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  1. Los títulos acreditan una capacidad personal, no sólo un conocimiento experto. Por eso es que aparece gente que se atribuye títulos que (afortunadamente) no pretendió jamás ejercer. Un examen es casi que una foto de un grado de comprensión y desarrollo de las ideas en una materia específica. Hacer una carrera implica postergar gratificaciones inmediatas durante años, lograr adaptarse a una miríada de docentes y de materias, con prioridades y formas de razonar diferentes. En muchos casos estos diplomas requieren además el desarrollo de algún proyecto final o de alguna tesina, que implica un esfuerzo personal de recopilación bibliográfica y de elaboración de una síntesis final. No es raro ver gente que «casi» se recibió de algo y que, cuando uno averigua qué es lo que le falta, es justamente un proyecto final, alguna tarea que va más allá de preparar un examen.

    En definitiva, el título dice sobre lo que esa persona fue capaz de imponerse como disciplina de trabajo, contra sus pulsiones más inmediatas, durante mucho tiempo y para alcanzar un objetivo de largo aliento. Es claro que no es la única tarea que acredita esas capacidades y que también habla sobre las condiciones materiales de quien lo hizo (aunque tener los medios no garantiza el éxito). De todos modos, aunque para algunos es mucho más cuesta arriba que para otros, ningún pero le quita al que lo obtuvo el haber logrado algo que no se hereda ni se compra.

    La prueba de que los títulos no son «cartoncitos» ni títulos nobiliarios, como a veces el discurso dominante parece entender, es justamente estos casos de políticos que se los atribuyen sin tenerlos.

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