Periferias

Por Rafael Mandressi ///

Nueve adolescentes vuelven a sus casas después de un partido de fútbol. Un vecino, creyendo ver algo sospechoso en ese grupo, alerta por teléfono a la Policía. Un patrullero llega a la zona minutos después, detiene a seis de los jóvenes y emprende la persecución de los otros tres. Dos de ellos, para escapar de la Policía, se refugian en una subestación transformadora de la compañía de electricidad y mueren electrocutados. El barrio se entera, las autoridades niegan la participación policial en el episodio, luego la admiten y las protestas callejeras se convierten en asonadas, el gobierno decreta el estado de sitio. Durante tres semanas vuelan las piedras, los fierros y los cócteles molotov; silban las balas, de goma y de las otras; arden autos y ómnibus, estallan las vidrieras de los negocios, los enfrentamientos se extienden a otros barrios aledaños.

Esto ocurría en Francia, más precisamente en la periferia de París, en noviembre de 2005. Centenares de policías, helicópteros, barreras, palos, fuerzas de choque, noches calientes, casi 9.000 vehículos reducidos a cenizas, casi 3.000 personas detenidas. Veinte días en llamas desde que la mecha de la violencia urbana se encendió en la localidad de Clichy-sous-Bois, propagándose luego a Argenteuil, Grigny, Le Blanc-Mesnil, y otras.

¿Por qué hablo de episodios de violencia urbana en la aglomeración parisina? Porque no puedo hablar del barrio Marconi. Porque la última vez que pasé por la esquina de General Flores y Aparicio Saravia fue tal vez hace ya veinte años. Porque dos océanos me separan de la cuenca de Casavalle: el Atlántico durante diez meses cada año, y el de la extranjería social los dos meses restantes, que transcurro en el Montevideo del más acá.

No puedo hablar del barrio Marconi, ni puedo, por lo tanto, aventurarme a comparar las periferias montevideanas con los suburbios de París, que sí conozco, entre otras cosas porque viví varios años en uno de ellos. Solo puedo remitirme, respecto del Marconi, a cosas dichas o escritas en los últimos días, teniendo presentes, al oírlas y leerlas, esos barrios de la periferia parisina donde en 2005 ardió Troya.

Allí yo formaba parte de una minoría. No por ser extranjero, sino por ser blanco, ateo y, sobre todo, por ser joven y sin embargo tener trabajo. En las escuelas y los liceos, la gran mayoría de los docentes tenían un aspecto parecido al mío, pero la gran mayoría de los alumnos no. Esos alumnos eran franceses de piel oscura, pobres, hijos de pobres, muchos de ellos –la cuarta parte, en algunos lugares– llamados a engrosar, al término de sus estudios, las filas de los desocupados crónicos. Para esos niños, adolescentes y jóvenes, las fronteras del mundo solían coincidir con las del propio barrio, a veces incluso con las de las dos o tres manzanas alrededor de la torre de viviendas de interés social donde vivían, con el ascensor regularmente descompuesto, caños rotos y padres desempleados.

La Policía nunca me paró en la calle para pedirme documentos. A ellos sí, casi a diario, incluso dos o tres veces en un mismo día. “Lo que pasa es que vos tenés jeta de polaco”, me explicaron una vez. Mi “jeta”, en todo caso, no era sospechosa por defecto, los agentes del orden no la asociaban al micro-narcotráfico ni al hurto en supermercados. ¿Faltaba Estado? No. En esos barrios el Estado francés estaba presente, con todas sus principales caras: la policial, la educativa, la sanitaria, la del transporte público, la de los bomberos, la del correo, la de la recolección de residuos, etcétera. Todas.

No faltaba Estado: ni entonces, ni en 2005, ni ahora. Pero algo faltaba, y me temo que sigue faltando. No sé qué es y no sé si alguien lo sabe realmente, aunque muchos pregonan saberlo. En principio, tiendo a creer que tienen razón los que dicen que no hay explicaciones fáciles ni caben los juicios perentorios, aunque sin duda volverán a florecer, de todos modos, cuando una chispa suelta provoque el próximo incendio.

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Emitido en el espacio Tiene la palabra de En Perspectiva, lunes 06.06.2016

Sobre el autor
Rafael Mandressi (Montevideo, 1966) es doctor en Filosofía por la Universidad de París VIII, historiador y escritor. Desde 2003 reside en París, donde es investigador en el Centro Nacional de Investigación Científica, director adjunto del Centro Alexandre-Koyré de historia de la ciencia y docente en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Es colaborador de En Perspectiva desde 1995.

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3 Comentarios - Escribir un comentario

  1. Brillante como siempre Rafael!!!!. Tú pones en palabras maravillosamente enlazadas, lo que yo muchas veces siento, pero no tengo esa claridad, esa astucia que tienes tú para escribir. Que no nos faltes nunca los lunes.
    Con respecto al tema, por lo que veo es, por lo menos occidental y Cristiano, porque no tengo elementos para decir que el fenómeno es mundial. Y yo creo que sucede por un «combo» de elementos económicos, sociales y sobre todo culturales. Las migraciones, tanto internacionales como dentro de un mismo país , no están resultando favorables como quizá resultaron en el pasado. La pobreza, la necesidad humana de «sentir pertenencia «, en fin, sea lo que sea es tristísimo y peligroso.

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  2. Quizás en la diversidad de lugares con distintas costumbres y tradiciones, se repita el modelo de organización social; quizás en la dinámica centrífuga entre los que mandan y los que obedecen se lance hacia el borde a gente que queda atrapada en la exclusión: los parias del mundo. Quizás sea ancestral o cultural -no lo se- el temor y la desconfianza al diferente, quizás origine rechazo que germina en desprecio. Quizás en nuestra humana condición, nos confundimos al separar el bien del mal; quizás estemos atrapados en un peligroso laberinto.

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