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Entrevista central, lunes 19 de octubre: Darío Villanueva

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Entrevista con el profesor Darío Villanueva, director de la Real Academia Española.

Vea el video de la entrevista

EN PERSPECTIVA
Lunes 19.10.2015, hora 8.18

EMILIANO COTELO (EC) —Si bien los especialistas en el tema suelen decir que la lengua es propiedad exclusiva de quienes la hablan, el idioma español tiene desde hace más de 300 años una institución dedicada a estudiar sus reglas y a generar normas destinadas a fomentar la unidad. Ya saben de quién estoy hablando, ¿no? De la Real Academia Española (RAE).

Entonces, ¿de quién es el idioma español? ¿Qué es, en definitiva, hablarlo bien o hablarlo mal? ¿Cómo debemos pararnos ante la avalancha de palabras que atraviesan las fronteras del idioma y se instalan en nuestro vocabulario sin esperar que un cuerpo de académicos vote si deben formar parte o no de la nueva edición del Diccionario de la RAE?

Hoy está con nosotros un invitado ideal para conversar a propósito de estos temas. Se trata del filólogo Darío Villanueva, director de la RAE, que por estos días se encuentra en nuestro país, en su condición de presidente de la Asociación de Academias de la Lengua Española (Asale).

También está con nosotros el profesor Adolfo Elizaincín, presidente de la Academia Nacional de Letras (ANL), que es, de algún modo, su anfitrión. …Y su compañero de viaje, porque ambos acaban de llegar de Chile…

DARÍO VILLANUEVA (DV) —Es verdad, llegamos el sábado de Chile, compartimos un amable almuerzo uruguayo ayer domingo y hoy tenemos un día muy cargado de entrevistas y de actividad en la propia Academia.

EC —Empecemos por aclarar qué es y qué hace la RAE…

DV —Nacimos hace 300 años como una iniciativa de ocho personas preocupadas simplemente por el conocimiento de la lengua española y sobre todo por la influencia muy fuerte que entonces estaba ejerciendo sobre ella el francés. Es una iniciativa por lo tanto de lo que ahora modernamente llamamos la sociedad civil. No fue una iniciativa del gobierno, no fue tampoco una iniciativa de la corona, fue una iniciativa pura de la sociedad civil a base de estos ocho primeros académicos. Si bien es cierto que ellos comunicaron su creación al rey Felipe V y el rey Felipe V la tomó con mucho interés y en un año, mediante una real cédula, le concedió el título de real y la puso bajo su protección.

Desde entonces la Academia tomó como objetivo, primero, dotar a la lengua española de un diccionario. Porque el castellano o el español fue la primera entre las lenguas europeas que tuvo un vocabulario, un diccionario –el famoso Vocabulario de Covarrubias a principios del siglo XVII–. Pero luego ese diccionario, que era meritorio pero científicamente bastante endeble, se vio superado por el diccionario que hicieron en Italia los miembros de la llamada Accademia della Crusca, en Florencia. Y luego también por el diccionario francés de la Académie Française. Entonces pensaban que España estaba en manifiesta desigualdad, en inferioridad, y que casi era un oprobio nacional ese fallo. Se pusieron a trabajar y crearon el famoso Diccionario de autoridades, en seis tomos, que empezó a publicarse en el año 1726 y acabó en el año 1739. Luego siguieron con una ortografía y una gramática. Y eso es lo que hemos venido haciendo desde entonces hasta ahora, hemos cumplido 300 años fundamentalmente dedicados a ese cometido.

EC —Usted destacaba que la RAE fue una iniciativa de la sociedad civil. Y de hecho hoy continúa siendo una institución privada.

DV —Sí, es una institución privada, pero de derecho público.

EC —¿Cómo es eso?

DV —Es una fórmula jurídica. Yo no soy jurista, pero en el régimen legal español existe tal posibilidad –algo parecido ocurre con las fundaciones–, y en consecuencia mantenemos ese estatuto, por lo cual seguimos vinculados de manera muy directa a la corona.

