Todo sea por el medio ambiente

Por Armando Sartorotti ///

En 2010 viajé por primera vez a la República Democrática del Congo para documentar la labor de los soldados uruguayos que trabajan como cascos azules para Naciones Unidas. Después de 10 horas de espera en el aeropuerto de Johanesburgo llegué a mi primera parada, la capital de Ruanda, Kigali. Desde ahí seguiría por tierra atravesando caminos  entre las colinas de ese pequeño país para llegar a la ciudad congoleña de Goma. Poco sabía de la Ruanda posterior al genocidio. Lo primero que me impactó fue que minutos antes del aterrizaje la azafata nos advirtió que no podíamos bajar con bolsas de nylon y nos las cambió por bolsas de papel. Luego supe que la prohibición regía desde 2008, siete años antes que la Comunidad Económica Europea tomara igual medida. A diferencia de cualquier ciudad latinoamericana, en las calles de Kigali, limpias, llenas de canteros de flores no había bolsas de nylon volando. Pero en el resto del mundo el problema no se restringe a las bolsas de nylon.

Por ejemplo, en el medio del pacífico, en un vórtice de corrientes marinas hay una isla bastante particular. Tiene una superficie que fluctúa entre el tamaño de Tacuarembó y el de Uruguay y está formada por plástico, sobre todo por pequeños trozos de envases que se han ido degradando en tamaño por efecto del sol y el agua. Esto está sucediendo en todas las costas del mundo, incluso en la nuestra. El plástico se hunde, se rompe en pedazos, algunos tan pequeños que entran en la cadena alimenticia marina, es absorbido por la carne de los peces y llega hasta nuestro organismo sin que lo notemos. Las alarmas en el mundo suenan desde hace tiempo pero la sociedad de consumo es insaciable, queremos practicidad, transparencia, resistencia, buenas presentaciones y todo rodeado por plástico que tiramos ni bien abrimos un envase. Hace unos días en la costa de Cerdeña fue encontrada muerta una ballena, una hembra de cachalote con 22 kilogramos de plástico en su estómago. Italia anunció que adelantaría la aplicación para este año de la ley de la Comunidad Económica Europea que dispuso la eliminación total de los plásticos de un solo uso para 2021.

En América Latina, con la reciente sanción de la ley uruguaya que prohíbe a partir del último día de junio la fabricación y distribución de bolsas plásticas tradicionales, nuestro país se convierte en pionero, ya que en la región las iniciativas similares son de provincias, estados o municipios.  Pero así y todo con una ley no basta. Durante años se ha hablado de las plantas de reciclado pero se sigue sin motivar la clasificación hogareña con depósitos en los barrios. Se me dirá que si todavía se lucha por mantener la recolección al día de la basura cotidiana, lejos estamos del reciclaje de envases y bolsas. Es cierto, pero algún día hay que empezar. La solución solo puede venir de una toma de conciencia colectiva sobre el uso de los plásticos y con ellos del cuidado de nuestro espacio vital. Además de leyes necesitamos estructuras, educación y motivación y de todo eso hay poco por ahora.

Como el barrio termina siendo una muestra de nuestra idiosincrasia estoy haciendo un pequeño experimento sociológico: mi vecino tiene prendida a un arbusto que está en su vereda una bolsa blanca que ondea al viento y no la he querido sacar, ya van 3 meses de indiferencia, me va a terminar ganando por cansancio. Mientras, el lunes pasado en un repentino ataque de conciencia ecológica, la almacenera de enfrente, que siempre quería darme una bolsa por producto, ni corta ni perezosa luego de embolsar papas, yerba y una caja de fósforos, sin decirme nada me agregó al final de la cuenta hecha en un recorte de cuaderno, 4 pesitos por la bolsa. Todo sea por el medio ambiente.

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Emitido en el espacio Tiene la palabra de En Perspectiva, viernes 05.04.2019

Sobre el autor
Fotógrafo, editor, docente. Como fotógrafo ha documentado los acontecimientos sociales y políticos de la región de los últimos 36 años, como editor en semanario Búsqueda y el diario El Observador, entre otros medios. Ha estado al frente de equipos de fotógrafos y apadrinado decenas de jóvenes que con él tuvieron su primera oportunidad de trabajo y hoy son referentes del fotoperiodismo. Trabaja hace 20 años como docente de Fotografía en Universidad ORT Uruguay.

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1 Comentario - Escribir un comentario

  1. El mundo es un lugar bonito, que para ser bonito necesita que alguien lo perciba y lo catalogue de bonito; menester inexcusable de humanidad.
    El mundo se afea, se hiere corrompido -el hogar sucio y saqueado- menester de desidia y codicia; si, por supuesto, también menester de humanidad, de la parte de alma paupérrima de la humanidad.

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