Tango ñeri

Por Rafael Mandressi ///
@RMandressi

El 6 de julio de 1878, el diario La Prensa de Buenos Aires publicó, sin firma, un artículo de Benigno Baldomero Lugones, titulado “El dialecto de los ladrones”. La fuente de información de Lugones era, según la nota, un comisario de la policía de la capital argentina, y el texto proporcionaba lo que con seguridad fue el primer repertorio escrito de expresiones lunfardas. La propia palabra “lunfardo”, que figuraba en la lista junto con otras 28 entradas, apareció probablemente allí por primera vez en letra impresa. Dieciséis años después, en su libro El idioma del delito, el abogado penalista Antonio Dellepiane, miembro de la Comisión de cárceles y casas de corrección de Buenos Aires, incluyó el primer diccionario lunfardo-español propiamente dicho, como una “contribución al estudio de la psicología criminal”.

La idea de que el lunfardo era el habla de la mala vida rioplatense, una jerga propia del mundo del delito, aparece así asentada a fines del siglo XIX. Después de todo, “lunfardo” sería un derivado de “lumbardo”, es decir “lombardo” pronunciado a la napolitana, y “lombardo”, mal que les pese a los oriundos de esa región de Italia, se usaba en el vocabulario romanesco como sinónimo de “ladrón”. Se acepte o no esta conjetura, lo cierto es que en 1878 el diario La Prensa consignaba esa equivalencia: un lunfardo es un ladrón.

Sólo que al repasar el diccionario de Dellepiane, uno encuentra muchas palabras, la mayoría en realidad, que nada tienen que ver con un “idioma del delito”, con un vocabulario de ocultación o con un lenguaje técnico del hampa. Ese lunfardo era y es más amplio, tenía fronteras más allá del gremio “de la furca y la ganzúa”, como lo llamó Jorge Luis Borges en su Invectiva contra el arrabalero. Ocurre que para Borges, Dellepiane y tantos otros, la distinción entre arrabalero y malviviente no resultaba del todo nítida.

El habla crecida en los suburbios y hecha, entre otras cosas, de abundantes retazos de italiano, francés, portugués, guaraní, incluso polaco, llegaba a los oídos de quienes tenían el poder de escribir sobre ella como un sonido sospechoso: quienes no hablan como los bienvivientes no pueden ser sino malvivientes. Que los había, por supuesto, entre los usuarios del lunfardo, pero decir atorrante, engrupir, bacán, tamango, chamuyar, yuta, escabio, escrachar, faso, fulero, gil, marroco, otario, bulín, pilcha, vento, gola, timba o turro, no lo convierte a uno en escruchante, cafiolo ni punguista.

Todas estas palabras, y muchas más, pueblan los diálogos de los sainetes y, a partir de fines de los años 1910, las letras de tango. En unas cuantas de esas letras también aparece la mala vida del arrabal, con sus chorros, sus matones y sus proxenetas, pero son las menos, y en general las historias que cuentan son desgraciadas. No hay gloria en el delito: la soledad, la ignominia, la cárcel y la muerte acorralan a esos lunfardos, esos que sí son marginales en un mundo que no lo es, aunque hable como ellos.

El lunfardo, que por cierto no es un idioma ni un dialecto, tampoco es un universo inmóvil, cerrado, cristalizado desde hace un siglo. Los lunfardismos pueden disolverse o emerger en el tiempo. “Ñeri”, por ejemplo, es un lunfardismo, y, como si la serpiente se mordiera la cola, los ñeris tendrían, al parecer, un lenguaje propio, a tal punto que en la prensa se ha ensayado, al igual que en 1878, la confección de un glosario. Habría también operadores judiciales tentados por la idea de elaborar, como el doctor Dellepiane en 1894, un diccionario.

Si la intención prospera, tal vez algún día ese diccionario se publique, y se podrá entonces comparar con el de Dellepiane u otros posteriores. Se puede apostar sin mucho riesgo que se advertirá que los ñeris no son muy originales, que, como el lunfardo, el “lenguaje ñeri” tiene poco de intrínsecamente ñeri, y que en las periferias, geográficas o sociales – aunque no sólo en ellas –, hay mucha gente que habla parecido. Demasiada gente, sin duda, para mandarla toda al manyamiento.

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Emitido en el espacio Tiene la palabra de En Perspectiva, lunes 05.11.2018

Sobre el autor
Rafael Mandressi (Montevideo, 1966) es doctor en Filosofía por la Universidad de París VIII, historiador y escritor. Desde 2003 reside en París, donde es investigador en el Centro Nacional de Investigación Científica, director adjunto del Centro Alexandre-Koyré de historia de la ciencia y docente en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Es colaborador de En Perspectiva desde 1995.

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4 Comentarios - Escribir un comentario

  1. Muy interesante es el origen de algunas palabras. Una vez escuché una versión sobre “atorrante” que no se si es veraz, provendría de una fábrica de caños donde los indigentes dormían. Otras las tenemos tan incorporadas, como “engrupir”, que hasta nos suenan al idioma español aceptado y sin embargo no lo es. Siempre ampliándose y en renovación, para eso son muy creativos los argentinos. Vocablos como trucho son bastante nuevos y ya no tiene un sustituto que nos quede más cómodo que ese. Sería un neo lunfardo tal vez pero lo cierto que son policlasistas. Los uruguayos no nos quedamos atrás, creamos “terraja” (el corrector no me lo marca porque existe una herramienta llamada así) para definir algo de mal gusto.
    Cuando leí en la noticia los ejemplos para el glosario no me resultaron desconocidos salvo dos o tres palabras.

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  2. Creo que la diferencia está en que los delincuentes de los siglos pasados que dieron origen al lunfardo sabían hacerse entender bien, pero crearon esa jerigonza para no ser entendidos (que después pasó en gran parte al habla popular de estas dos orillas por los tangos, las poesías o los sainetes criollos). En cambio, lo que destacó el fiscal es que los “ñeri” no saben expresarse de otra forma y tienen muy limitada su capacidad intelectual; por eso lo del “glosario ñeri”.

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