Inseguridad: Aumentan arrestos ciudadanos e iniciativas para que intervenga el Ejército

(Audio comerciante de Punta de Manga)

“Vos estas tratando de hacer un mango para poder llevar adelante la familia, y estos locos en dos minutos vienen y se te llevan todo. Y vivís con miedo. Estaba el servicio de PADO, hace como un año y medio, pero lo sacaron no sé por qué. Enseguida que la policía lo agarró vino el padre, y me dijo es mi hijo, discúlpame, pero la gente con la que se junta, no lo podemos controlar. Y le dije discúlpame vos porque le tuvimos que pegar, porque la verdad no había manera de pararlo”

(Fin audio)

Escuchamos el testimonio que dio esta semana a Telemundo un comerciante que decidió enfrentar al delincuente que estaba asaltando su local, en Punta de Manga, y entregárselo a la policía.

Fue una maniobra riesgosa pero no la única de ese tipo en los últimos meses.

Según declararon a El Observador fiscales de Flagrancia -encargados de atender aquellos delitos en el momento en que ocurren – los “arrestos ciudadanos” en la segunda semana de mayo fueron el 10% del total de los casos en el sur de Montevideo. Esa tendencia, advierten expertos, denota un sentimiento de desprotección y puede derivar en conductas más agresivas.

La Mesa de los Viernes con Juan Grompone, Gonzalo Pérez del Castillo, Ana Ribeiro y Mauricio Rosencof.

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3 Comentarios - Escribir un comentario

  1. Muy interesante la exposición de los participantes en la Mesa.
    Me alegra que ninguno insista con la referencia a los delincuentes como producto de los «gobiernos neoliberales de los setenta».
    En lo personal creo que la lucha contra la delincuencia organizada; la que tiene bandas que asaltan cajeros y remesas; la que vende droga y expulsa vecinos; la que trafica y alquila armas de todo tipo y calibre; se está perdiendo.
    Es una guerra que se está perdiendo.
    Creo que el Estado – todos nosotros – tiene por supuesto la fuerza para imponerse. El tema es decidirse a usarla. Entender que es una guerra.
    En esta guerra debemos de dejarle de dar derechos a los delincuentes reincidentes y privilegiar los intereses de los ciudadanos honestos.
    Si debe habe penas más duras, que las haya. Que se legisle al respecto. No se puede aceptar que haya civiles con armas largas. Pero claro debemos aceptar las consecuencias. Si se acepta reprimir a la delincuencia y a sus colaterales van a ver muchos muertos. Algunos inocentes incluso. Es el precio de ganar la guerra.
    ¿Estamos dispuesto a aceptarlo o vamos a seguir quejándonos y nada más?

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  2. Tiene que haber penas más duras, pero además tiene que haber más y mejores controles de fronteras y aduaneros. También tiene que haber una inteligencia que descubra los lavadores del dinero de los narcos. Porque además de los «perejiles » que matan para robar 100 pesos para drogarse están los que lucran en grande con este negocio. Esos son los autores intelectuales de todos los asesinatos que se están cometiendo. Poniendo «la pesada » en las calles no se soluciona el problema si los «grandes» siguen sueltos. Acá hay, seguramente, «señores » que no llevan droga en el bolsillo, que tienen buenas «pantallas » y muy buenos (y caros ) abogados, ahora los que nadie toca. Mientras no se erradique a esta gente de la sociedad seguiremos cada vez peor.

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  3. Hace como diez años, salgo de la Facultad de Psicología a eso de las 8 de la noche y me dirijo a la parada. En Tristán Narvaja y Mercedes se forma un tumulto, gritos, etc, un grupo de gente, entre los que hay estudiantes de la Facultad, que practican un arresto ciudadano a un joven que intentaba robarle a un señor que iba caminando por la calle. Me impresionó y me impactó el grado de violencia, las patadas en el suelo, la saña tremenda, la sangre corriéndole por la cara, como diez personas pisándole todo el cuerpo para inmovilizarlo, etc, me sentí profundamente conmovida por esa escena, me pareció indignante que estudiantes de psicología se estuvieran prestando a semejante violencia. Seguí caminando hasta la parada de Mercedes, me dispongo a sacar el dinero para el boleto, del bolsillo, saco, cuento las monedas y el billete necesarios, guardo el resto. De pronto, y de la nada, me asalta un muchacho metiéndome la mano en el bolsillo del saco , sacándome los pocos billetes que tenía allí y sale corriendo. Me quedé experimentando sentimientos contradictorios. Sentada en el ómnibus, camino a casa, sentí que jamás estaré de acuerdo con la violencia ejercida sobre otra persona, aunque sea un delincuente. Creo que se lo puede detener y esperar que venga la policía, pero no ejercer violencia sobre él. Coincido con Ana.

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