Entrevista central, miércoles 20 de abril: Milton Tróccoli

Entrevista con el sacerdote Milton Tróccoli, secretario general de la Conferencia Episcopal del Uruguay.

Video de la entrevista

EN PERSPECTIVA
Miércoles 20.04.2016, hora 8.19

EMILIANO COTELO (EC) —La semana pasada la Iglesia católica uruguaya pidió perdón a quienes han sufrido abusos sexuales por parte de sacerdotes y religiosos en nuestro país. En una declaración emitida por la Conferencia Episcopal del Uruguay (CEU) titulada Perdón y compromiso, se indica textualmente: “Sentimos dolor y vergüenza, ya que son personas que, habiendo prometido servir a Dios y al prójimo, cometieron actos aberrantes”.

Los obispos explicaron que el tema se volvió a tratar en la asamblea plenaria que mantuvieron entre el 6 y el 12 de abril “frente a las resonancias generadas por la película estadounidense Spotlight [estrenada en Uruguay como En primera plana], que llevó a varios medios de comunicación uruguayos a realizar sus propias investigaciones”.

Al final del encuentro, que tuvo lugar en Florida, se habilitó una línea telefónica atendida por asistentes sociales y psicólogos destinada a recibir nuevas denuncias.

¿Cómo va a funcionar esa línea? ¿Cómo ha encarado la Iglesia católica este tema?

Vamos a conversar de estos asuntos con Milton Tróccoli, obispo auxiliar de Montevideo y secretario general de la CEU.

La decisión de pedir perdón no es un hecho cualquiera. ¿Todas las Iglesias católicas del mundo han ido dando ese paso?

MILTON TRÓCCOLI (MT) —Sí; es un paso que hay que dar cuando vemos algo que realmente ha herido a personas que han confiado en la Iglesia y que han sido víctimas en este caso de abuso sexual, y mucho más cuando, como decíamos en el comunicado, sentimos dolor y vergüenza por lo sucedido. El papa Benedicto, que fue el que tuvo que afrontar la primera ola de denuncias, sobre todo en EEUU y en Irlanda, fue el primero que salió a pedir perdón en nombre de la Iglesia. Y nosotros reunidos como Conferencia Episcopal veíamos que era un paso importante manifestar nuestro dolor a las víctimas y pedirles perdón. Como he dicho en otras ocasiones, ya una víctima sola es mucho en esto.

EC —¿Por qué recién ahora? Porque los hechos que narra la película Spotlight son a esta altura viejos, aquella investigación periodística del diario The Boston Globe tomó estado público en 2002. Sus consecuencias en la Iglesia fueron inmediatas, en EEUU y también en otras partes del mundo, e incluyeron la reacción del propio papa de la época, Benedicto XVI. ¿Por qué la reacción en Uruguay se produce en el año 2016?

MT —Por un lado porque han tomado estado público algunas denuncias, sobre todo la investigación que hizo el diario El País, y a la vez porque como CEU hemos venido dando pasos, primero la elaboración de un protocolo para el caso de denuncia de abuso, después el año pasado recibimos a expertos de la Iglesia de Chile en prevención de abusos, y ahora toda esta reflexión nos ha llevado a querer dar un paso más que veíamos importante y que quizás estaba en el debe, que era el hacer un pedido de perdón público y como CEU.

EC —¿Han analizado por qué en la Iglesia católica han ocurrido tantos de estos casos protagonizados por sacerdotes? La declaración dice: “Sentimos dolor y vergüenza, ya que son personas que, habiendo prometido servir a Dios y al prójimo, cometieron actos aberrantes”. Teniendo en cuenta eso, ¿qué examen, qué estudio han hecho sobre este fenómeno, que es un fenómeno extendido por todas partes?

MT —Sí, desde el año 2002, quizás un poco antes, han aparecido numerosas investigaciones y estudios sobre este tema. Por supuesto, nos ha llevado a reflexionar, y hemos visto por un lado que el tema del abuso es un fenómeno social, no es un fenómeno que afecte exclusivamente a la Iglesia, sino que ese fenómeno social también ha afectado a la Iglesia católica, y por otro lado nos ha llevado a poner mayor atención en los procesos de formación tanto de sacerdotes como de consagrados y en el proceso de “selección de candidatos”.

EC —Mi pregunta apuntaba a lo ocurrido hasta ahora: ¿por qué eso que ocurre en otros sectores de la sociedad termina ocurriendo dentro de la Iglesia católica?

MT —Pienso que es la mirada desde la debilidad humana, y quizás también que probablemente no hemos tenido los cuidados necesarios, que ahora se ven con más claridad, para que esto no sucediera.

EC —Ustedes dicen que cometían “actos aberrantes”; no solo cometían actos aberrantes en sí mismos, como el abuso de menores, además lo hacían aprovechándose de su posición privilegiada como supuestos referentes y guías, y por último continuaban con sus vidas, continuaban con sus actividades pastorales como si nada. O sea que además estaban siendo hipócritas y mentirosos. ¿Cómo evalúan ustedes que personas con esas tendencias fueran sacerdotes? ¿Cómo se entiende eso?

MT —No quiero jugar al psicólogo, pero sin duda hay una disociación de la persona y una incoherencia muy grande, en cuanto a que por un lado están en el servicio sacerdotal, en el ministerio, en contacto con lo que para nosotros es lo más sagrado, y por otro lado tienen actitudes totalmente reñidas con su condición. También vemos –lo hablaba hace unos días con los seminaristas– que el que no actúa de acuerdo a como piensa termina pensando de acuerdo a como actúa. A veces estos hechos empiezan con pequeñas licencias que la persona se va dando, que van derivando en cosas cada vez más graves, entonces la persona va autojustificándose, al punto de racionalizarlo de modo de poder llevar una vida realmente disociada, por un lado el sacerdote y por otro lado una persona que está violando sus compromisos sagrados, sin tener en cuenta además la vida y la dignidad de otros.

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