Poder, sororidad y silencio

Poder, sororidad y silencio

Por Teresa Herrera ///

En 2019, según la encuesta nacional de prevalencia, el 77% de las mujeres de 15 y más años que residen en Uruguay reportaron situaciones de Violencia basada en género en algún ámbito a lo largo de la vida, algo así como 1,1 millón de mujeres. Sin embargo, las encuestas miden el piso, no el techo del problema, porque muchas temen responder o aun peor, tienen tan naturalizadas las situaciones que ni siquiera las consideran violencia.

Las mujeres en los últimos 100 años hemos realizado el cambio social más grande, sin derramar una gota de sangre. Votamos, estudiamos, trabajamos, manejamos nuestro dinero. Pero… la violencia hacia las mujeres, las niñas, niños y adolescentes, está tan matrizada en las personas que hace necesario un cambio cultural reflejado en la vida cotidiana, ahí, que es donde se actualizan los prejuicios, los estereotipos y por ende los sesgos con que todos y todas evaluamos a las otras personas y actuamos en consecuencia.

Según siempre evocaba nuestro maestro y amigo el Dr. Gastón Boero, Aristóteles sostenía que el hombre era el dueño de la vida y la muerte de su mujer y sus hijos, así como de sus esclavos. También sostenía que las mujeres no teníamos espíritu, y que éramos un recipiente vacío. Esa conceptualización se mantuvo en los siglos de nuestra civilización. Recién en el Concilio de Trento en 1563, la Iglesia Católica decidió que las mujeres tenemos alma. Espero que no necesitemos tantos siglos para que esa institución finalmente condene los femicidios.

Los varones han sido, durante toda nuestra civilización, la medida de los humano. El Patriarcado es nada más, ni nada menos, que una cuestión de poder, que transversaliza toda la sociedad. Muchos varones se enojan con las mujeres y sostienen que no todos son violentos: es verdad, pero como el poder real en nuestra sociedad es masculino, eso deviene en que no tenemos presupuesto para aplicar las leyes que reconocen derechos milenariamente negados, mal llamados «nuevos derechos». La Ley 19.580 del 2017 es una verdadera hoja de ruta, el gobierno anterior la sancionó sin presupuesto y ahora nos dicen que hay que esperar hasta el 2024.

Estamos asistiendo en Uruguay a lo que yo denominaría un momento “bisagra”. Todos los días aparecen en las redes nuevos colectivos que ponen de manifiesto situaciones conocidas, denunciadas por el movimiento feminista, pero calladas y aceptadas masivamente. Y no se trata de una “guerra contra los varones”, se trata de que las mujeres, especialmente las más jóvenes, no quieren, ni pueden callar más. Se podrá criticar si ese es el camino, pero la denuncia de situaciones donde la mayoría de las veces es palabra contra palabra, no es sencilla, menos aun cuando se pone el cuerpo, en todo sentido, porque las agresiones sexuales son las más frecuentes. Todo esto en un marco de grandes carencias en los mecanismos institucionales, que van desde la omisión en temas de educación esenciales (sexualidad, violencia de género y generaciones), la falta de garantías y procesos para realizar denuncias, las comisiones y protocolos que luego no se aplican. Con un sistema de justicia que recién ahora comienza, a través de la Fiscalía, a atender realmente estos temas para proteger los derechos de las víctimas.

Además, no todas las situaciones configuran delitos, pero las prácticas naturalizadas de discriminación constituyen y engendran violencia.

Por último, quisiera agregar otro componente que hace más complejo el abordaje de este problema social tan grave:

Sororidad, es un término que proviene del francés, significa la hermandad entre las mujeres, es más que la solidaridad, porque no sólo implica empatizar con la otra, sino también buscar entre todas, con todas, un cambio, es decir la equidad entre los géneros. La pregunta es si la sororidad está por encima de las lealtades partidarias, de las adscripciones institucionales, de las solidaridades profesionales, de gremio y tantas otras hermandades.

Soy feminista, y como tal, tengo la esperanza de que realmente se acaben los dos tipos de silencio, el silencio de las víctimas y el silencio cómplice.

Emitido en el espacio Tiene la palabra de En Perspectiva, viernes 28.08.20

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Teresa Herrera (1953) es socióloga y feminista e integra la Red Uruguaya contra la Violencia Doméstica y Sexual.

 

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2 Comentarios - Escribir un comentario

  1. Concuerdo a pleno con la justicia de la justicia de la causa y creo que se está produciendo una revolución social, de convivencia y de espacios de poder y sobre todo y más importante de ser; de ser mujer a plenitud y antes, de ser humano.
    °
    La multiplicidad de estrategias, de discursos en su horizontalidad, también genera una sumatoria rompedora de silencios; tanto que no pocas veces se convierte en gritería y con en ello aturde, debo decirlo con honestidad; en esa cuestión legítima y espontánea creo, se corre el riesgo mayor de volatilizar el cerno de la cuestión generando rispideces en amplios espacios donde la solidaridad y la fraternidad están proclives y a la mano.
    Me refiero a que todos los varones somos sospechados y cuando no, de antemano culpables en consignas a mi juicio infelices, como: «muerte al macho».

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    1. Concuerdo con Ud. Hay que tener presente que varones y mujeres tenemos diferencias, anatómicas, fisiológicas y hasta temperamentales; esto es consecuencia de los roles históricos que tenía cada sexo desde su origen. No significa que unos sean superiores y otros inferiores; sólo que hay diferencias estructurales; además, ni todos los varones somos iguales, ni tampoco lo son todas las mujeres. Y en materia sexual, eso se traduce en que, por lo general, los varones tendemos a asumir un papel activo: buscamos la conquista, la imposición sobre el otro; las mujeres por lo contrario, asumen un papel más bien pasivo, y su actitudes la de llamar la atención, mostrarse atractivas, etc. La educación debe lograr que esas tendencias se manifiesten en forma moderada y, sobre todo, respetando la voluntad del otro. Es esto lo que debe afianzarse para lograr la convivencia sin violencia.

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