La pregunta por el sentido de la vida

La pregunta por el sentido de la vida

Por Miguel Pastorino ///

Una pregunta que en nuestro tiempo se ha vuelto más trascendente tal vez por la crisis de las grandes tradiciones que ofrecían significado y orientación a la vida. Es especialmente durante el siglo XX y el comienzo del siglo XXI cuando emerge una gran desorientación ante esta pregunta, por razones que no es este el momento de desarrollar. Pero detengámonos en la comprensión de la pregunta.

El sentido es siempre una realidad, un “algo” que es a la vez significado y orientación. El sentido es lo que da coherencia y razón a la vida y por ello felicidad. La cuestión del sentido podemos comprenderla siempre en su doble significado: como significado de mi vida ¿por qué es importante? ¿Cuál es la razón más profunda de que yo exista?, y como dirección u orientación, es decir ¿hacia dónde va mi vida? ¿a dónde se dirige? ¿para qué trabajo, vivo o muero? ¿tiene una finalidad mi vida?

Las respuestas que podamos encontrar a las preguntas por el sentido de nuestra vida nos ordenan la vida interior, en cambio la ausencia de respuestas nos puede sumergir en la angustia, en el vacío, o en la superficialidad que prefiere no hacerse preguntas.

Estas contradicciones las refleja Miguel de Unamuno con la crudeza que lo caracterizaba: “¿Por qué quiero saber de dónde vengo y a dónde voy, de dónde viene y a dónde va lo que me rodea, y qué significa todo esto?

No hemos elegido nacer, sino que nos tocó vivir. No elegimos muchas cosas, pero si cómo vivir la vida y qué hacer de ella. Escribió José Ortega y Gasset en El hombre y la gente, que “la vida no nos la hemos dado a nosotros mismos, sino que nos la hemos encontrado precisamente cuando nos encontramos a nosotros mismos”. Pero la vida que se nos regaló, no se nos dio hecha, terminada, sino como una tarea, como un quehacer que cada uno tiene que realizar y cada uno la suya. Nos guste o no, nosotros decidimos mucho de nuestra vida y nos vamos haciendo con nuestras decisiones, siendo la vida siempre una realidad abierta y no un destino ciego prefabricado desde antes. Por eso somos responsables de la vida que construimos, porque no elegimos nacer, pero sí qué hacemos con nuestra vida y la actitud con la que vivimos las cosas que no elegimos. La vida es siempre incompleta, provisional, nunca concluida. Por eso también es imprevisible en muchos aspectos, llena de oportunidades, de límites y posibilidades.

La vida es tan rica y compleja que hay que distinguir lo accesorio de lo fundamental, lo superficial de lo esencial, buscando el hilo conductor y el significado que permanece en nosotros a pesar de cambios e imprevistos. Por ello es importante, que, aunque no podamos controlarlo todo y haya muchos acontecimientos que no dependen de nosotros y que nos afectan directa o indirectamente, sería irresponsable no tener en cuenta que hay mucho que sí depende de mí, de pensar, programar, discernir y proyectarme al futuro con realismo y serenidad.

Cuando en la familia, desde pequeños aprendemos a ordenar las ideas y a orientar la vida, aprendemos a anticiparnos a posibles circunstancias que nos puedan tocar.

Improvisar, vivir a lo que se “vaya dando”, a que “todo fluya”, tiene algo de irresponsable y de ingenuidad. Si bien no hay que ser rígidos y comprender que muchas cosas se dan sin necesidad de ser programadas o forzadas, lo cierto es que usar la inteligencia para vivir nos hace correr con ventajas. Quien ha pensado y elegido un rumbo para su vida, ha decidido vivir en función de ciertos valores y con un determinado significado que le dará fuerza e ilusión, le dará un hilo conductor a la trama de la vida. Aunque siempre es posible un cambio, una rectificación y espontaneidad, porque la vida es una realidad abierta, la vida también necesita razones para seguir adelante, motivos para ser, un propósito por el que vivir. Sin embargo, lo que elijamos, también podemos recibirlo como propuesta, como oferta de sentido que nos viene desde otro y no desde nosotros mismos.

Independientemente de las opciones que tengamos, tendremos que habérnosla con la pregunta tarde o temprano.

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Miguel Pastorino para el espacio Voces en la cuarentena de En Perspectiva

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2 Comentarios - Escribir un comentario

  1. ¿Cuál es el sentido de la vida?
    Añeja pregunta si es que las hay y quizá el germen primigenio de la filosofía.
    Las preguntas consecuentes:
    ¿La vida tiene sentido?
    ¿Debería tener sentido?
    Si tuviera o debiera tener sentido.
    ¿Cómo vivir, con qué preceptos, con cuáles objetivos?

    Cada quien en su intento personal y colectivo busque si así lo desea, respuestas; creo y sobre todo siento, desde el centro mismo de las vísceras que las respuestas halladas padecen la renguera del paso incompleto que pretende, arrogante, colmar el camino.
    La lucidez a la que accedo y puedo, me hace adherir con fervor tónico a las Preguntas y su lúdica de inteligencia abierta, al fugaz sorbo escueto de eternidad que no proclama fe ni verdades marmóleas, apenas antes del polvo y la ceniza la humilde poesía en la aventura omnipresente de vivir y vivir con el atrevimiento del Ser, ser lo que uno alcance de uno mismo ante el espejo de la conciencia y ante el prójimo.

    Preguntar y preguntarse tienen el alto riesgo de la derrota, justa y digna.
    Responder tiene el riesgo mayor de la retórica, torpe, errónea o vana.

    ¿Qué sentido tiene la vida?
    Las avenidas, los callejones, la música al caer la tarde, el recodo secreto de las miradas, el horizonte, la luna hembra, el tacto íntimo de la piel amada…no son respuesta definitiva, pero hacen parte intensa del periplo.
    En el periplo estoy y de las recetas con brújula rígida desconfío.

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