Editorial

Veranos eran los de antes

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Por Rafael Mandressi ///

Con cada nueva tormenta de proporciones, con cada nueva inundación y su cortejo de evacuados, con cada anomalía en las temperaturas máximas, y ni qué hablar cuando se producen catástrofes mayores como un tsunami o un ciclón devastador, un fantasma recorre el mundo: el cambio climático está en marcha, no hace sino agravarse con el paso del tiempo, y sus manifestaciones son cada vez más frecuentes. El miedo cunde durante algunos días, para disiparse luego hasta el siguiente fenómeno que dispare la alarma.

Más allá de esas intermitencias, un consenso general parece haberse instalado sobre la realidad del cambio climático y sus causas. Las voces escépticas que se oían hasta no hace mucho fueron apagándose progresivamente y sus argumentos quedaron sepultados por los del catastrofismo ilustrado, que anuncia lo peor pero advierte que todavía se está a tiempo de reaccionar, aunque más no sea para limitar los daños. Las controversias científicas quedaron atrás, los expertos del panel intergubernamental sobre el cambio climático de Naciones Unidas, entre otros, lograron que sus tesis prevalecieran y que sus recomendaciones fueran atendidas.

Como suele ocurrir en las controversias científicas, el debate se salda antes de que se sepa quién tiene la razón, siempre y cuando alguien la tenga. En este caso, quizá importe poco saber de qué lado está el acierto, ya que más vale prevenir que curar. Siempre será mejor adoptar las medidas que se crea necesarias para desacelerar el proceso de calentamiento global que arriesgarse a no hacerlo. Si luego se comprueba que en realidad esas medidas no hacían falta para limitar a 2º C el aumento de la temperatura respecto de la era preindustrial, por lo menos el planeta habrá quedado un poco más limpio.

Así pues, si dentro de pocas semanas, cuando culmine en París la Conferencia de Naciones Unidas sobre el cambio climático, se llega a un acuerdo, habrá aplauso y plácemes, algo de alivio y tal vez hasta regocijo. Después de la ciencia, habrá llegado la hora de la política, esto es, de la negociación y de la toma de decisiones, por una vez cargadas de conciencia planetaria y de responsabilidad para con las generaciones futuras. Lamentablemente, el guion es demasiado simple para filmar la verdadera película.

En primer lugar, porque la ciencia y la política no están tan separadas como podría presumirse. Nunca lo están del todo, por cierto, pero en este asunto menos aún. El panel de expertos de Naciones Unidas no está compuesto únicamente por oceanógrafos, meteorólogos, hidrólogos, geógrafos, glaciólogos y especialistas de otras varias disciplinas que evalúan periódicamente el estado del conocimiento en materia de cambio climático. En la producción de sus informes de síntesis, llamados “resúmenes para decisores”, participan también representantes de los gobiernos que aprueban o no cada renglón del texto.

En segundo lugar, conviene recordar, junto con Perogrullo, que ninguna decisión científico-política, por mejor inspirada que esté, es neutra. Quizá nos salvemos de la extinción en masa, pero alguien va a tener que pagar, y no solo en plata.

Por último, el final de la película, aún alcanzando un acuerdo en diciembre próximo en París, puede no ser feliz. De tanto acallar a los escépticos, se olvida que no todos ellos negaban la existencia del cambio climático. La gran mayoría en realidad expresaba dudas sobre la influencia de la actividad humana en el fenómeno. Hasta el momento, los datos que circulan parecen indicar que esas dudas han sido despejadas. Ojalá, porque si la Tierra no se calienta por la acción humana, no servirá de mucho limitar las emisiones de gases a la atmósfera, y viviremos de todos modos largos y tórridos veranos refugiados en las montañas cuando el nivel de los océanos crezca algún metro que otro.

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Emitido en el espacio Tiene la palabra de En Perspectiva, miércoles 7.10.2015, hora 08.05

Sobre el autor
Rafael Mandressi (Montevideo, 1966) es doctor en Filosofía por la Universidad de París VIII, historiador y escritor. Desde 2003 reside en París, donde es investigador en el Centro Nacional de Investigación Científica, director adjunto del Centro Alexandre-Koyré de historia de la ciencia y docente en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Es colaborador de En Perspectiva desde 1995.

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