Oír con los ojos: Transversales sinfónicos

Oír con los ojos: Transversales sinfónicos

Fernando Medina de Oír con los ojos dialogó con la maestra Nathalie Marin (Francia) invitada a dirigir a la Orquesta Filarmónica de Montevideo este jueves 16 de mayo en el Teatro Solís.

El concierto lleva el título Transversales sinfónicos, modernismo y romanticismo, aludiendo al salto que va de la primera a la segunda parte del programa, de dos compositores vivos, en actividad a un gigante de la primera mitad del siglo XIX; un salto que viene de la propia formación musical de Marin. Luego de uno de sus ensayos, la maestra conversó sobre música y músicos con Fernando Medina.

¿Cómo se inició en el mundo de la música?

Me enamoré de la música muy temprano y no sé por qué, porque mi familia no es una familia de músicos. Sin embargo, mi hermano mayor y yo éramos apasionados de la música clásica, que no conocíamos, que no sabría decir de dónde salió. Lo que sé es que yo era una niña y ya quería ser directora de orquesta. Me fascinaba. Hacía la mímica y mi hermano me seguía… Pero bueno, empecé por tocar el clarinete.

¿Recuerda los primeros encuentros con las grandes obras de los grandes compositores?

De niña no, no recuerdo. Cuando comenzó mi vida musical en cambio sí, descubrí algunos grandes compositores vivos que fueron importantes para mí: Iannis Xenakis, Pierre Boulez, Henri Dutilleux. De los otros descubrí primero a los compositores asociados al repertorio de clarinete, como Mozart o Carl Maria von Weber, por sus conciertos; como Brahms o como Hugo Wolf, del que hay obras muy lindas para clarinete.

¿Como surgió su relación con ese instrumento?

Mi hermano mayor estudiaba el clarinete, y como en mi familia no había demasiados recursos, y yo quería estudiar música, me dijeron que para empezar compartiera el instrumento con mi hermano. Así empecé a tocar en la banda del pueblo en el que crecí, en Chavannes. Después, a los diez años entré al conservatorio de Lyon, que estaba como a 50 km. Pero yo quería dirigir. De manera que el clarinete y luego el piano fueron mi medio para llegar a la dirección, a lo que yo quería.

La dirección de orquesta, que es ¿el arte de… ?

El arte de integrar a los músicos. De llevar a la música en una cierta dirección. Porque en una orquesta hay grandes artistas. Cada músico toca con su personalidad y sus emociones, implicándose al máximo, pero en el momento de tocar, los violines tienen que ser un solo violín. Hay que lograr esa unidad, esa dirección común. Y luego ir más allá. Llegar al público. Lograr esa interpretación “divina” que buscamos.

Y en los compositores, en las partituras, ¿qué busca?

Yo trato de acercarme lo más posible a la partitura, a lo escrito por el compositor. Sabiendo que algunas veces -por ejemplo, los tiempos metronómicos de Beethoven- hay cosas que son relativas. Muchas cosas son relativas en una interpretación. Hay cosas que son relativas a la sala, a la orquesta. Cada concierto es único. Es lo más lindo del arte. Yo trato de acercarme al compositor y obviamente con los compositores vivos es más fácil. Con Schumann o con Mozart no nos podemos comunicar. Pero yo trabajé, por ejemplo, con Boulez y con Xenakis. Ellos usaban metrónomos que funcionaban muy bien. Entonces cuando yo dirigí Le Marteau sans maître lo trabajamos juntos. Boulez me dedicó toda una tarde. Y qué suceció; él había puesto una velocidad imposible; yo le dije que los músicos no podían tocar así; entonces me constestó “es verdad, me equivoqué, vamos a corregirlo”. Por eso es tanto más fácil con los músicos vivos.

¿Cómo era Pierre Boulez, el genio, en ese trato tan cercano, en sus colaboraciones?

Era un hombre muy serio pero muy generoso. No era simpático, pero siempre estaba disponible. Ponía todo su empeño. Era un hombre muy noble. Y fue el maestro de mi maestro, Michel Tabachnik, un gran director y un hombre muy generoso también.

