Las trampas de la memoria

Por Rafael Mandressi ///

Los números redondos tienen el discreto encanto del orden. Ayudan a organizar la memoria y fijan nombres, acontecimientos y objetos en las esquinas del calendario.

Así, en 2016 se cumplen 400 años de la muerte de Shakespeare, otros tantos de la de Cervantes y de la de Garcilaso de la Vega, 300 años de la muerte de Leibniz y 100 de la de Rubén Darío, un siglo de la elección de la Convención Nacional Constituyente que por primera vez reformó la Constitución en Uruguay, un siglo también de las batallas de Verdún y del Somme –las dos mayores carnicerías de la Primera guerra mundial–, los 100 años de La Cumparsita y del primer Campeonato Sudamericano de fútbol, los 100 años del acuerdo Sykes-Picot entre Francia e Inglaterra para repartirse Medio Oriente, los 100 años del nacimiento de Líber Seregni, el bicentenario de la declaración de independencia de las Provincias Unidas en Tucumán, el centésimo cumpleaños de Horacio Salgán, el trigésimo aniversario del accidente en la central nuclear de Chernóbil, el centenario de Frankenstein y del dadaísmo, medio siglo desde que Mao lanzó la revolución cultural en China, 80 años del comienzo de la Guerra civil española, 50 del de la de Vietnam y 40 del primer campeonato uruguayo ganado por el Club Atlético Defensor.

También se cumplen, en 2016, 30 años de la muerte de Jorge Luis Borges, que bien habría podido componer con las conmemoraciones otro tramo de la célebre enciclopedia china que finge citar en El idioma analítico de John Wilkins. La recordación es una biblioteca de Babel administrada por Funes el memorioso: no tiene límites ni jerarquías a priori.

Ya sea para celebrar o para repudiar, todo –cualquier persona, cualquier acto, cualquier hecho, cualquier obra– tiene potencialmente un lugar en el recuerdo, más o menos colectivo. Pero no todo llega a convertirse en carne de memoria. A diferencia de la mente de Funes, la posteridad no almacena indiscriminadamente, sino que decide lo que en un momento determinado merece recordarse y, por lo tanto, lo que puede ser olvidado, al menos provisoriamente, hasta que se decida lo contrario.

Aun así, pese al lugar que le concede al olvido, la memoria es, por definición, conservadora. Es una maquilladora de muertos a la que le gusta mantener la ficción de una presencia. Flores en la tumba, fotos amarillentas, cartas viejas que perdieron el vigor de la tinta con que fueron escritas, reliquias cuyo valor se mide según la frecuencia con que se las desempolva. La máquina de recordar produce huellas, cenizas, rastros, y los amontona en un tiempo sin tiempo, lleno de afectos pero sin razón.

No olvidamos lo que para nosotros es memorable, aunque no siempre sepamos muy bien por qué lo es, y aunque lo memorable se componga de retazos incoherentes o inconexos, de fechas y acontecimientos apretados en un mismo cambalache plano donde conviven la Batalla de las Piedras, el hundimiento del Titanic y el incendio del Auditorio del SODRE, la pelea de Dogomar Martínez contra Archie Moore y el asesinato de Kennedy, el hundimiento del Graf Spee y la demolición del Cilindro municipal, el año 1973, las invasiones inglesas, Maracaná, el cierre del London-París, el plebiscito de 1980, Neil Armstrong caminando en la luna y la muerte de Gardel.

La memoria no es historia, no explica ni entiende. Nombra y atesora, genera inventarios y narra sin argumentos. No respeta distancias con el pasado, lo captura y lo transforma en presente, creando cercanías artificiales con lo que fue. Es una multitud de siluetas que nos parecen familiares, una niebla poblada de señuelos que nos hace caer en la inevitable trampa de sentir que pertenecemos a un grupo porque todos creemos ver lo mismo en el espejo retrovisor.

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Emitido en el espacio Tiene la palabra de En Perspectiva, lunes 01.08.2016

Sobre el autor
Rafael Mandressi (Montevideo, 1966) es doctor en Filosofía por la Universidad de París VIII, historiador y escritor. Desde 2003 reside en París, donde es investigador en el Centro Nacional de Investigación Científica, director adjunto del Centro Alexandre-Koyré de historia de la ciencia y docente en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Es colaborador de En Perspectiva desde 1995.

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4 Comentarios - Escribir un comentario

  1. La pequeña memoria -torpe- vuelve el presente un respirar anodino, un consumir aire y horas del reloj sin rumbo, estrecha el horizonte del mañana. Ni crimen ni pecado hay en el olvido, sólo un poco de triste indiferencia; la memoria no se extingue, reposa en el letargo de su laberinto sepia y aguarda, atenta, furtiva, irrumpe en un descuido con galas de princesa o harapos de paria; será latigazo, será caricia, quien por ella es sorprendido tendrá dibujada en su rostro, ora la mueca que moja los ojos, ora la sonrisa que ensancha el alma.
    La historia discurre en su ritual de perpetua disputa, dónde los narradores buscan y rebuscan interpelar relatos; anárquica libre y rebelde es la memoria, sinfonía y silencio, mas que nada, caprichosa.

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