El derecho a saber

El derecho a saber

Por Juan Ceretta ///

Era la hora 14:00 aproximadamente del 14 de enero de 2009 cuando Alejandro Novo de 30 años de edad cumplía con su recorrido habitual en la distribución de productos avícolas del emprendimiento de su familia, en la zona de Barros Blancos.

En momentos en que detuvo la marcha de su pequeño camión frente a un almacén lo abordaron dos sujetos para rapiñarlo, y a la postre matarlo.

Lejos estábamos de comprender aquel día las cosas que acarrearía su triste, injusta e inesperada partida. Más allá del inmenso dolor que para una familia significa enfrentar la muerte de ser querido, muchas cosas iban a ocurrir a partir de allí como consecuencia de la actitud asumida por su familia, especialmente su madre Graciela, y por su esposa Mónica.

Estas dos mujeres participaron de manera protagónica en la fundación de la Asociación de Familiares de Víctimas de la delincuencia (ASFAVIDE); organización civil, hoy referente en la defensa y promoción de los derechos de las víctimas y sus familias.

Han impulsado y logrado la sanción de la ley 19.039 que consagra una pensión a cargo del estado para las víctimas de delitos violentos; han impulsado la concreción de un rol de mayor protagonismo de las víctimas como actores en el nuevo proceso penal, y han logrado poner a disposición un equipo multidisciplinario de apoyo a las víctimas y sus familias en el seno de una organización civil sin fines de lucro.

Todas las tareas de apoyo, asesoría, atención psicológica y social se brindan de forma gratuita, a propósito de convenios celebrados con el Ministerio del Interior, la Universidad de la República, entre otros.

Este tremendo desafío fue asumido inicialmente por Graciela y Mónica, y mas tarde continuado por Graciela, siempre de manera desinteresada y constituyó el magnífico vehículo por el que canalizaron el inmenso dolor de su pérdida.

En las diversas ocasiones que tuve oportunidad de conversar con Graciela, jamás logré advertir ni siquiera un atisbo de revancha, de venganza, por el contrario me contó como recorría las cárceles conociendo a otros presos, seguramente muchos como los que cometieron el terrible crimen de su hijo, y en su visita a los centros de reclusión, escuchó primero, y luego hizo saber todo el dolor que había sufrido, me consta el respeto que su figura impone cuando se sienta a conversar con un preso.

Ha logrado que ellos también vean a su madre sentada allí con ese dolor.

No cuento ni con el valor, y mucho menos con la estatura humana de esta mujer, y seguramente por esa razón le profeso tanta admiración.

En los últimos días, la justicia humana, ha dado con los responsables del crimen de Alejandro, y todas sus circunstancias fueron esclarecidas finalmente 10 años después.

Una vez ocurrido esto, la vi y la escuché; y creo haber percibido como finalmente pudo encontrar una paz que solo llega de la mano de saber la verdad.

Aun éstos seres moralmente superiores, necesitan también ejercer su legítimo derecho a saber la verdad de lo que pasó con sus seres queridos, no importa si los hechos ocurrieron hace 10 o 50 años atrás; como sociedad les debemos a todas las víctimas saber la verdad.

Sin verdad, no hay justicia.

***

Emitido en el espacio Tiene la palabra de En Perspectiva, viernes 10.05.2019

Sobre el autor
Juan Ceretta nació en Montevideo, es doctor en Derecho y Ciencias Sociales, egresado de la Universidad de la República; docente del Consultorio Jurídico y de la Clínica de Litigio Estratégico en la Carrera de Abogacía; coordinador del Laboratorio de Casos Complejos en DDHH, y representante por el Orden Docente en el Consejo de Facultad de Derecho. Activista en Derechos Humanos. Hincha de Racing Club de Montevideo.

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5 Comentarios - Escribir un comentario

  1. Saber la Verdad, entera en su ancho dolor, es el excluyente insumo para que sea posible la humana Justicia.
    Si no sucede, el alma doliente de los seres queridos de las víctimas -las comunes y las excepcionales- trasuntan mutiladas respirando aire viciado por la afrenta.
    Mas que un derecho, la Verdad, es una imperiosa necesidad íntima y fundacional de la esencia humana.
    La actitud de la señora Graciela es de estremecedora dignidad, un recuerdo a otra señora que no pudo acceder a la verdad que merecía, a la señora Luisa.

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