Hoy es para siempre y un día

Hoy es para siempre y un día

Por Rafael Courtoisie ///

La peste no puede abolir el futuro, pero lo enmascara, lo vuelve presente continuo. Habrá un mañana, sí, pero no puede anticiparse, no puede imaginarse hoy. La peste exige y consume todo el tiempo del tejido social.

Las comunidades se construyen con relatos, y narrar significa diseñar una historia y desplegarla en un tiempo ficcional. Narrar es construir un tiempo y referirlo mediante el empleo de la función denotativa del lenguaje. Los formalistas rusos echaron las bases de la narratología delimitando los conceptos de fábula y trama. Para explicarlo con relativa sencillez y cierta reducción didáctica: la fábula corresponde al núcleo de la historia, a aquello que se cuenta, la fábula corresponde aproximadamente a lo que se entiende como anécdota, es la materia básica de los hechos que se cuentan, es una relación sucinta y en orden cronológico, en orden sucesivo. La trama es la disposición de la narración en el tiempo ficcional, y la estructura que se le da a ese relato, una estructura temporal. La misma historia puede comenzar a contarse por el final, y hacer una retrospectiva, una ida atrás en el tiempo, una analepsis. O puede contarse adelantando elementos, yendo hacia adelante en el tiempo, llevando a cabo una o más prolepsis. La trama puede ser disruptiva en términos temporales, pueden desplegarse en varios niveles temporales, puede haber aceleración o enlentecimiento, ralentización de la escala temporal.

Pero el relato de la peste concentra la fábula, la anécdota, en un solo punto factual: la peste.

Es una denotación concreta, de vocación absoluta, exige en el relato social una función referencial que aluda una y otra vez a un solo punto, a sus caracteres accidentales, a su mismidad, a su esencia: el relato de la peste es la peste.

El tiempo, en el relato de la peste, no avanza ni retrocede. La fábula concentra entonces ese sustantivo, ese concepto, ese ente. La trama del relato social simula bajo el mandato del flagelo variaciones accidentales, minucias, pero en realidad no se despliega en el eje cartesiano de las abscisas, sino que se contrae, se enrolla, da vueltas sobre sí misma.

Aquí y allá aparecen cientos de miles de novedades, de noticias, comunicaciones, consejos y protocolos sobre el virus, pero son variaciones solo aparentes de un tema fijo, monocorde, invariable: siempre se está hablando de lo mismo. Lo que ocupa la boca que articula el discurso social es una sola instancia del relato: la peste.

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Las sociedades humanas requieren el relato para continuar, para concebir el futuro, para desarrollar acciones, para vivir y proyectarse. El virus enferma y en el peor de los casos mata individuos particulares, contamina y disminuye a este o a aquel individuo. Pueden ser miles, o aun decenas de miles, sí, pero es un número finito, acotado. La peste en cambio afecta a todo el tejido, a una de las cada unidades del tejido, esté enferma del virus o no. La peste abarca a todos los miembros del tejido social, sin excepciones. Nadie se libra del discurso envolvente de la peste, la peste contamina y enferma al tejido humano impidiéndole la prosecución de los relatos colectivos. La peste, cancerosa, invade el espacio narrativo con el yo monótono y abisal de su relato, un relato que no avanza en el tiempo, un relato que disminuye el alcance del tiempo ficcional del relato social a un solo personaje, a un solo referente, a una sola cosa cuyo glóbulo orgánico indiferenciado todo lo traga.

Las ilusiones públicas y privadas, los proyectos, los enfrentamientos de modelos, de grupos, hasta las «otras» catástrofes contempladas antes por los relatos distópicos, son subsumidas en el seno de esta madre de todos que a todos engulle y arroba en su seno.

El calentamiento global, la distopia de los cyborgs, el animalismo vegano, la izquierda y la derecha, el arriba y el abajo, colapsan en una sola dirección, en un centro.

La peste es centrípeta, autorreferente, metaboliza todos los elementos del relato social, produce una contracción del tiempo y un enmascaramiento del futuro.

La peste es sincrónica.

Mientras que las culturas de tradición mesiánica, el liberalismo, las corrientes socialistas o comunistas de la lucha de clases, el catastrofismo, el progresismo, el exitismo tecnológico, son diacrónicos, precisan un tiempo que fluya, un tiempo que se proyecte desde atrás hacia adelante, una evolución y una cadena de relaciones causales, la peste propicia un corte epocal nítido, produce un tajo absoluto en la línea del tiempo, y esa tajo, esa herida social vierte el torrente de la hemorragia sobre sí mismo, en el aquí y ahora de la peste.

Es una dictadura del hoy, una vuelta sobre sí y un conato de neutralización total del pensamiento.

Se deja de pensar, se deja todo para hoy, nada para mañana.

La vida humana entendida en el colectivo social que implican las generaciones es eminentemente diacrónica.

La peste es una sincronía.

Una inmensa orquesta sinfónica que ejecuta un acorde, una nota.

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Emitido en el espacio Tiene la palabra de En Perspectiva, lunes 29.06.2020

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Rafael Courtoisie (1958) es un ensayista, académico, autor de varias novelas y traductor uruguayo, miembro de la Academia Nacional de Letras.

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Foto: Rafael Courtoisie. Crédito: academiadeletras.gub.uy

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1 Comentario - Escribir un comentario

  1. La peste subyace, su gesto enfermo en el tiempo que declina y declara su agonía de hiena hambrienta de carne; por matar, sus presas caerán y también sobrevivirán, por matar, ella morirá, que hoy es la eternidad omnipresente de una dentellada y no más.
    El relato de la peste, mayor y más largo por fuerza será, por tener ojos que le vieron y palabras que le escribieron y almas que le padecieron; por tener y hacer, memoria.
    La cuadra se hace larga en el repecho, el paso se fatiga sin otro repertorio ni reposo que caminar; invariable, ineludible, un sino como un destino y en él, una esquina, un callejón o una avenida ¿quién lo sabe?, eso será y será sin duda, otra cosa, o lo que es lo mismo, otra aventura de otro presente, por supuesto y por definición, omnipresente.
    Si el tiempo fluye por condena esencial de su ser, detenido queda en la abstracción fugaz de alguien que percibe un acecho que le acosa y supera su espera, su paciencia y sobre todo, su indiferencia.

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