Colón y los negacionistas

Colón y los negacionistas

Por Helena Corbellini ///

De pie a veinte metros del suelo, Colón no podía creer lo que veía y escuchaba 527 años después de que lograse que los reyes financiaran su convicción de que la Tierra era redonda y que navegando hacia el oeste llegaría a las codiciadas Indias. A sus pies, en la plaza, serían unos tres mil los que coreaban: “Terrorismo, queremos libertad, el virus no existe”. Había manifestantes mujeres y hombres, jóvenes, adultos y mayorcitos, sin mascarillas pero con pancartas, sudor y rebeldía. El Almirante en los últimos días andaba preocupado por los múltiples rebrotes que estallaban en toda España y traían a su memoria las pestes que diezmaban a los indígenas que él intentaba cristianizar a fuerza de biblia y latigazos. Con esfuerzo, doblegó su mármol y les preguntó: “¿Y qué me dicen de los setecientos u ochocientos mil muertos en el mundo? “¿Eso?, murieron por otras causas y nos mienten diciendo que fue la covid”. “Caramba, ¿y por qué nos mienten?”, insistió Colón, “ya que la mentira tiene un propósito”. Una universitaria limpió sus gafas y le contestó: “Claro que sí: la pandemia es un invento de la Organización Mundial de la Salud, órgano que responde a intereses supremos de los gobiernos del mundo, quienes pretenden inocularnos el miedo para luego inocularnos una vacuna carísima, negocio de los laboratorios, que en realidad no será una vacuna sino un microchip, mediante el cual nos controlarán cada movimiento”. Cristóbal escuchó estupefacto porque desde su altura había oído la sirena de las ambulancias a toda hora, más débilmente también escuchó los golpes inútiles que dieron los ancianos contra las puertas de los geriátricos pidiendo auxilio; día y noche sigue oyendo la respiración anhelante de las familias de los contagiados esperando una mejoría que tarda semanas o no llega nunca. Al principio murieron los viejos y los negacionistas dijeron: “este virus lo han tirado para pagar menos seguridad social”. Pero el virus se la emprendió con gente de cualquier edad. Colón había visto carrozas fúnebres sin cortejo y a una muchacha que llorando decía: “me voy al entierro de mi amiga, de 18 años”. “¿Y no les importan los niños, que dejaron de ir al cole y a las plazas, pero igual en Madrid murieron seis en la primera oleada?” “Esas son mentiras de los medios”, aseguró un joven cuyo culo desbordaba el asiento de la bicicleta. Colón nunca fue un tipo sensible, pero el tiempo ablanda el corazón y en los últimos  meses le tiembla la mano con que sujeta la bandera y la cruz. “Vamos, Colón, te acojonas porque te quisieron prender fuego por colonialista en julio”, se burlaron de él. “Qué va, eso no es nada, sí que ardí, pero hace siglos, de rabia cuando los reyes tan católicos ellos no me pagaran lo prometido, me dejaron sin un duro y adulteraron mis diarios de viaje”, se molestó Colón. “A mi entender ustedes son los acojonados, le tienen tanto miedo al virus, que prefieren pensar que no existe.” “A mí lo que me sofoca, es la mascarilla ¿Entrada en años y en carnes, tengo que ponerme eso? Lo que quieren es amordazarnos. ¡Libertad!”, los grandes pechos de la mujer se sacudieron en el grito.

Otro grupo preguntaba por Miguel Bosé. “¿Dónde está?, ¿lo habéis visto? Él nos convocó por twitter.” En ese momento Colón se entusiasmó, le gustaba el artista. “¿Vendrá a cantar en vivo?” les preguntó. “Pero Colón, ¿no usas las redes? Bosé fue uno de los que convocó a manifestar”.

El Almirante quedó indignado y le envió un mensaje telepático a Miguel Bosé, quien frente a la tele miraba satisfecho la manifestación y sorbía un mojito. “Bosé: tu madre murió de covid, ¿cómo puedes decir que el virus no existe?” El cantante no entendió de dónde venía esa voz. Miró el interior del vaso y con la pajita en la boca dijo: “Murió de vieja, ¡tenía 98 años!” El Almirante, inquirió tenaz: “Miguel, ¿no será que te niegas a aceptar que tu mamá está muerta?” Bosé oyó los tacones lejanos de su madre en los empedrados de Madrid. Era mejor ser una chica Almodóvar que un negacionista.

“Mañana mandaré otro twiter”, prometió. “Mi madre está viva”.

Helena Corbellini para el espacio Voces en la cuarentena de En Perspectiva.

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Helena Corbellini (1959) es una escritora y profesora uruguaya. Entre sus novelas figuran La vida brava. Los amores de Horacio Quiroga (2007) y El sublevado. Garibaldi, corsario del Río de La Plata.

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Foto
: Retrato imaginario del almirante Cristóbal Colón. 1892. Crédito: Wikimedia Commons.

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7 Comentarios - Escribir un comentario

  1. excelente ficción para decirnos que en aquella y esta época hay mucha gente que se niega a admitir asuntos antes no pensados o no vividos…

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  2. ¡Qué lo peló! Me acuerdo que hace un tiempo, en la Tertulia de los Viernes, invitaron a escribir cuentos «contrafácticos», o «ucrónicos». Éste sería un ejemplo, aunque por su extensión no cfreo que entrara.

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  3. No es que negar lo obvio esté bien, está mal y mucho; simplemente es cosa de mentes pequeñas decir en su placebo: la realidad -ésta y otras- es inadmisible en la sala de mi hogar mental.

    «Es mas fácil engañar a alguien que convencerlo de que ha sido engañado»
    M. T.

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  4. iExcelente! Felicitaciones por denunciar el negacionismo, postura que las redes sociales por desgracia multiplican y expanden como otra peste.

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  5. Ana Bárbara Tojo Ascone · Edit

    Sencillamente genial tu esctito y me remite a la idea de tantos, pero de Borges en especial, del tiempo cíclico, ¿es que la esencia humana no evoluciona? Tal vez esos pensamientos de los manifestantes y tantos otros sólo es una forma de tranquilización y supervivencia . Magistral lo suyo profe, como siempre…

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  6. Ana Bárbara Tojo Ascone · Edit

    Brillante, me remitió a algo borgeano, el tiempo cíclico. ¿Es que los hombres en su esencia no evolucionamos? Claro por eso esencia… Será que ese pensamiento es una tranquilización más para sobrevivir cada cual a su manera… Magistral lo suyo profe, como siempre, en toda la acepción del término . Aplauso.

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