Cuarenta años sin Pichuco

Por Rafael Mandressi ///

El 17 de mayo de 1975, en el teatro Odeón de Buenos Aires, tocaba Aníbal Troilo. Esa noche, después de cerrar el espectáculo con el tango Sur, el Gordo Pichuco se despidió del público con un pedido: “Gracias Buenos Aires, aguantame un cacho más”. Fueron veinticuatro horas.

Al otro día, el domingo 18 de mayo, el corazón no aguantó más, el cerebro tampoco, y Troilo se moría en el Hospital Italiano. Hace cuarenta años. Él tenía sesenta, y por lo tanto hoy tendría cien. Había tenido el bandoneón sobre las rodillas durante medio siglo, y tal vez estuviera cansado. “Tengo unas ganas de morirme que no puedo más”, le había dicho a María Ester Gilio unos meses antes. Y al bandoneonista Ernesto Baffa, que fue su arreglista:

–Ernestito, abrí el ropero y llevate todas las camisas.

–¡Para qué, Gordo, si son tuyas! Dejate de joder…

–Y para qué las quiero yo, si allá arriba no hace frío.

Llevamos pues cuarenta años sin Troilo. Sin Pichuco, que formó su primera orquesta en 1937, un dúo con Roberto Grela en 1953 y un cuarteto en 1968. Pichuco que tuvo como arreglistas a Astor Piazzolla, Ernesto Baffa, Osvaldo Berlingieri, Julián Plaza o Raúl Garello, pero que también tocaba “a la parrilla”, sin arreglos escritos.

Pichuco que compuso Sur, Garúa, La última curda, María, Desencuentro, Barrio de tango, Che bandoneón, Toda mi vida, Romance de barrio, y que grabó casi 500 tangos, valses y milongas. Pichuco que tuvo como cantantes a Francisco Fiorentino, Alberto Marino, Edmundo Rivero, Floreal Ruiz, Roberto Rufino, Roberto Goyeneche, y como compañeros de ruta a Homero Manzi, Cátulo Castillo, Enrique Cadícamo o Enrique Santos Discépolo.

Pichuco que entraba a tocar a las seis de la tarde y no paraba hasta que se iba el último borracho o hasta la mañana siguiente, con el sol en la cara, y que para aguantar se daba la papa. Troilo que tenía las venas llenas de alcohol y la nariz llena de polvo, que a micrófono abierto le advirtió una vez a Goyeneche mientras lo abrazaba y el cantor tenía la cara apoyada en su hombro: “Tranquilo, Polaco, es caspa”.

Pichuco que tocaba con la moñita torcida, que tenía una goma de borrar en el bolsillo para corregir los arreglos de Piazzolla, Pichuco que trató de “turro” al general Onganía, Pichuco de las manos como patios, “que en un fósforo ha visto la tormenta crecida” y “organiza glorietas para perros sin luna”, Pichuco que se murió hace cuarenta años pero por ahí anda todavía, porque “el tiempo es gordo, y no parece” (*). Feliz aniversario, Gordo Troilo. Siga tocando. Y gracias.

 

* letra de El gordo triste (1972), de Horacio Ferrer

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