Los muertos que no estamos dispuestos a cargar

Los muertos que no estamos dispuestos a cargar

Por Juan Ceretta ///

Se dice con acierto que desde el punto de vista del desarrollo social el funcionamiento de un país puede juzgarse a través de sus escuelas y sus cárceles, aunque habitualmente nos resulte más agradable observar las primeras y no las segundas.

Manfred Nowak, Relator Especial sobre la Tortura y otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes de la ONU expresó: “las cárceles uruguayas son inhumanas”, “se advierte un contexto de violencia estructural”, “la construcción y renovación de las cárceles tiende a reproducir errores de administraciones anteriores”, “no se percibe una estrategia clara del gobierno en materia penitenciaria”.

Presos sometidos a condiciones infrahumanas de hacinamiento, desnutrición, enfermedad, analfabetismo, ocio, y muerte son situaciones cotidianas en el sistema penitenciario uruguayo.

En el mes de octubre de 2018 falleció un recluso en el Penal de Libertad de un disparo efectuado por los guardias, a pesar de que la versión oficial hablaba de un “puntazo” entre presos, y la verdad se conoció a propósito de una investigación del Comisionado Parlamentario; claro que luego se produjo el relevamiento del Director del Instituto Nacional de Rehabilitación, pero nada cambió en el fondo.

Hace pocos días conocimos el caso de Ricardo de 57 años, gravemente enfermo, quien falleció a propósito de una insuficiencia cardíaca tirado en un piso de hormigón, sin asistencia médica. Su muerte fue registrada en un video que ser viralizó en las redes sociales y por esa razón lo conocemos.

Pero han muerto muchos más, sin que siquiera se conozcan los detalles.

Mauricio, un joven de 25 años, alguna vez con sueños de futbolista, falleció en el módulo 8 del COMCAR, herido por una espada.

Gustavo de 32 años, también falleció apuñalado en el módulo 10 del COMCAR, por mencionar dos casos recientes.

Sería razonable que como sociedad nos escandalicemos, ante todas éstas muertes, en principio, absolutamente evitables.

Pero ello no sucede por una sencilla razón: pasó en la cárcel, y alcanza con esa sola mención para que automáticamente se dispare un argumento justificador de la muerte basado en la teoría del merecimiento.

Poco importa si Ricardo aún no había sido encontrado culpable, y estaba en el sector del Módulo 8 del COMCAR destinado a prisión preventiva, o el delito y la pena que pesaba sobre Mauricio o Gustavo. El solo hecho de estar en la cárcel parece funcionar como elemento legitimador, y atenuador de responsabilidades y derechos.

No voy a insistir hoy con argumentos de índole normativo, ni machacar con el artículo 26 de la Constitución.

Quiero reflexionar sobre las razones que justifican nuestra indiferencia, ¿Qué nos hace desear que la pena, o la privación de libertad de manera provisional, mientras se desarrolla el juicio penal, tengan efectos expansivos de castigo hasta llegar incluso a la muerte? ¿Qué extraña razón nos hace desearle tanto mal a esas personas?

En la filosofía que parece estar detrás, el retribucionismo sustenta que quien comete un delito debe recibir el castigo que merece; y detrás del retribucionismo aparece siempre la noción de merecimiento, allí se lo presenta habitualmente como un concepto sencillo de comprender y aplicar.

Sin embargo, el merecimiento como concepto absoluto, merece serias objeciones.

Siguiendo a Rawls (*) es moralmente cuestionable reclamar que alguien merece lo que tiene gracias a la suerte, y por ello es necesario implementar una compensación para lograr igualar circunstancias desiguales, con la pretensión de lograr la igualdad de oportunidades para aquellos que nacieron en condiciones menos favorables.

A propósito de algunas acciones judiciales tramitadas desde la Facultad de Derecho tendientes a lograr el acceso a la educación de algunos privados de libertad conocimos de primera mano algunas realidades, como la de John de 26 años, procesado por receptación, con una familia de 10 hermanos y que nunca fue a la escuela. Sus padres fueron procesados por el delito de omisión a los deberes inherentes a la patria potestad por obligarlo a mendigar desde niño, etapa en la que comenzó a inhalar cemento, nafta, a consumir pasta base, viviendo en situación de calle; o la de Brian de 20 años, que solo sabe escribir su nombre, nunca concurrió a la escuela, tiene 18 hermanos, presenta consumo problemático de pasta base, y no realiza ninguna actividad en la cárcel.