EC —El Estado español hace un aporte anual a la RAE, pero esta tiene otras fuentes de ingresos.

DV —Exactamente. En los momentos mejores el Estado aportaba algo menos del 50 % de nuestro presupuesto. Ahora con la situación de crisis económica que vive nuestro país, en los últimos tres años hemos visto rebajada la aportación del Estado en un 60 %.

Pero la Academia tiene otras dos fuentes de financiación. Una, que viene de atrás, es la venta de las gramáticas, los diccionarios, las ortografías y otras obras académicas de tipo literario. Aquí también estamos pasando malos momentos, porque el mundo editorial está muy constreñido en este momento.

Y por último, desde hace 22 años contamos con un instrumento muy eficaz, que es la Fundación pro-RAE, que constituyó el rey Juan Carlos I, con una decidida adhesión del que entonces era presidente del Gobierno, Felipe González. Es una fundación que tiene un capital importante y con los rendimientos financieros de ese capital nos ayuda todos los años a nuestro presupuesto. Lo que también ocurre es que los rendimientos financieros están bajando últimamente, como todo el mundo sabe.

EC —…Desde que asumió como director en enero pasado usted ha hablado de que uno de sus desafíos es equilibrar las cuentas…

DV —Exactamente.

EC —  Si entiendo bien, la RAE no está teniendo que endeudarse. Cubre sus déficits con ese respaldo que tiene: lo generado por la fundación. De todos modos, en algún momento esos recursos se van a terminar, así que hay que tomar medidas [para ajustar el presupuesto].

DV —Sí, pero estoy bastante satisfecho incluso por noticias muy recientes que puedo trasmitir a nuestros oyentes aquí en Montevideo. La semana pasada, hace ahora siete días, pusimos en línea en la red, de nuevo de acceso gratuito, la vigesimotercera edición del Diccionario de la lengua española. La oferta está teniendo un éxito enorme. Por ejemplo, el mes pasado, en setiembre, aunque todavía era la versión anterior, tuvimos 41,5 millones de consultas. En 2014 el Diccionario tuvo 40 millones de consultas –no son personas distintas, porque una persona puede hacer varias– mensuales de media. Y esta vez hemos conseguido un patrocinador, una entidad bancaria catalana ha decidido apoyar, a modo de patrocinio, esa oferta gratuita y pública del Diccionario por una cantidad que nos viene a ayudar de manera francamente decisiva en nuestro desequilibrio presupuestario.

EC —Es sin duda una buena noticia, porque las publicaciones de la RAE habían ido perdiendo peso como fuente de ingresos por muchas razones: por la crisis pero además por el avance de las nuevas tecnologías, por ejemplo por el pasaje de muchas de las personas que suelen consultar el diccionario de la RAE a la edición online. Si ahora ustedes logran que la consulta online les signifique un ingreso, ahí empiezan a acomodarse los números de la RAE.

DV —Exactamente. Lo cual no quiere decir que estemos decididos a prescindir del diccionario libro. Vamos a seguir haciendo el diccionario libro, pero cambia el orden de los factores. Hasta ahora el diccionario era un libro que se digitalizaba, y a partir de ahora el diccionario va a ser un diccionario de planta y de concepción digital del que haremos libros. […]

Además quiero decir que aunque estemos hablando de Real Academia Española, cuando hablamos de diccionario, cuando hablamos de gramática, de ortografía, hablamos de la Asale. Son obras que asumimos todos, que elaboramos entre todos, cuya doctrina es el resultado del consenso, y parte también de los rendimientos se distribuyen entre todos los miembros de Asale.

