El miedo a la calma

El miedo a la calma

Por Claudio Invernizzi ///

Él era un hombre de pelo blanco, con bigotes igualmente blancos y decía cosas importantes con voz profunda. A veces las palabras se perdían en un murmullo, salían cansadas y parecían caerse a mitad de camino. No todo se le entendía ya que además se sumaban otras dificultades de comprensión: un persistente acento catalán, una radio siempre encendida y el sonido de las tijeras jugando en el aire, rítmicamente, antes de acometer cada corte.

El caballero de pelo blanco -así se lo conocía- era peluquero y había combatido en la guerra civil española.

Una vez, haciendo un corte muy idéntico a todos los cortes y mientras por el espejo yo seguía nervioso el vértigo conque conducía aquella tijeras, me habló de la guerra:

-Uno siente miedo a las balas y a las bombas– dijo con tono de excombatiente potenciado por la grave profundidad de su acento catalán –Pero lo que verdaderamente aterra es el silencio. La calma. 

Con más fama, pero no necesariamente con mas autoridad, George Orwell, había escrito en su Diario de Guerra con fecha 26.01.41, “…todo el mundo que piensa un poco está intranquilo por la calma que impera en este momento de la guerra, y tiene el convencimiento de que se prepara alguna nueva diablura”.

Años después de escuchar al peluquero de pelo blanco y poco tiempo después de leer a Orwell, en algún momento de insonorización social, o de desprendimiento del mundo agitado, me dije que sí, que la calma aterra. Y el silencio, tantas veces deseado, lo vivimos estúpidamente como una advertencia de nuevos ruidos posibles, de otras explosiones grotescas, de alguna nueva diablura, al decir del inglés.

Y no sólo en la guerra. En la paz también pareciera perseverar en nosotros la conducta animal, el instinto, la alerta. El miedo a lo que acecha cuando en la selva no hay sonido.

La humanidad tiene una tendencia fenomenal al ruido: lo político atrae el escándalo, lo social, el griterío y lo económico, el estruendo. Y bien merecido se lo tienen, por supuesto.

Pero a veces, y tómese con la ambigüedad con que es dicho, sucede que la tranquilidad deja de ser una opción para los humanos por simple temor a la próxima aventura de la especie, por terror a lo que vendrá. Como si la bulla fuera un modo de exorcizar peores males futuros.

La imaginación es un actor clave para intranquilizarnos; veamos, por ejemplo, sino, los zumbidos habituales y mentiroso en los barrios, en las comunidades pequeñas o en los ámbitos laborales, los infortunios creados por comentarios maledicentes, las tonterías circunstanciales, en fin, las habladurías. Allí también el vocerío rompe la calma por curiosidad, por ocio o por aburrimiento. Si, todo eso puede ser, claro, pero también por miedo a que todo esté demasiado tranquilo. Y exactamente eso mismo es lo que ahora sucede en el mundo: la tecnología rompió los pequeños ámbitos de influencia y permitió que la humanidad rugiera al unísono. El universo habita un solo barrio del ruido. Y así como así, como si el terror al silencio nos compeliera a hablar, el mundo se llenó de palabras y de imágenes que gritan, y como antes se llenaba la cuadra o la tribuna de improperios, ahora se pueblan las redes de disgustos, falsedades y feroces puteadas.

El mundo aturde.

Y en este imperio del ruido son fundamentales algunos medios, faltaba más. Porque para ellos el miedo a la calma no es hijo de una ancestral alerta psicológica, sino que es una necesidad vital: la paz no es noticia, la calma no tiene rating y el grito factura. Entonces nos toca verlos luchando afanosamente por generar relevancia a hechos que podrían recibir, a lo sumo, una breve mención, y sin embargo, se transforman en groseros, innecesarios y tendenciosos titulares que ocupan minutos u horas de nuestras vidas. Y en algunos  casos, en algunos programas, haciendo honor al estrépito con una liviandad abrumadora. Y nos entregamos inocentemente porque nuestra naturaleza animal nos hace estar alerta.

Pero claro, una cosa es el miedo a la calma de la que hablaban el caballero de pelo blanco y Orwell, y muy otra la necesidad de ruido con la que viven algunos medios.

 

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Para el espacio Voces en la cuarentena de En Perspectiva

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Foto: Soldados británicos esperando en Sicilia,1943. Wikimedia Commons.

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3 Comentarios - Escribir un comentario

  1. En la calma hay un algo que cesa o se suspende, algo que deja de pulsar, una rotura por defecto, por ausencia, un desconsuelo abismado; hay flagrancia de miedo por eso vacuo que socava, acaso una señal alerta, un anuncio fantasmal de la temida parcela de la nada, la melodía muda e insípida de arpegios remedando la finitud, la misma muerte resoplando su aliento gélido en el mas tierno lugar del laberinto del alma, el traspasado umbral de la pasión -aquella dama inconclusa-.
    °
    Si de esa canalla acumulación de verborrea y aceradas espadas y asbestos olorosos y mas, plañiendo en la cotidiana rutina sin lúdica ni arte y con agenda encadenada, huiré; no, en calma no lo haré, lo haré agitado y sudoroso, con el morral completo y a la hora del breve crepúsculo quizá halle una también breve porción de sosiego, una palabra, acaso la luz incierta de una mirada; porque después de aliviar insuficiencientemente la fatiga, no hay algo mas ni mejor que retomar la caminata, con o sin camino ¿qué más da?.
    Espero a quien me aguarda y en su búsqueda voy, sé que me anda buscando.

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  2. Es porque no nacimos en el Tibet o en Nepal o mismo nunca experimentamos la calma verdadera que viene con la paz interior … Es por eso que esto que llamamos «calma»… la calma que se siente justo antes de un huracán o un terremoto nos aterra y nos deja pensando en el proximo momento de «calma» …

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