Los tenores del Palacio

Por Rafael Mandressi ///

No sé exactamente cuántas sesiones parlamentarias he seguido desde 1985 –una decena, tal vez–, ni recuerdo con precisión cuándo fue la penúltima vez que lo hice. La última fue el jueves pasado: movido por la curiosidad, algo de interés y un poco de nostalgia también, ese día me dispuse a seguir, durante unas cuantas horas, la interpelación al ministro de economía, Danilo Astori, en el Senado de la República.

Sabía de antemano que la experiencia estaría despojada de todo suspenso en cuanto al desenlace, ya que la incertidumbre en la materia parece pertenecer a un tiempo que solo mis mayores conocieron, un tiempo pretérito en el que la suerte de un ministro podía decidirse en el Parlamento. La épica interpelante quedó atrás, y hace ya décadas que ninguna de las dos cámaras legislativas levanta en una pica la cabeza de un secretario de Estado. A diferencia del centro-forward de la obra teatral de Agustín Cuzzani, los ministros no mueren al amanecer.

De manera que la experiencia se asemeja a la del aficionado a la ópera que asiste a una función de La Traviata; no se trata de descubrir que Violetta sucumbe a la tuberculosis y fallece en brazos de Alfredo al cabo del tercer acto –el espectador lo sabe ya–, sino de apreciar las prestaciones de los ejecutantes. Un aria por aquí, una argumentación por allá, barítonos y sopranos que dan o no la talla, legisladores que exponen y fundamentan sus posiciones con mayor o menor pericia, brío y profundidad.

Ninguno de esos legisladores hace uso de la palabra para convencer a sus pares, que ya tienen decidido lo que harán cuando llegue el momento de votar. Su verdadero auditorio no está pues sentado en las bancas de la cámara, sino fuera del hemiciclo. Ese auditorio se compone, teóricamente, del conjunto de los ciudadanos, y concretamente, de aquellos que de un modo u otro tienen noticia de lo dicho en la sesión: quienes ocupan las barras, quienes leen las síntesis que publica la prensa al día siguiente, quienes se toman el trabajo de consultar las actas, y quienes, como yo mismo el jueves de la semana pasada, ven y escuchan el debate a través de su transmisión en directo.

En otras palabras, si para simplificar se me permite personalizar las cosas, los senadores se estaban dirigiendo, entre muchos otros, a mí. Debían convencerme, o por lo menos intentarlo, poniendo en juego argumentos capaces de ayudarme a elaborar una opinión, a modificarla, a enriquecerla, a mejorarla llegado el caso, más allá incluso de saber si las explicaciones del ministro habían sido satisfactorias o no.

Nada de eso ocurrió. Hacia las nueve de la noche, cuando se procedió a votar y en el Senado de la República Violetta moría previsiblemente en brazos de Alfredo, no me quedaba más que una descorazonadora desazón. Los legisladores no solo habían desafinado, sino que a todas luces no les importaba demasiado. La interpelación había transcurrido en una apacible pobreza argumental y lingüística, con intervenciones reiteradamente distanciadas de la coherencia y en ocasiones de una delgadez lógica preocupante.

A ese feo gusto a esterilidad se fue sumando, a medida que pasaban las horas, la irritación de comprobar que uno de los argumentos preferidos por varios senadores consistía en subrayar que sus afirmaciones eran irrefutables: “esto es indiscutible, esto es incontrastable, esto es innegable”. Nada, en rigor, es enteramente irrefutable, pero aún si se deja de lado lo intrínsecamente impropio del argumento, lo menos que puede pedirse es que no sea perentorio y que lo acompañe algún fundamento, aunque sea un pequeño esbozo de prueba. Se pretendía, en cambio, que uno lo aceptara a prepo, porque sí. Y uno no lo acepta, cansado ya de esa ópera, que al fin y al cabo no era La Traviata, sino la Ópera de dos centavos.

***

Emitido en el espacio Tiene la palabra de En Perspectiva, lunes 08.08.2016

Sobre el autor
Rafael Mandressi (Montevideo, 1966) es doctor en Filosofía por la Universidad de París VIII, historiador y escritor. Desde 2003 reside en París, donde es investigador en el Centro Nacional de Investigación Científica, director adjunto del Centro Alexandre-Koyré de historia de la ciencia y docente en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Es colaborador de En Perspectiva desde 1995.

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3 Comentarios - Escribir un comentario

  1. El Palacio Legislativo tiene buena acústica pero los cantantes no se esmeran en afinar, no les preocupa dar el tono; algunos recitan su verso repetido con decoro, otros directamente lo rebuznan.
    La dialéctica -en fondo y forma- es un arte en franca decadencia, los foros están sustituidos por el marketing como vehículo de comunicación; hay quienes dicen su discursillo con la misma lógica de quien elige un combo de fast food, tal vez adosarse al bloque corporativo sea la tónica cómoda de la política actual, seguro que el mercado no tiene interés en la dialéctica -no es rentable-.
    «El que piensa, pierde»

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    1. Por eso, el paramento, lugar donde se habla, tiene que ser menos numeroso.
      Sobre todo en este tiempo en que desde el Ejecutivo, se «parlamenta» con los diversos abanderados de cada línea política nacional (lo que -pienso yo- es una absoluta falta de respeto a la res-pública).

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  2. Excelente comentario Mandressi . Se acabaron lamentablemente, los grandes legisladores que sabían interpelar con argumentos solventes y con fundamentos. A la vez el interpelado respondía con los mismos valores.Muy pobre,a mi juicio, ambas cámaras. Recuerdo siempre,las interrelaciones de Wilson así como una que le realizaron al Dr.Eduardo Jimenez de Arechaga.

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