Moriremos gordos

Por Rafael Mandressi ///

Días pasados, la Dirección General del Tesoro de Francia, una dependencia del Ministerio de Economía encargada de análisis y asesoramiento en materia de políticas públicas, dio a conocer un informe sobre las consecuencias sanitarias y económicas de la obesidad y el sobrepeso en el país. De acuerdo al documento, que califica esas consecuencias de “nefastas”, casi la mitad de la población francesa (47,3%) se encuentra en alguna de las cuatro categorías en que se clasifica a los gordos: sobrepeso, obesidad moderada, obesidad severa y obesidad mórbida. Para lograr esa distribución, se emplea el estándar adoptado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), es decir el índice de masa corporal, que resulta de dividir el peso de un individuo (en kilos) por el cuadrado de su altura (en metros): entre 25 y 30 se está en sobrepeso, y más allá de 30 comienza la obesidad, que se vuelve mórbida a partir de 40.

Como todo indicador, el índice de masa corporal es imperfecto, pero aun así se lo considera razonablemente eficaz para evaluar los riesgos epidemiológicos relacionados con el sobrepeso. En otras palabras, la gordura, así medida, contribuye a calibrar el aumento de las probabilidades de contraer ciertas enfermedades crónicas como diabetes, hipertensión arterial, enfermedades cardiovasculares y respiratorias, entre otras. Todo ello representa en Francia, según el informe de la Dirección del Tesoro, un “costo social” estimado en unos veinte mil millones de euros, comparable al que provocan el tabaco y el alcohol, y equivalente al 1% del PBI.

Por otra parte, los obesos viven menos y mueren más que el promedio de la población, y su número va en aumento, no solo en Francia, por cierto. En 2014, la OMS estimaba que, a escala mundial, la obesidad en los adultos se había duplicado desde 1980, hasta alcanzar 11% y 15% de los hombres y las mujeres, respectivamente, esto es, un total de 500 millones de personas. Si se toman en cuenta todos los rangos de sobrepeso, los porcentajes trepan a 38% y 40%. En cuanto respecta al continente europeo, las proyecciones para 2030 prevén un crecimiento muy considerable del fenómeno –a modo de ejemplo, dentro de tan solo 14 años, el sobrepeso alcanzaría al 89% de las mujeres belgas y búlgaras–.

Europa no es, sin embargo, la región que encabeza la prevalencia de sobrepeso y obesidad en el planeta, sino América, aunque si se discrimina esa prevalencia por países, los primeros lugares del ranking elaborado por la OMS los ocupan, junto con Qatar, algunas islas del Pacífico como Palaos, Nauru, o las Islas Cook. En ese ranking, Uruguay figura en el lugar 43° en sobrepeso, y 45° en obesidad, solo superado, en América del Sur, por Venezuela y Chile en el primer caso, y únicamente por Chile en el segundo.

Poco importa, en realidad, el lugar que se ocupe en un ranking, ya que una posición relativa nada dice acerca de la situación de cada país en sí, que puede ser buena, regular o mala independientemente de si se está mejor o peor que otros. En todo caso, los porcentajes estimados por la OMS para Uruguay son elevados: casi 62% de los adultos están excedidos de peso, y los obesos superan el 26%. En 2006, la Segunda Encuesta Nacional de Sobrepeso y Obesidad en Uruguay (ENSO 2) había arrojado resultados más bajos: 54% y 20%. Dicho de otro modo, hace diez años uno de cada dos adultos uruguayos padecía sobrepeso, y uno de cada cinco era obeso; en 2014, los adultos uruguayos con sobrepeso habían pasado a casi dos de cada tres, y los obesos a uno de cada cuatro. En 2006, como ministra de Salud Pública, María Julia Muñoz había resumido las cosas con su estilo inimitable: Uruguay, dijo entonces, es una sociedad de “gorditos sentados”. Tal vez hoy el diminutivo ya no quepa, y si la tendencia al aumento prosigue, junto con el envejecimiento demográfico, quizá dentro de algunas décadas habrá quien recurra al mismo estilo para sintetizar un panorama todavía menos halagüeño, el de una sociedad de gordos viejos.

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Emitido en el espacio Tiene la palabra de En Perspectiva, lunes 05.09.2016

Sobre el autor
Rafael Mandressi (Montevideo, 1966) es doctor en Filosofía por la Universidad de París VIII, historiador y escritor. Desde 2003 reside en París, donde es investigador en el Centro Nacional de Investigación Científica, director adjunto del Centro Alexandre-Koyré de historia de la ciencia y docente en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Es colaborador de En Perspectiva desde 1995.

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2 Comentarios - Escribir un comentario

  1. Perverso sistema que invita a comer chatarra barata todo el tiempo y después protesta por las consecuencias en gastos de salud de la gente.
    A simple vista, se nota en Uruguay la cantidad de gente con sobrepeso y demás categorías pero también da la impresión que muchos han dejado el sedentarismo. Parece cada vez más numerosa la participación de aficionados en carreras organizadas, cosa que antes no existía. Ciclistas y gimnasios abundan. Pero tal vez sea solo una impresión y las estadísticas revelan que siguen siendo una minoría los uruguayos que gustan de las actividades deportivas.
    Alta expectativa de vida y baja natalidad, sí, es una combinación que da por resultado una sociedad con promedio de vida alto. Caso de Uruguay.
    Hay países que han solucionado mediante planes específicos problemas demográficos puntuales.
    El otro, el de la buena nutrición al alcance de todos es bastante más complicado de corregir, por lo menos en el corto plazo.

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  2. ¿Cómo se soluciona el tema?. Siempre está la tentación de la biopolítica explícita bajo la forma de control total de las pautas de alimentación de las poblaciones; el control de la sal es una de ellas.

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