualiza los miércoles.

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Urquiza esq. Abbey Road: Vida, muerte y resurrección del vinilo (I)

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Foto: Disco de vinilo sobre una bandeja. Crédito: s/d de autor/pexels.com

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