Entonces ahora trajimos a Chile un documento con las bases de lo que va a ser el nuevo diccionario. Porque habiendo cumplido 300 años como hemos cumplido, es curioso, pero viene a coincidir con un momento casi de refundación del Diccionario. Las cosas están cambiando tanto que hay que replantear el Diccionario para hacerlo desde el principio un diccionario digital. Entonces este documento ha quedado en poder de todas las academias, la filipina, las academias de América… Y por cierto otra novedad que me gusta trasmitirles es que está recién creada la Academia Ecuatoguineana de la Lengua Española. Porque en África, Guinea Ecuatorial es un país que también tiene el español como lengua oficial, en donde el español se habla, no es solo una declaración legislativa, sino que es algo vivo y natural. Entonces vamos a incorporar como vigesimotercera academia la Academia Ecuatoguineana de la Lengua Española.

Entonces vamos a estar trabajando en este documento, y como tenemos congreso de las academias en México el próximo mes de noviembre, allí lo vamos a aprobar y a partir de ahí entre todos vamos a establecer la planta de un proyecto muy ambicioso pero muy esperanzador, que es el nuevo diccionario de base digital de la lengua española, que será la vigesimocuarta edición del Diccionario.

***

EC —Profesor Elizaincín, cuando entienda que hay algo para agregar, el micrófono está a su disposición.

ADOLFO ELIZAINCÍN (AE) —Okay, gracias.

EC —Ahora que ya hicimos la presentación, ¿cuál es el papel de una academia de la lengua, de la RAE en este caso, en coordinación con las academias de los distintos países?

DV —Como somos 22 academias y dentro de poco seremos 23, con la ecuatoguineana –por cierto la anteriormente creada a la ecuatoguineana es la Academia Norteamericana de la Lengua Española, es decir que en Estados Unidos, América del Norte, hay una academia de la lengua española–, la tarea es compleja pero muy sencilla de explicar. Por un lado, todos nos ocupamos del español común que todos compartimos, y luego cada una de las academias le presta especial atención a la variedad específica de su propio país.

EC —Pero ustedes sostienen que la Academia no inventa la lengua, sino que registra lo que ya existe y que es la gente quien es propietaria de su lengua. Entonces, ¿cuál es el sentido de una institución como esta?

DV —Siendo así de manera absolutamente cierta que la lengua la crean los hablantes, los hablantes la hacen evolucionar, cada generación se incorpora al uso de la lengua con una visión distinta de ella y la enriquece, pero es necesario que exista algún organismo encargado de asentar los grandes códigos de la lengua. Eso sí que los hablantes no lo pueden hacer, porque no está dentro de su competencia ni de su disponibilidad. Entonces hay una institución en la que unos expertos precisamente en el estudio de la lengua vayan consolidando los grandes códigos del idioma, que son por un lado la gramática, fundamental, por otro lado la ortografía, no menos importante, porque la ortografía es la que permite que una misma lengua sea escrita con los mismos signos en partes distintas. Nosotros tenemos la suerte de que desde el siglo XIX, con una gran generosidad por parte de América y una influencia extraordinaria de la figura de Andrés Bello, llegamos a un acuerdo de unificación ortográfica. Hay otras lenguas que no han llegado todavía a ese acuerdo. Es el caso del portugués, que tiene unas dificultades grandes entre la ortografía de Brasil y la ortografía de Portugal. Y luego está también el diccionario. El diccionario realmente no es un código, pero es la recopilación de las palabras, no de todas, porque un diccionario tiene una capacidad, en el Diccionario no podemos meter todo el español; sin embargo ahora el diccionario digital sí que puede llegar a aspirar a ponerlo todo.

EC —Casi casi podría ponerlo todo.

DV —Entonces esta función, preparar gramáticas, ortografías, diccionarios, esto sí que el hablante no tiene la capacidad ni la responsabilidad de hacerlo y ahí es donde entramos las academias.

EC —Pero por ejemplo, la RAE o las academias, ¿aprueban o rechazan palabras?

DV —No; registran palabras. En el caso por ejemplo de los extranjerismos, procuran sugerir formas de adaptación que sean más genuinas, más adaptadas al espíritu de nuestra lengua, pero siempre acaban recogiendo y reconociendo la voluntad soberana de los hablantes.