La música de Boulez es difícil para el público. Quizá ¿demasiado difícil?

Es difícil, pero hay experiencias. Cuando yo dirigí Le Marteau sans maître dirigí la obra en grandes ciudades y también en pueblos pequeños y siempre acompañaba el concierto con una explicación de la obra. Con extractos de la música, que los músicos iban tocando, y explicando sobre todo cómo estaba construida la obra, porque es una muy bien construida. Eso, que me parecía indispensable, la volvía mucho más accesible.

A propósito de mujeres directoras, ¿qué tan lejos estamos de ver a una mujer dirigiendo a una de las grandes orquestas del mundo, como la London Symphony Orchestra o la Filarmónica de Berlín?

No sé si estamos tan lejos. Por ejemplo, Marin Alsop (Estados Unidos) está nombrada en la Filarmónica de Viena. Entonces eso es un gran paso.

¿Ahora mismo?

Para dentro de dos años. Es un gran paso. La maestra Simone Young (Australia) también, fue nombrada en Hamburgo. No es la Filarmónica de Berlín, pero es una gran orquesta. Hay pocas, sobre todo de la generación anterior a la de la maestro Amadio, que es la mía. Hay pocas, es cierto. Estamos nosotras también. Pero luego está la generación siguiente, en la que hay directoras jóvenes muy buenas, como Alondra de la Parra, la mexicana, Yeny Delgado, la argentina, Alejandra Urrutia de Chile, Sandra Cepes de Cuba… Eso es lo que me da la esperanza de que las cosas cambien. Hay cada vez más directoras y hay una toma de conciencia respecto de las injusticias del medio. Yo pienso que en América Latina hay más directoras mujeres que en Europa por eso mismo, por la toma de conciencia. En Francia, donde hay muchas orquestas, no hay ninguna mujer al frente de una orquesta estable. Hay sí reflexión. El ministerio de cultura, el gobierno, están viendo que hay algo que no funciona y esperamos que haya un progreso en ese sentido. Es lento, pero avanza.

El jueves en el Solís el público va a escuchar, en la segunda parte, un favorito como la cuarta sinfonía de Robert Schumann; pero en la primera parte dos obras que tal vez no conoce. ¿Qué puede contar?

Claro, por eso llamamos a este programa “Transversales sinfónicos”, porque combina cosas muy distantes. Las dos obras iniciales son de compositores -un compositor y una compositora- de América Latina. Un argentino y una uruguaya. La primera obra, Buenos Aires, Carpe Diem de Claudio Alsuyet (Bs. As., 1957) es una descripción musical de la ciudad hecha con muchos efectos de tango. Cuando la dirigí en Alemania fue difícil para los músicos. Aquí en Montevideo en cambio, con la Filarmónica, los profesores están muy familiarizados con el tango, con estos efectos de cuerdas que tiene la obra. Se tocó en muchos países. Es una obra que viaja y que gusta. Luego el hermosísimo Concierto para violín de la uruguaya Yanella Bia, que es parte de la orquesta, es un concierto muy accesible, con influencias varias, de Prokofiev, de Stravinsky, de ritmos latinoamericanos, con un sonido muy agradable. Yo invito al público a venir porque son obras a descubrir, en el caso del concierto con una solista además, Alejandra Moreira, que también es parte de la Filarmónica. Y con un gran clásico como la cuarta sinfonía de Schumann para cerrar la noche.

Por último, ¿hay alguna obra del repertorio universal que le gustaría especialmente dirigir?

Una obra que me gusta mucho es la Música para cuerdas, celesta y percusión de Bartók, un músico que me gusta mucho y esta es una obra suya que nunca pude dirigir. Y luego el Réquiem de Mozart. Nunca me propusieron que lo dirija y es una obra que ojalá, un día, antes de morir, pueda dirigir. Tal vez algún día.

Imagen: Orquesta Filarmónica de Montevideo.
Detalles del concierto: Aquí.

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