La casa enfermante

Por Eduardo Rivero ///

Fernando Cabrera tomó el último resto de café de su pocillo, rápidamente se enjugó una furtiva lagrimita con la mano libre y, girando la cabeza, me dijo con inapelable solemnidad:

—Esta es una casa enfermante.

Estábamos sentados en el sofá de mi living, y en el televisor terminaba un cortometraje en el que Gardel canta con milagrosa y emocionante perfección un puñado de tangos acompañado por sus guitarristas. Fernando nunca lo había visto y la experiencia lo conmovió profundamente. Así culminaba un ensayo para una actuación en el Teatro Solís en la que yo iba a cantar junto a él, nada menos que La casa de al lado.

Cabrera definía como “enfermante” a mi casa por la abundancia –para él abrumadora– de discos, libros y películas de todo pelo y señal. En aquel mundo de hace 20 años aún no existían sitios de streaming ni downloads por Internet. Hasta hoy, cuando nos cruzamos en algún sitio, Cabrera pregunta por la “casa enfermante”.

Mi casa, como el habitual lector de este blog sabe, está ubicada en Urquiza esquina Abbey Road, aunque bastante cerca de la avenida Luis Alberto de Herrera, y empezó a ser lo que hoy es hace muchas décadas, incluso años antes de que yo comprara mi primer disco.

Nació en el living de otra casa, en la calle 21 de Setiembre y Bompland, en la que mi adorable tía Irma me ayudaba a disfrutar de mi juguete preferido: un enorme combinado radio pasadiscos Punktal, en el que colocaba diez o doce discos ensartados en el pincho que asomaba desde el centro del plato, y que iban cayendo uno a uno.

Yo no tenía más de 4 o 5 años y me sentaba junto al pasadiscos mirando, absorto, como giraban los discos y memorizando los colores de las etiquetas, los logotipos de los sellos editores y, claro, apenas supe leer, los nombres de las canciones y los intérpretes.

Eran los años finales de la década de 1950 y ahí descubrí nombres de la música brasileña como el Trio Irakitan, Maysa Matarazzo, Agostinho dos Santos y el inmenso João Gilberto, entre muchas otras músicas maravillosas que siempre irán conmigo. De adolescente mi casa empezó a poblarse de discos, en la era del vinilo, y al llegar el CD a fines de los años 80, la cosa empezó a tomar proporciones preocupantes para mi familia.

Mi colección es mi vida. Me explico: cada disco tiene una historia detrás. Cuando recorro las estanterías y leo los lomos de los CDs cuidadosamente alineados en realidad también hojeo el álbum de mis recuerdos. De noche, cuando me cuesta entrar en el sueño, no cuento ovejitas como lo hace la mayoría, sino que pienso en discos. En los que hay y en los que faltan para completar determinadas discografías que le dan placer y auténtico sentido a mi lugar en este mundo.

Hoy los títulos son, sin exagerar, miles, las épocas abarcadas, todas y los estilos, muchísimos. La casa enfermante es también una casa tomada por la música. No hay ambiente que no haya sido invadido por estanterías de discos.

Tengo la enorme discografía completa de Frank Sinatra y no menos de 70 compactos “no oficiales” con rarezas de The Beatles. Nada de lo que haya editado el gran Joan Manuel Serrat está ausente.

Hay una colección importante del histórico rock de los años 50 (Elvis, Chuck Berry, Eddie Cochran, Jerry Lee Lewis, etc). Hay mucho jazz, mucho tango y muchísima música clásica. Abundante Mozart con todos su milagros. Abundante Debussy, con sus brumosos paisajes sonoros. Abundante Johann Sebastian Bach, con su belleza metafísica, conectada en línea directa con lo divino, y su arquitectura de perfección formal, capaz de apuntalar la espiritualidad de cualquier persona.

En vinilos conservo primeras ediciones de Jaime Roos, Jorge Galemire, Eduardo Darnauchans, Eduardo Mateo, el primer disco de Los Tontos, de los años 80, entre muchísimos otros. También los adorables –y rayados– ejemplares “de época” de The Beatles que son las mismas placas del sello Odeón que escuchaba cuando la banda aún existía, y que puse en el tocadiscos en bailecitos liceales.

En la categoría rarezas, tengo dos vinilos que amo: una copia del simple 45 revoluciones por minuto con Love Me Do y P.S. I Love You de The Beatles, primera edición inglesa, sello Parlophone 1962, que –prolijamente encuadrado– me regaló mi amigo Christian Font; también del único LP que grabó en su carrera un desconocido cantautor francés llamado Jean-Yves Joanny, dedicado de puño y letra por al artista tras un show en París en abril de 1980 y que, además del valor sentimental, está muy bueno.

En cuanto a discos compactos, creo que todo lo que el lector habitual de este blog imagina está presente: colecciones completas de artistas de la década de 1960 –que son mi cuna musical verdadera– como Beatles, Stones, Beach Boys, Creedence Clearwater Revival, Chicago, Blood Sweat & Tears, Led Zeppelin, Jethro Tull, Jimi Hendrix o Bob Dylan.

También la discografía completa de grandes nombres de los 70 como los cantautores James Taylor, Elton John, Billy Joel, Carole King o Carly Simon o grupos como Carpenters o Steely Dan. Asimismo bandas de los 80 y 90 como R.E.M. o The Police –la que escucho con más placer luego de The Beatles– rock argentino, muchísimo de Brasil, incluyendo todo lo que anda por allí de los maravillosos Tom Jobim y Chico Buarque.

Todo lo uruguayo imaginable, de todas las épocas, con énfasis en mis admirados Roos, Alfredo Zitarrosa, Los Olimareños, José Carbajal, Darnauchans, Galemire, Mateo y todo aquello en lo que Hugo y Osvaldo Fattoruso han tenido algo que ver, pero también nuevos nombres como Florencia Nuñez, Ernesto Díaz o Diego Presa.

Renglón aparte merecen las decenas de discos dedicados por los artistas. Jaime Roos y el “Ruso” Rosencof firmaron la carátula de La Margarita, su obra en conjunto. Darnauchans, una antología editada por Sondor. Estela Magnone y Laura Canoura, más de un disco cada una. Hugo Fattoruso puso la rúbrica en la colección completa de Los Shakers. Joan Manuel Serrat firmó la tapa de su tercer disco –mi preferido–, el que tiene Mi niñez, Señora y Si la muerte pisa mi huerto. Leon Gieco firmó dos de sus discos y Fernando Cabrera, autor de la definición “la casa enfermante”, cinco.

Por supuesto, la colección sigue viva y creciendo, y no sigo la lista para no abrumar al lector y para no pecar del vanidoso que jamás he sido. En resumen: me siento orgulloso de mi “casa enfermante”, donde tanta música vive conmigo, esperando que el milagro de la tecla play la libere.

Mi orgullo por esta casa aumenta porque aquí también está mi mujer, la mejor persona que he conocido en esta vida, que banca la falta de espacio y que soporta mi cabeza loca por la música, y una hija que me ha llenado de orgullo, recién recibida como doctora en medicina y a quien le pido que cure todo lo que se le ponga por delante, pero que, eso sí, nunca impida que la música siga haciendo de esta una “casa enfermante”.

PD. Para ilustrar lo de la «casa enfermante» mando más abajo links de canciones que están entre las que más amo.

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Urquiza esq. Abbey Road es el blog musical de Eduardo Rivero en EnPerspectiva.net. Actualiza los miércoles.

Video: TheBeatlesVEVO

Video: BobDylanVEVO

Video: TheRollingStonesVEVO

Video: GilbertoGilVEVO

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