EC —El último mensaje que llegó de la audiencia, de Fructuoso, dice: “Acabo de escuchar al invitado adjunto –supongo que se refiere al profesor Elizaincín–, que aceptaba intervenir y lo dijo con un okay. ¿Pertenece esta expresión a la lengua española?”. Muy perspicaz, muy detallista el oyente.

AE —Ya lo veo, sumamente detallista. No pertenece, no, pero está incorporado al uso habitual, por lo menos de esta zona.

***

EC —Leí en una entrevista que le hacían hace algunas semanas que la palabra selfie ha generado mucha controversia entre los académicos.

DV —Sí; es una palabra de reciente irrupción en el español, muy unida a una moda que incluso llegó a popularizar el propio presidente Obama, cuando hizo unas fotos de este tipo en Sudáfrica. Nosotros la hemos analizado, la cuestión era si tenía que entrar o no en el Diccionario de la lengua española. Generalmente en esto la Academia lo que hace es guardar una cuarentena, porque hay unas palabras que yo llamo “palabras globo”, que son neologismos, extranjerismos, que aparecen con muchísima fuerza, muchas veces vinculadas a una moda, pero que luego se desinflan, pasado un poco tiempo pierde fuerza la palabra porque la moda deja de tener tanta actualidad.

EC —¿Por qué habría que incorporar la palabra selfie al idioma español? Otra posibilidad sería que fuera una palabra que se utilizara en la conversación entre gente que habla español pero como un término del inglés, que es de donde viene.

DV —Sí, eso está perfectamente previsto en la elaboración de nuestro Diccionario. Distinguimos entre lo que llamamos anglicismos crudos y anglicismos adaptados. El anglicismo crudo es una forma del inglés que sin embargo se utiliza y en el Diccionario aparece en letra cursiva y en la escritura hay que ponerlo en cursiva. En cambio hay otros anglicismos que se adaptan de un modo o de otro al español. Aquí tenemos muy en cuenta la frecuencia de uso. Un selfie –o una selfie, siempre hay también el problema de los géneros– no deja de ser una autofoto.

EC —…O un autorretrato

DV —…Pero autorretrato ya tiene una significación de suyo anterior, esa casilla está ocupada. En cambio autofoto refleja muy bien lo que un selfie es. Hemos hecho trascender nuestra opinión acerca del término autofoto, que tampoco es largo… porque el inglés lo que sí hay que reconocerle es que es una lengua muy económica, muy directa, con palabras monosílabas o bisílabas expresa muchas cosas. Y a veces el equivalente que le podríamos dar en castellano, en español, es mucho más circunflejo, mucho más perifrástico.

EC —¡Si lo sabremos los periodistas! La facilidad con que titula un medio de prensa estadounidense o británico. En un medio escrito en inglés se necesita menos espacio para titular que en un medio uruguayo o español.

DV —Es verdad. De todos modos, a veces no ocurre así. El otro día tuve un auténtico trallazo lingüístico viajando por La Mancha, La Mancha de don Quijote, en la provincia de Ciudad Real. En medio de ese páramo, muy hermoso por otra parte, me encontré con un local no de buena nota, de carretera, que se anunciaba con unas grandes letras de neón que decían “Show girls, low cost”. Y eso en español sería algo así como ‘burdel barato’, es decir que con dos palabras españolas…

EC —¡…Pudo haber sido más breve en español!

DV —Claro, en ese caso sí que nosotros hubiésemos podido ganarle al inglés.

EC —Pero quizás la idea de poner ese nombre en inglés era darle una cierta categoría [al lugar].

DV —Claro, claro, ese es el problema…

AE —…El mayor prestigio de otra cultura…

DV —Es así. Por eso estamos preparando ahora con la Academia de Publicidad un simposio acompañado de una campaña publicitaria para frenar el uso en la publicidad de términos ingleses innecesarios, simplemente porque se considera que dan un valor añadido de prestigio y de calidad a las cosas. Eso es desesperante, es una forma de papanatismo de una lengua rica y potente como es la nuestra.

