Europa, los británicos y el mar abierto

Por Rafael Mandressi ///

El 4 de junio de 1944, Winston Churchill y el General De Gaulle se reunieron, a la hora del almuerzo, en un tren cerca de la ciudad inglesa de Portsmouth. La “operación Neptuno”, es decir el desembarco de los Aliados en las playas de Normandía, estaba prevista para la madrugada del 6. De Gaulle sabía que el General Eisenhower había sido instruido por su Gobierno para declarar que Francia quedaba bajo su autoridad. También sabía que los billetes de una nueva moneda francesa habían sido impresos para hacerlos circular en el país, administrado por un “Gobierno militar aliado para los territorios ocupados” (AMGOT)*.

Nada de eso era aceptable para De Gaulle. Francia no podía quedar bajo tutela, y en esas condiciones no había acuerdo posible. Que los Aliados se fueran a hacer su propia guerra, “con su moneda falsa”. Si bien De Gaulle terminó ganando la pulseada, la frase célebre de ese almuerzo fue la réplica de Churchill: “Cada vez que tengamos que decidir entre Europa y el mar abierto, vamos a elegir siempre el mar abierto; cada vez que tenga que elegir entre usted y Roosevelt, siempre voy a elegir a Roosevelt”**.

Esa frase, que ha sido citada muchas veces a lo largo de 60 años, volvió a aparecer en las últimas semanas, de cara al referéndum del jueves próximo, en el que los británicos deben pronunciarse a favor o en contra de la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. Entre Europa y el “mar abierto”, los promotores de la salida, el “Brexit”, eligen el “mar abierto”.

Los otros, los partidarios de quedarse, optan por Europa o, más exactamente, por la Unión Europea, que no es lo mismo. Unos y otros marchan empatados en las encuestas, y parece temerario hacer hoy cualquier pronóstico sobre el resultado de la consulta. El divorcio no es imposible, y tanto en la isla como en el continente hay quienes profetizan catástrofes si el matrimonio se rompe. Del lado del continente, sin embargo, también hay quienes no ven la hora de desembarazarse de un socio de dudosa fidelidad, capaz de elegir el “mar abierto” aun estando dentro de la Unión.

Se trata, en todo caso, de un socio tardío y reticente. En 1951, el Reino Unido fue invitado a integrarse a la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), y rechazó la invitación. En 1958, también rechazó integrarse a la Comunidad Económica Europea (CEE). En 1961, solicitó su adhesión, pero De Gaulle había vuelto al Gobierno en Francia y se opuso, por aquello del “mar abierto” – o, si se prefiere, para impedir la entrada de un caballo de Troya de EEUU.

El ingreso recién se produjo en 1973, y a poco andar empezaron las dificultades. Problemas de dinero, en primer lugar, que dieron origen a otra frase célebre, esta vez pronunciada por la señora Thatcher: “Quiero que me devuelvan mi plata” (“I want my money back”). Se instituyó así el “cheque británico”, es decir una reducción de aproximadamente dos tercios del excedente de la contribución del Reino Unido respecto de lo que el país recibe de la Unión.

Más tarde, los británicos rehusaron participar en el Espacio Schengen de libre circulación, decidieron mantenerse al margen del Euro, exigieron que no se les aplicase la Carta de Derechos Fundamentales, rechazaron formar parte de la cooperación policial y judicial europea en materia penal, se opusieron a la creación de un cuartel general europeo para la defensa, obtuvieron que en el Tratado de Lisboa de 2007 se suprimieran los símbolos de la Unión y la expresión “ley europea”, se negaron el año pasado a integrar una unión económica reforzada y, alegando necesitar ayuda para promover el “sí” en ocasión del referéndum, el Primer ministro David Cameron chantajeó a sus interlocutores europeos hasta arrancarles, el 19 de febrero pasado, una serie de concesiones más, y obtener así, según sus propias palabras, un “estatuto especial” para su país.

Quizá sea lo propio de ver el mundo desde una isla, pero al cabo de más de 40 años de pataletas de los isleños, de exigencias, excepciones y obstáculos, si no se van solos tal vez convendría echarlos.

* Allied military government for occupied territories.
** “Every time we have to decide between Europe and the open sea, it is always the open sea we shall choose; every time I have to decide between you and Roosevelt, I shall always choose Roosevelt”.

***

Emitido en el espacio Tiene la palabra de En Perspectiva, lunes 20.06.2016

Sobre el autor
Rafael Mandressi (Montevideo, 1966) es doctor en Filosofía por la Universidad de París VIII, historiador y escritor. Desde 2003 reside en París, donde es investigador en el Centro Nacional de Investigación Científica, director adjunto del Centro Alexandre-Koyré de historia de la ciencia y docente en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Es colaborador de En Perspectiva desde 1995.

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3 Comentarios - Escribir un comentario

  1. La Unión Europea funciona como un tren cuya locomotora es Alemania, que pone las vías y elige itinerarios y destinos; hace poco se le rebeló el vagón griego y bastó un par de ladridos de la Sra canciller para dejar en claro que la «cuna de la democracia» antes que abandonar la beneficencia, estaba dispuesta a entregar el Partenón (envuelto para regalo y pintado de verde). A los ingleses le gustan los trenes pero tienen más vocación de barcos…no van a entregar el Big Ben ni nada (no son generosos, son orgullosos); tienen riquezas acumuladas, poderío bélico, un cómodo sillón en el Consejo de Seguridad y son los mejores amigos (océano mediante) del patrón del mundo. Es admirable la reina, pese a su mal gusto para vestirse, decidió no abdicar ni morirse, no va a permitir el desatino de que sus súbditos tengan un monarca con semejante cara de tonto como la de su hijo Carlos. «God save the queen».
    Europa está envejecida politcamente, aburrida socialmente y los países fastidiados entre ellos.

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  2. Tal vez convendria echarlos? A quien le conviene? Por que? Nada se desprende del relato historico precedente, que fundamente semejante conclusion.

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