También a Luciano de 28 años de edad, que fue a la escuela hasta 3er año, es analfabeto, no sabe leer ni escribir, conoce las letras pero no sabe unirlas, y solo sabe sumar en cantidades pequeñas; o a Leonardo de 40 años, que hizo hasta 6to año de escuela especial, padece retraso mental, dice saber leer y escribir, y lee bastante fluido, pero no logra comprender el contenido.

Conociendo las historias con rostro, cuesta mucho más aplicar la teoría del merecimiento.

El Estado debe romper con esa lógica de violencia estructural con acciones positivas, no hay otra forma de salir, hacerlo no es más que cumplir con un mandato moral y constitucional.

Resulta imprescindible repensar el sistema desde nuestras propias omisiones, sin descansarnos en el merecimiento del castigo, pues mientras no logremos como sociedad superar el concepto de la pena como una especie de venganza pública por el daño acaecido, seguiremos sumidos en un círculo vicioso de violencia y muerte, dentro y fuera de la cárcel.

(*) Rawls, John (1971). A Theory of Justice. Cambridge, Mass: Belknap Press

***

Emitido en el espacio Tiene la palabra de En Perspectiva, viernes 19.04.2019

Sobre el autor
Juan Ceretta nació en Montevideo, es doctor en Derecho y Ciencias Sociales, egresado de la Universidad de la República; docente del Consultorio Jurídico y de la Clínica de Litigio Estratégico en la Carrera de Abogacía; coordinador del Laboratorio de Casos Complejos en DDHH, y representante por el Orden Docente en el Consejo de Facultad de Derecho. Activista en Derechos Humanos. Hincha de Racing Club de Montevideo.

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5 Comentarios - Escribir un comentario

  1. Comparto en todo lo dicho aquí. No resolveremos el tema de la inseguridad mientras tengamos cárceles funcionando en las actuales condiciones.

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  2. Estamos en 2019, año electoral, desde el 2015 estamos en campaña electoral; estamos acribillados de crónica roja y morbo, estamos conminados a la tolerancia cero, estamos aturdidos del reclamo y estandarte de la mano dura, estamos compelidos al miedo por vivir sin miedo.
    Los presos no votan, ni paga en votos hablar de «gastar» en cárceles; se leen en las redes sociales mensajes de odio y asco por los presos -una peste sub humana a erradicar con urgencia-.
    Estamos anestesiados, adolescemos de sensatez, de espíritu de justicia, si, también de la mas elemental fraternidad.
    Repito lo que le comenté a otro destacado columnista de esta página: para muchos
    que son demasiados, los presos no son gente; agrego, para esos mismos que empujan y vociferan, una cárcel cumple el mismo objetivo que la usina de Felipe Cardozo, desechar basura, viva o muerta y fuera de su vista.
    Unos, presos de delitos; otros ni tan libres, esclavos de prejuicios.

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  3. Cuando el Dr. Juan Ceretta corporaliza a los detenidos sin duda que llega.
    También llega – y para mí más – cuando se da «vida» a todos los muertos por la delincuencia. Un jovencito asesinado el año pasado por un celular a una cuadra de la casa del Presidente Vázquez, una almacenera asesinada por unos pocos pesos, un barraquero la semana pasada muerto en su comercio. La diferencia entre los primeros y los segundos es que en los últimos los mataron paseando o trabajando. Eran compatriotas honestos y laburantes. A mi todavía me duelen más todavía las víctimas de la delincuencia y sus familias.
    Cuando se solicitan recursos para las cárceles habría que también decir de donde lo van a obtener. ¿Que inversiones van a cambiar de destino? ¿De la Enseñanza, la Salud? ¿Va a intentar poner más impuestos? ¿Va a tocar los aumentos de la Administración Central o los entes?
    Finalmente sobre el tema de la seguridad creo que pasa por otro lado. Más año de carcel para los delincuentes y más posibilidades a la policía de intervenir.

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  4. Yo lo que sigo sin comprender es cómo puede ser tan ineficaz (si no inexistente) la vigilancia interna de las cárceles. Cómo pueden pasar celulares, drogas, armas, cómo nadie controla lo que tienen los presos. Deberían insistir en esta vía (sin perjuicio de buscar la rehabilitación), tal vez incluso rotando el personal para que no creen vínculos nocivos con los detenidos.

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  5. Muy interesante el artículo y la mirada desde otro lugar a las cárceles y a las personas que allí se encuentran. Coincido en que si no se cambia la inoperancia que viene sucediendo desde muchísimas décadas el problema se va a agudizar dentro y fuera de las mismas. Si se olvida que son personas, si se las abandona y no se busca la rehabilitación que en muchos puede ser posible, cuando salgan serán más peligrosos que cuando entraron y eso lo sufriremos todos.

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