EC —Vayamos a otro ángulo en estas mismas discusiones. Hace un par de años se organizó desde Uruguay una campaña denominada “Borremos el racismo del lenguaje”, en la que se le solicitaba a la RAE la eliminación del Diccionario de la expresión como un negro.

DV —Trabajar como un negro.

EC —Por ejemplo, “estuve trabajando como un negro”. ¿Cómo se procesan en la RAE y en el diálogo con las academias este tipo de planteos?

DV —Tenemos muy claro en este sentido que no podemos hacer un diccionario censurado. No podemos elaborar diccionarios políticamente correctos. Sencillamente porque la lengua no es políticamente correcta. Ya Aristóteles en La política dice aquello, que yo siempre suelo citar, de que las palabras sirven para lo justo y para lo injusto, para lo conveniente y para lo que no lo es. Las palabras sirven para ser educado, para ser cortés, para ser justo, pero también sirven para ser canalla, para ser injusto, para ser arbitrario, sirven para ser racista, para ser machista. Y eso no es culpa del diccionario que recoge esas palabras, eso es algo que está en la sociedad y luego cada individuo sabe qué palabras debe utilizar en función de su conducta y de su comportamiento. No podemos hacer un diccionario seráfico, angélico, un diccionario solo de las palabras bonitas, porque eso sería simplemente ejercer una forma de censura.

El primer diccionario que hizo la Academia, conocido como Diccionario de autoridades, empezó en el año 1726, y en el prólogo dice “este diccionario no contendrá nombres propios –lo cual es normal, porque los nombres propios pertenecen a las enciclopedias– ni aquellas palabras que designen desnudamente objeto indecente”. En el Diccionario de autoridades no hay ningún término que tenga que ver con el sexo, con los órganos sexuales, con las prácticas sexuales, que tenga que ver con el cuerpo, con la escatología. ¿Sería aceptable en el siglo XXI que el Diccionario de la lengua española no recogiera estas palabras? Evidentemente no. Por lo mismo, no puede ejercer censura sobre expresiones que existen. El diccionario no inventa jamás ninguna de estas expresiones, sino que simplemente las recoge. Y por supuesto tampoco las promociona ni solicita de los hablantes que las usen. Pero las palabras tienen que estar registradas y las expresiones también.

Por cierto, la víspera de venirme para Chile en la televisión española hubo una entrevista con la comunidad china, que son enormemente trabajadores, y una de las mujeres entrevistadas, que ya hablaba un español muy bueno, decía “nosotros trabajamos como chinos, pero disfrutamos como españoles”. Porque también existe la expresión trabaja como un chino, como trabaja como un negro. Francamente tampoco creo que haya ahí ninguna voluntad, las personas suele decir, al margen de su color de piel, “he trabajado hoy como un negro”, sin ningún afán peyorativo.

EC —Profesor Elizaincín, aquí en la ANL, ¿fue sencillo intermediar en este asunto? ¿Cómo se terminó de resolver?

AE —Tuvimos en su momento entrevistas con el colectivo que promocionaba el pedido a la Asale de quitar trabajar como un negro del Diccionario, y después de varios encuentros conmigo y con otros académicos creo que quedó clara esta posición –que es la de todas las academias– que acaba de exponer don Darío.

Además yo usaba otro argumento cuando hablaba con esta gente, en el sentido de que trabajar como un negro seguramente está registrado en infinidad de textos escritos de la lengua. Supongamos que el Diccionario quita esa expresión trabajar como un negro –que además a mí no me parece peyorativa, al contrario, me parece que habla bien de la persona que dice de sí misma “trabajé como un negro”, quiere decir “trabajé mucho”–; un lector de donde sea que encuentre trabajé como un negro va al diccionario a ver qué quiere decir y no lo tiene. Eso no puede ser, el diccionario no puede censurar, tiene que mostrar lo que es. Y no significa que estemos de acuerdo para nada con la cosa peyorativa de la palabra negro.

