La Orquesta Sinfónica de Londres en Montevideo

La Orquesta Sinfónica de Londres en Montevideo

La noche del 20 de mayo será una noche muy especial para los amantes de la música. La legendaria Orquesta Sinfónica de Londres, fundada en 1904, llega a Uruguay de la mano de su director titular, Sir Simon Rattle para tocar en el Auditorio Nacional del Sodre, como parte de la temporada de conciertos internacionales del Centro Cultural de Música. 

La cita es a las 20 hs. y el programa del concierto incluye obras de Benjamin Britten y Gustav Mahler. Oír con los ojos anticipó este evento con comentarios, música y la palabra de la presidenta del Centro Cultural de Música, María Julia Caamaño.

 

Detalles del concierto: Aquí.
Notas de programa por Guilherme de Alencar Pinto: Aquí.

Sobre Gustav Mahler
por Fernando Medina, conductor de Oír con los ojos

Nació en Bohemia, Austria, en 1860. Su padre, Bernard, un tabernero y un boticario era, al parecer, un hombre muy violento, que sin embargo sabía qué cosa era el arte y no solo no se opuso a que el pequeño Gustav aprendiera música sino que lo ayudó lo mejor que pudo en su formación. A los biógrafos de Mahler les gusta señalar que la violencia de su casa y la música azarosa de la calle (era muy común que cuando su padre estaba muy mal o muy violento Mahler escapara a la calle); la música de las bandas militares o de las procesiones fúnebres, formaron una huella indeleble en el corazón y en la memoria de Gustav Mahler.

Se convirtió en un gran director de orquesta. El mejor del mundo, en su día, llegando a ser director de la Ópera de Viena y de la naciente Filarmónica de Nueva York, por ejemplo. Pero su gran ambición era, claro, componer. Fuera de sus viajes y sus estadías prolongadas por trabajo, en Praga, en Hamburgo, en Nueva York, tuvo tres casas, que fueron auténticamente sus casas, en Steinbach y en Maiernigg, en Austria, y en Toblach, en el límite entre Austria e Italia. En cada una de esas tres estancias se mandó construir unas casetas mínimas, bien apartadas; alguna, como la Toblach, donde compuso la novena, con vista a un lago. ¿Para qué? Para componer. Para estar solo y componer. En esas casetas tenía siempre unos pocos libros -de Kant y de Schopenhauer, de Goethe y de Dostoievsky-; unas pocas partituras -de Bach, casi todas- y un piano. Su capacidad y su tenacidad para el trabajo eran notables. Durante el año dirigía los teatros más importantes del mundo, soportando siempre una enorme presión artística y social -Mahler, se sabe, era judío; esto le trajo muchísimas dificultades a lo largo de su vida, en Austria sobre todo- y durante el verano componía sus inmensas sinfonías y canciones.

Empujado por el pesimismo de Schopenhauer, primero y por la poesía china después, Mahler llevó la sinfonía a su último extremo, a los límites mismos de la armonía tradicional y a los abismos del sonido y de la emoción a los que ningún otro músico se había asomado, anticipando o provocando mucho de lo que sucedería en materia musical a lo largo del siglo XX.

Las tres primeras sinfonías de Mahler están hechas con canciones, con voces, con literatura. La cuarta es el paraíso de las tres primeras y es el puente hacia las tres que siguen. La quinta, la sexta, que es la tragedia sin resurrección y la séptima, extraña y fugitiva música nocturna, son puramente instrumentales y presentan la madurez del compositor. La octava quiere ser una afirmación espiritual como nunca se había escuchado. Ocho solistas, un coro inmenso, una orquesta monumental, el final del Fausto de Goethe. Quiere ser la salvación a través del conocimiento y el ascenso a los cielos. Pero serviría sobre todo de puente, una vez más, hacia lo que venía. Las últimas tres obras que son, ahora sí, la despedida nada saben de afirmaciones, de certezas, de felicidad.

Mahler vuelve, como Schopenhauer, la mirada hacia Oriente. La Canción de la Tierra, sinfonía sin numerar para tenor, contralto y orquesta, está toda hecha de poesía china, de Li Bai, de vino melodioso, de nieves del tiempo. Es un un canto bebible de indescriptible belleza que se apaga muy lentamente, como si se resistiera a la despedida. Pero el adiós era inminente. En 1907 le detectaron a Mahler una afección cardíaca incurable. Los médicos le dijeron sin miramientos que le quedaba muy poco tiempo de vida. Murió en Viena en mayo de 1911. Tenía 50 años. En esos últimos años pudo terminar la novena, acaso su obra maestra, pero nunca la pudo escuchar. En principio, porque Beethoven y Bruckner murieron después de componer su novena sinfonía, Mahler no había querido superar ese número y por esa razón no había numerado La canción de la Tierra, que también es una sinfonía. Sin embargo, dejó esbozados los cinco movimientos de una décima. Murió poco después de concluir el Adagio inicial.

En cuanto a la quinta sinfonía, la obra que se va a escuchar en el Auditorio Nacional del Sodre interpretada por Simon Rattle y la London Symphony Orchestra, data de 1904 (aunque Mahler la revisó muchas veces hasta poco antes de morir) y se la puede comparar con la Comedia dantesca. Consta de tres grandes partes en cinco movimientos. Primero la Trauermarsch, la marcha fúnebre y el Stürmisch bewegt, el movimiento “agitado y tormentoso”, que son el Infierno de la sinfonía, lento y oscuro y luego trepidante, doloroso y que presenta algo todavía peor hacia el final: un falso final feliz, un asomo de luz en lo alto que descorazonadoramente se desploma enterrando toda ilusión, cuando de un modo fantasmal la música vuelve al llamado de la marcha fúnebre. La segunda parte está compuesta por uno de los scherzos más extensos y audaces que se pueden escuchar. Es una enorme arquitectura de valses y ländlers, hecha con pasajes camerísticos elegantes y con potentes complejos orquestales, entre alegre y devastadora y que sirve de puente hacia la parte final, luminosa, el paraíso de esta música.

El famoso Adagietto (utilizado como banda sonora por Luchino Visconti en su película de 1971 Muerte en Venecia) que Mahler escribió a manera de carta de amor para su mujer, Alma Mahler y el Rondo-Finale se siguen sin interrupción y representan (acaso, pues lo caricaturesco, lo irónico no dejan de asomar) la última afirmación espiritual plena de Mahler, que ya no compondría más finales «feel good» para sus sinfonías. Compuso, sí, la celestial y goethiana conclusión de la octava (1907), pero por la trascendencia de su mensaje y por su ambigüedad compositiva se trata de una música de otra categoría. Este Mahler del final de la quinta es todavía el Mahler de lo pedestre, lo kitsch, lo alegre, lo esperanzador, que no se volvería a escuchar.

Foto: Centro Cultural de Música. Ranald Mackechnie para la London Symphony Orchestra

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