El conocimiento como bien

Por Ricardo Pascale ///

No existe país desarrollado en el mundo que no haya ingresado en la Economía del Conocimiento.

El conocimiento pasa a ser el principal factor que explica el desarrollo de las naciones. Pero no solo es un recurso productivo vital, sino que además es un bien objeto de transacciones.

Es importante, a la hora de fijar políticas públicas y privadas, conocer las particularidades de este bien que lo distinguen de los tangibles.

Una manzana es un bien. Una fórmula matemática creada con el conocimiento también es un bien. Pero tienen diferencias económicas. Si hay dos personas y una sola manzana, si uno de los sujetos se come la manzana, el otro se queda sin ella. En cambio, una ecuación, si hay dos personas o cualquier cantidad de personas, todas pueden usarla sin que nadie quede sin utilizarla.

Esta característica del conocimiento se conoce como ser un bien no rival.

El conocimiento es un insumo intelectual que puede ser usado innúmeras veces por innúmeras personas. Esta propiedad le da la característica de ser un bien acumulativo. Eso no es habitualmente posible con insumos tangibles pues estos no pueden ser usados innúmeras veces por innúmeras personas.

Es también, un bien difícil de ser controlado. Fluye de las propias personas u organizaciones que lo generan y puede ser utilizado por competidores. Por esto se considera un bien no excluyente.

Un dilema central  del conocimiento como bien es, por una parte, el uso eficiente del conocimiento como un objeto social y, por otra, contar con incentivos para la producción de nuevo conocimiento.


Es un bien cuya producción eficiente no es responsabilidad exclusiva ni del mercado ni del Estado. Requiere de ambos.


Para resolver este dilema se utilizan tres políticas, que son: subsidios para promover el conocimiento, agencias estatales de investigación y el mercado con derechos de propiedad que protejan, por algún período, el nuevo conocimiento. Para este caso se utilizan las patentes.   

Las políticas públicas deben instrumentarse buscando que la sociedad tenga un planteo balanceado de las tres, que garantice los fines sociales requeridos.

Kenneth Arrow, Premio Nobel de Economía, consideró en los años 60 al conocimiento como un bien público por su  carácter no excluyente y no rival, donde el Estado tiene especial presencia. En los 70, la idea no pareció razonable: no solo el Estado juega un rol clave, las grandes empresas podían, autofinanciar la innovación, tenían capacidad de acumular conocimiento y, así, ser agentes del cambio tecnológico. Por los 90 sucumbió esta idea, al estar disponibles y  utilizarse las nuevas tecnologías digitales, y la introducción de la bio y nanotecnología, donde el conocimiento se produce en pequeñas y medianas empresas.

Hoy día, el consenso es que a las políticas públicas le corresponde impulsar modelos de producción y distribución de este bien, que es el conocimiento.

Esto se logra a través de redes de colaboración y procesos dinámicos de coordinación entre agentes privados y públicos.

En este esquema debe contarse con un sector financiero capaz de resolver los problemas de información asimétrica, tan marcada en el caso de emprendimientos innovadores. Esto es, que en un proyecto innovador conoce mucho más del mismo el emprendedor que la institución financiera que tiene que asumir el riesgo de financiamiento. Este es otro punto vital donde el  Estado juega un rol central.             

 

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Nota:

Otras características propias del conocimiento como bien son las siguientes:

Es un bien de experiencia, aquellos que los consumidores  deben probar para poder determinar su utilidad.

Tiene utilidad marginal decreciente. El acceso fácil, rápido, barato, de información trae una saturación de su disposición. Herbert Simon, Premio Nobel de Economía, advirtió que la información consume la atención y señala:” la riqueza de información trae pobreza de atención”.

Por su parte, tiene rendimientos crecientes. Con costos fijos de producción elevados, y muy bajos costos de reproducir. Esto es importante para fijar precios,  no se basan solo en costos, sino en la valoración que hace el consumidor del bien.

Posee altas barreras de salida. Esto es, la dependencia tecnológica provoca altos costos al cambiarla, desde gastos de nuevos software hasta aprendizaje.

Estas características del conocimiento como bien, varían en intensidad según el conocimiento sea codificable o tácito.

Y asimismo tiene importantes externalidades de uso.

                                                                 

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Emitido en el espacio Tiene la palabra de En Perspectiva, miércoles 07.11.2018

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3 Comentarios - Escribir un comentario

  1. Para saber aún más de la economía del conocimiento ¿no podrá En Perspectiva
    publicar la preciosa conferencia de Juan Grompone esta noche sobre el tema?

    Fue clarísima y por muy buena. Gracias Mabel Moreno

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  2. Soy venezolano. Termino de leer ahora el artículo titulado ” El conocimiento como bien ” aquí , en mi ciudad natal, Caracas. Este asunto que sobrepasa la dimensión de lo básico, porque es e’l el u’nico valor determinante en toda organización social, es de una fertilidad infininita. Desgraciadamente e’se desafortunado inventó humano que es la mala política y sus lamentables ejecutores lo consabidos políticos , histo’ricamente siempre lo han ignorado. SÓCRATES sentencio’: SÓLO hay UN BIEN: EL CONOCIMIENTO.
    : SÓLO hay UN MAL: LA IGNORANCIA .
    Muy atinado el Sr. Pascale por traer a colación tal substancia. Co’mo mina que será eternamente explotada, da pie’ a muchas discusiones . Ojalá este medio así lo permita. Le agradezco todas las luces que pueda encender en tal sentido, puesto que raras son las veces que , a pesar de la brillantez del conocimiento y del amor, hasta apasionado, que e’l merece, públicamente aparece en la palestra pública .

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