La calidad del debate público

Por Mauricio Rabuffetti ///
@maurirabuffetti

Tal vez una de las características más salientes y valiosas de nuestra sociedad es la capacidad de debatirlo todo, en un ejercicio sano, indispensable para la democracia.

Tenemos, como cualquier país, muchos temas importantes para discutir y resolver los uruguayos. Y por eso llama la atención el tiempo y el espacio que se dedica a asuntos cuya trascendencia está más bien pautada por el oportunismo político que por su importancia real para el futuro.

En estas últimas horas, desde un confuso anuncio realizado por el gobierno, se ha armado un sainete sobre el destino que debería tener el dinero resultante del proceso Philipp Morris versus Uruguay. Los jubilados, las escuelas públicas, las escuelas rurales, el sistema de salud. Las propuestas se multiplican.

El anuncio, no cabe duda, fue infeliz. Al gobierno le hubiera salido mejor –y de hecho hubiera sido más lógico– destinar los fondos, por ejemplo, a la compra de medicamentos de alto costo, ya que el dinero proviene, a fin de cuentas, de un juicio cuyo trasfondo es la salud de la población.

Pero la discusión ha llegado al punto de que algunos dirigentes políticos se pusieron a calcular cuántos pesos le tocaría a cada jubilado en esta suerte de dilución de recursos que se hace para atenuar, aunque sea un poco, el impacto negativo del anuncio de los 200 pesos de aumento para los mismos jubilados de la semana pasada.

No es sano que la demagogia de unos alimente el oportunismo de otros.

Hace algunas semanas, en medio del también polémico anuncio de ajuste fiscal, aparecieron otra vez los consabidos cuestionamientos a la compra de un avión presidencial o al Antel Arena, por poner un par de ejemplos notorios.

El argumento siempre gira en torno al mismo punto: si se gasta o no se gasta, si es oportuna la erogación o no lo es.

Hace décadas que discutimos sobre la compra de un avión presidencial como si eso fuera un lujo para el país, cuando el tema hace directamente a la seguridad de los presidentes, y el aparato podría considerarse una inversión para ir a explorar nuevos mercados en lugar de verlo como un gasto. Recordemos, al pasar, los desorbitantes precios de pasajes que pagó la última delegación de legisladores que se fue de gira a Africa. Con seguridad, no es un avión usado y viejo el que se necesita. Al mismo tiempo, seamos realistas: un país no puede pasar décadas y varios mandatarios para tomar una decisión tan menor.

Sin duda el destino de los dineros públicos es importante independientemente de la suma de la que se hable. Pero no es posible que se sucedan las generaciones y tengamos una y otra vez las mismas discusiones, y peor aún, argumentos repetidos.

Existe un concepto que está de moda y que los uruguayos haríamos bien en interiorizar: se denomina “calidad del debate público”.

Un estudio publicado en febrero de este año por la fundación española Rafael del Pino concluye que cuando un país requiere soluciones estratégicas, a largo plazo, la calidad del debate entre los diferentes actores sociales es un factor determinante para encontrar esas soluciones.

¿Debatimos hoy los uruguayos a un nivel que nos permita resolver problemas a futuro? ¿Son nuestros dirigentes políticos conscientes de cuán necesario es elevar la mirada y fomentar sin descanso la discusión de temas verdaderamente centrales?

Vivimos en un país en el que el sistema educativo público atraviesa una crisis de una profundidad inusitada. Hoy en Uruguay se habla de ir a buscar a quienes desertan del liceo casa por casa; así de grave es la situación.  Sin embargo, cuando muchos quisiéramos informar sobre acuerdos y planes de futuro para educar a nuestros jóvenes, resulta que tenemos que dar cuenta de que una ministra de Educación descalifica a los maestros por ser maestros, en una actitud que explicita un resquebrajamiento que ya parece inatajable de las relaciones entre autoridades y educadores.

Muchos nos preguntamos si serán capaces nuestros políticos, colectivamente, de levantar el nivel de la discusión pública. Al fin y al cabo, a dirigentes que se consideran líderes, hay que exigirles que prediquen con el ejemplo.

***

Emitido en el espacio Tiene la palabra de En Perspectiva, miércoles 13.07.2016

Sobre el autor
Mauricio Rabuffetti (1975) es periodista y columnista político. Es autor del libro José Mujica. La revolución tranquila, un ensayo publicado en 20 países. Es corresponsal de Agence France-Presse en Uruguay. Sus opiniones vertidas en este espacio son personales y no expresan la posición de los medios con los cuales colabora.

Mauricio Rabuffetti

Mauricio Rabuffetti (1975) es periodista y columnista político. Es autor del libro José Mujica. La revolución tranquila, un ensayo publicado en 20 países. Es corresponsal de Agence France-Presse en Uruguay. Sus opiniones vertidas en este espacio son personales y no expresan la posición de los medios con los cuales colabora.

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1 Comentario

  • El debate público está impregnado de conveniencias, de intereses, de mucha ambición; sin duda esto lo rebaja.
    La pregunta es si la clase política se pauperizó intelectualmente, o si sólo es el fiel reflejo de la sociedad que intenta liderar.
    El trasfondo de la educación está en todos los temas ¿es una voluntarista quimera pretender que todos los jóvenes terminen el ciclo básico? Si así fuera ¿que opción sana hay para que los que no terminan lleguen a ser ciudadanos dignos? Los que si llegan a los más altos niveles académicos ¿están contribuyendo a elevar la calidad del debate?
    Creo que en nuestro pais hay buena calidad crítica y una gran falencia en cuanto a autocrítica.

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