Si no se tienen fe

Si no se tienen fe

Por Ricardo Lombardo ///

Siempre me pregunté por qué se admitía pasivamente que los candidatos a la Presidencia o a la Intendencia se negaran a debatir.

Que algunos aspirantes a esos cargos rechacen la posibilidad, responde a razones que parecen obvias: por estrategia, miedo, un tácito reconocimiento a su inferioridad ante el posible contendiente, o simplemente por pánico escénico.

Pero que no exista una condena colectiva a este gesto de renunciamiento es, francamente, inexplicable.

Parece que los candidatos a cargos de responsabilidad política, por estos lares, son pura especulación. Y eso no les acarrea ninguna consecuencia.

Si van primeros en las encuestas, se niegan a confrontar con los seguidores, no sea cosa de que cometan un error y pierdan la supremacía.

Si son los desafiantes, se desesperan por generar un ámbito de controversia, para oponer sus ideas, programas y personalidades.

Pues bien, es lamentable que esa decisión quede en manos de los contendores, según les convenga o no dadas las determinantes circunstanciales.

La ciudadanía tiene derecho a saber de antemano a quién está votando, a comparar sus programas, a probar su capacidad de decisión frente a imprevistos, conocer su temple en condiciones límites, su visión, sus ideas, su capacidad de comunicar, de entusiasmar y su equilibrio emocional.

O, quizás simplemente a apreciar su imagen, en este mundo tan frívolo.

El primero de los grandes debates de la historia, entre Kennedy y Nixon, arrojó resultados diferentes entre la audiencia que solo lo escuchó por radio y la que lo vio por televisión. Kennedy embrujó  a los televidentes con su gran frescura, su aspecto atildado, juvenil y decidido, mientras que Nixon apareció sudoroso, circunspecto y lució como una personalidad más compleja y lejana. Pero, en la radio, en que solo se oían los argumentos, el republicano tuvo más éxito.

Nadie debería tener la posibilidad a esconderse cuando de lo que se trata es de que la gente elija.

Nadie debería sentirse habilitado a especular, o jugar a la mosqueta con algo tan fundamental en una república y en una democracia, como es que los ciudadanos tengan toda la información para manifestar su voluntad en el voto secreto.

Tener claras las ideas, la convicción para defenderlas y el coraje para resolver situaciones críticas, debería ser una característica fundamental en el currículum de quienes son seleccionados para tan altos cargos.

Solo los debates, frente a frente, con moderadores neutrales e igualdad de oportunidades para responder, parecen ser los instrumentos realmente válidos para que el ciudadano decida.

Muchos carteles, pasacalles, avisos en los medios, que parecen a veces constituir lo sustancial de una campaña política, solo son el cotillón para un buen candidato.

Su verdadera calidad se demuestra cuando cara a cara, permite compararse con sus adversarios.

Por eso, no debería quedar en sus manos la decisión de confrontar o no.

Los debates tendrían que ser obligatorios y no solo el resultado de oportunistas estrategias electorales.

Debería legislarse con toda claridad y contundencia.

Es necesario que la ciudadanía reclame a viva voz su derecho.

Y los que se nieguen a debatir, sería bueno que fueran castigados socialmente, electoralmente y señalados como cobardes o farsantes que montan una estrategia para engañar a los votantes haciéndoles creer algo que no son capaces de sostener frente a alguien que los desafíe.

Si no se tienen fe, más vale que no se presenten.

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Para el espacio Voces en la cuarentena de En Perspectiva

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En la foto: Daniel Martínez y Luis Lacalle Pou durante el debate de candidatos presidenciables en estudios de Canal 4 en Montevideo. Crédito: Javier Calvelo/ adhocFOTOS

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3 Comentarios - Escribir un comentario

  1. Basta de show, de intermediación televisiva y paneles y panelistas, analistas legítimos o apócrifos, militantes travestidos o no; basta de ruido sin nueces.
    Una candidatura que se precie de decencia, no es el sustrato guionado de un Duran Barba o un Costa Bonino.
    Muerta está por obsolescencia la rememoración del Kennedy vs Nixon, el mundo dió vueltas en el tiempo y ya hoy es otro tiempo en los almanaques.
    No es cuestión de fe, es cuestión de razón y por supuesto de emoción, un programa de gobierno no es un diseño de imagen de la persona candidateada.

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  2. No podría estar más en desacuerdo con Lombardo. Los debates deberían ser el núcleo de la discusión política, pero por los mejores intelectuales que tengan los diferentes partidos y bloques ideológicos. Muchos más útil sería por ejemplo que los «think tanks» en la prensa escrita o mediante columnas radiales, donde las chicanas o la picardía no se puedan usar. Que debata el Cuesta Duarte o la REDIU con Ceres o que lo hagan el Centro de Estudios para El Desarrollo con la Fundación Líber Seregni. Nada de eso lo garantiza un debate televisivo, que es un duelo de personalidades en una habilidad que nada importa a la hora de gobernar.

    Martínez es horrible porque habla sin decir nada, su discurso es un cúmulo de lugares comunes y de corrección política. En cambio Raffo es mentalmente mucho más ágil, es «asertiva» (neologismo mediante), como se acostumbra en el mundo gerencial y del marketing. Normal, es su formación. Aunque no diga nada sustancial, es capaz de decirlo para que parezca grandioso. ¿Y entonces? ¿Debería votar a Raffo por esa constatación? ¿De eso se trata, de que la gente emocionalmente se decida por Raffo?

    Lo que importa es la ideología de los partidos que los respaldan, de donde van a salir los asesores, las prioridades, la política impositiva, la gestión territorial, todo. Las propuestas que se van a llevar a cabo no son jamás de los candidatos, son de los partidos que los respaldan. Si se trata de cotejar esas propuestas en una hora de TV, ok, que cada bloque elija uno bueno para debatir y se encuentren en un estudio. Es un espectáculo circense, pero para que valga la pena, hay que elegir a los mejores trapecistas.

    Saludos cordiales.

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