***

EC —Últimamente existe un movimiento muy fuerte que promueve que el idioma español introduzca una perspectiva de género. En esta región de América Latina se ha empezado a hablar insistentemente de presidentas, intendentas, gerentas… ¿Cómo lo ve usted en su condición de académico de la lengua?

DV —Está totalmente aceptado.

EC —Sí, si vamos al Diccionario online, la palabra presidenta existe.

DV —Existe, claro. Esto es resultado de la evolución de la sociedad. Por ejemplo, antaño en el diccionario existía la palabra embajadora, pero significaba ‘esposa del embajador’. Hoy no, la embajadora es la representante, la ministra representante de uno de nuestros países en otro, porque hay embajadoras profesionales. Igual que hay coronelas, comandantas en los ejércitos y generalas.

Otra cosa distinta es el problema de los dobletes, considerar que el masculino cuando hablamos en términos generales no es inclusivo del femenino. En España se utiliza mucho, a título de referencia, a veces irónica, la muletilla “los vascos y las vascas”, este tipo de doblete que en alguna constitución además da lugar a páginas verdaderamente muy pesadas. Consiste en no aceptar que cuando hablamos en términos generales y decimos “el hombre” estamos refiriéndonos al hombre y a la mujer. El idioma es una convención.

EC —Pasando en limpio, presidenta hoy ya está totalmente aceptado. Pese a que en realidad no sería necesaria esa palabra, porque la palabra presidente define a quien preside, ese es el significado, sea hombre o sea mujer.

DV —Sí, y además presidente no tiene la o, que es el morfema que designa el género masculino y que tiene como correlato la a, que es el morfema que designa el femenino. La e está a medio camino, en ese sentido es inclusiva. Pero la presión de la sociedad, el desarrollo de los roles, los papeles de las mujeres en la sociedad han llevado a esta reiteración de presidenta y no hay ningún problema en aceptarlo y de hecho está aceptado.

El problema mayor es intentar alterar la naturaleza básica del idioma, que en el caso del español considera que el masculino, cuando se habla genéricamente, incluye el femenino. Entonces se duplica la expresión.

EC —Por ejemplo, “cumbre de jefes y jefas de Estado”.

DV —Y así continuamente. En España hace años una ministra se hizo muy famosa porque en su primera intervención pública ante una asamblea dijo “miembros y miembras del partido”. El idioma es un sistema de equilibrios y hay que tener también un cierto sentido ecológico del idioma, no podemos desequilibrarlo. Yo por ejemplo, cuando me preguntaban a raíz de esa intervención de la ministra, decía que hay que tener cuidado, porque si resulta que un hombre es miembro y una mujer es miembra, entonces los brazos son miembros, pero las piernas serán miembras. A partir de ahí tendríamos que empezar a corregir todo el idioma, no solo el punto exclusivo en el que la ministra lo ha hecho. Hemos respondido con un estudio muy completo realizado por el ponente de la gramática de la lengua española Ignacio Bosque, que está en nuestra página web.

AE —En la de la Academia nuestra también.

DV —Es simplemente defendiendo esto, que el sexismo se manifiesta en las conductas y también en el modo de hablar, pero no se manifiesta en la estructura gramatical de un idioma. En este sentido los idiomas no tienen pecado, tienen una estructura. Hay algún idioma exótico en el que el inclusivo es el femenino, porque los idiomas tienden a la economía, entonces en vez de mantener el doblete se elige uno de los dos géneros. Nuestro idioma ha tomado la decisión inclusiva con el masculino y creo que esto debemos aceptarlo, no como un agravio ni como una ofensa sexista, sino como una naturaleza propia de la esencia del idioma.

EC —Pero es difícil hacer entender ese criterio. Hay movimientos que a esta altura son muy fuertes, que tienen un peso grande en la sociedad, en los debates.

AE —Creo que hay que aceptar que históricamente el español se manifestó finalmente como una lengua en la que el género masculino es el “género por defecto”, hablando en términos de computadoras. El primero que aparece, el que cubre todo o no marcado –también decimos género no marcado–, eso se estableció así históricamente, nadie decidió que fuera así por algún decreto o lo que fuera. Hay otras lenguas bastante exóticas que hacen lo contrario, el género no marcado es el femenino, y el femenino cubre todo.

EC —Es apabullante la cantidad de consultas, preguntas, opiniones de los oyentes a propósito de este tema. Está claro que hoy no vamos a poder agotarlas todas, que da para seguir charlando con usted, con otros académicos uruguayos. Pero vamos a un par de preguntas en el final.

Una de ellas viene de la audiencia, la plantea Álvaro y se refiere al nombre de este idioma que hablamos: “En algunos lugares cuando uno se refiere a la lengua española o al idioma español, lo corrigen diciendo ‘no, lengua castellana o simplemente castellano’. Entonces, ¿cómo se llama el idioma que hablamos?”.

DV —Se llama de las dos maneras, son dos palabras absolutamente sinónimas. Castellano y español significan lo mismo, remiten a lo mismo, a la misma realidad, a la lengua que compartimos 500 millones de hablantes. Es cierto que históricamente la primera denominación fue castellano, cuando la lengua empezó, el romance derivado del latín que va ocupando toda la zona central de la península ibérica comienza en Castilla y por eso se llama castellano. Pero luego, cuando esta lengua va evolucionando, llega un momento en que se llama también español. Por lo tanto, que no haya ningún problema en utilizar cualquiera de los términos.

Es cierto que a veces la distinción se establece sobre ciertos criterios de tipo político, intentando limitar el alcance de la lengua cuando se la llama solo castellano y evitando identificarla con lo español. Yo no tengo ese tipo de prejuicios ni de pruritos, para mí, y para el Diccionario y creo que para la mayoría de los hablantes es absolutamente igual utilizar el término castellano o el término español.

EC —En una de las entrevistas que le han realizado en estos meses, usted decía que, como se estaba festejando el año del tercer centenario de la RAE, habían empezado a trabajar en lo que debe ser el futuro de esta institución en los próximos 300 años. ¿Es razonable pensar a tan largo plazo? ¿Qué es lo que están proyectando?

DV —Estamos proyectado, sobre todo, la acomodación de la Academia a la nueva sociedad digital. Es decir que la Academia tenga sitio en esa sociedad, preste sus servicios como los prestó hasta ahora, durante 300 años. Efectivamente, no deja de haber algo de mercadotecnia, de publicidad en la afirmación mía. Yo por supuesto no estaré ahí para ver si la profecía… pero como deseo me parece legítimo, porque hay que pensar que la RAE ha resistido 300 años, en los que ha ocurrido de todo en nuestro país y en el mundo entero. Y si ha resistido esos 300 años, pues no hay por qué no pensar que pueda resistir otro tanto. Eso sí, para ello es imprescindible que no se convierta en una institución anquilosada, en una institución totalmente anacrónica, sino que participe de la propia evolución de la sociedad. Y como las academias trabajamos sobre la lengua y la lengua es consustancial a la sociedad y sus evoluciones, lo que tienen que hacer las academias es ponerse al tanto de esas evoluciones, ponerse en la vanguardia de esas evoluciones, para poder prestar sus servicios. Si presta servicio, la Academia –las academias– seguirá perviviendo.

EC —Me llamó la atención el cuidado que puso cuando admitió que en este planteo había algo de mercadotecnia. Dijo mercadotecnia, no marketing.

DV —Sí, porque es la palabra que traduce el término inglés que otros prefieren utilizar. Marketing es un anglicismo crudo, sin duda alguna.

Vea el video de la entrevista

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Transcripción: María Lila Ltaif

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