Entrevista central, viernes 8 de setiembre: Julián Goyoaga, Camila de los Santos, y María Cristina Zavalkin.

Entrevista con Julián Goyoaga, Camila de los Santos, y María Cristina Zavalkin.

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EN PERSPECTIVA
Viernes 08.09.2017, hora 8.27

Video de la entrevista

EMILIANO COTELO (EC) —16 de abril de 1984. La dictadura mostraba signos de apertura y aparecía cada vez más cercano el retorno de la democracia, que se concretaría siete meses después con las primeras elecciones. Sin embargo, aquel día el gobierno militar cometió su último crimen.

El médico Vladimir Roslik, que había sido detenido en la localidad de San Javier acusado de integrar una célula guerrillera comunista, moría durante una sesión de tortura en el Batallón de Infantería n.º 9 de Fray Bentos. Su asesinato, que pudo probarse por la valentía de su viuda y por la audacia de varias investigaciones periodísticas, tuvo enorme repercusión aquí y en el exterior.

Treinta y tres años después, una película pone el foco en la huella que aquella muerte de Roslik dejó en su familia y en el pueblo de San Javier, una colonia rusa fundada en 1913 en el departamento de Río Negro. Roslik y el pueblo de las caras sospechosamente rusas. Ese es el título del documental que se estrenó el jueves de la semana pasada.

Para conocer cómo se realizó este trabajo, nos acompañan su director, Julián Goyoaga, Camila de los Santos, asistente de dirección y jefa de producción, y por teléfono, Mary, María Cristina Zavalkin, viuda de Vladimir Roslik, que vive en Paysandú.

Julián, tú encabezás junto con Germán Tejeira la productora Raindogs, que llevó adelante dos largometrajes hasta ahora, Anina, de dibujos animados, en 2013, y Una noche sin luna, en 2014. ¿Cómo nació este otro proyecto?

JULIÁN GOYOAGA (JG) —Este proyecto es de esa primera generación de proyectos que desarrollamos. Nace de un grupo de gente que estaba desarrollando un tratamiento documental sobre el caso y sobre la colonia San Javier, entre los que estaba Valentina Bugaiov, que es sobrina de Vladimir y que fue la que llevó el caso al grupo. Ellos son los que nos llaman para ver si estamos interesados en hacer la producción y la dirección de una película basada en esto.

EC —O sea que había hasta algún vínculo familiar con el lugar y con la historia. Ahora se entiende un poco más por qué gente tan joven se involucra con aquellos hechos. ¿Qué edades tenían ustedes cuando ocurrieron estas situaciones que vamos a comentar?

JG —Yo tenía 13 años.

CAMILA DE LOS SANTOS (C de los S) —Yo no había nacido.

EC —Sobre el asesinato de Roslik se ha escrito mucho, investigaciones periodísticas, dos libros, por ejemplo. Sin embargo acá ustedes, además de reconstruir el caso en sí, corren el foco y lo ponen en la huella que dejó todo aquello en el pueblo y en la familia Roslik. ¿Por qué ese encare?

JG —Quizás un poco por esto que estamos hablando, una visión más generacional. Vale (el hijo de Vladimir Roslik y de Mary) tenía solo cuatro meses cuando matan a Vladimir y hoy tiene ya 33 años. Entonces una cosa que a mí me interesaba mucho es cómo vive él… porque siempre se habla “hay que dar vuelta la página”, “mirar para adelante”, olvidarnos de aquello. Pero hay gente que sigue hoy en día cargando estas mochilas, y era la perspectiva que nos interesaba buscar, hoy, en el presente. Sí revisitar aquella historia, pero desde hoy, desde el presente, desde cómo lo está viviendo Mary, cómo lo vio Valery y también la colonia en sí misma. Y desde ahí ir hacia la construcción del caso en sí mismo en el 84.

EC —Mary, desde 1984 tú has hecho mucho por mantener viva la memoria de Vladimir Roslik. Por ejemplo, has dirigido una fundación que lleva su nombre y que hizo posible en San Javier una policlínica, un CAIF y más recientemente un hogar de ancianos. Sin embargo, en algunos comentarios que has hecho has confesado que una película no estaba en tus planes. ¿Cómo recibiste el planteo cuando te llegó?

María Cristina Zavalkin (MCZ) —La película, a veces comentábamos con Valery, charlábamos, pero era una cosa muy lejana, nunca tuvimos un proyecto concreto. Hasta que un día vino Valentina, nuestra sobrina, junto con ese grupo con el que ella estaba estudiando, nos planteó el caso y nos presentó a la gente de Raindogs Cine y empezamos a charlar. Además son gente joven, tuvieron mucha sintonía con Valery, más bien charlaron con él, lo analizamos entre nosotros dos y aceptamos el proyecto. Y hace unos años que andamos acá en la vuelta trabajando con ellos y quedó este hermoso trabajo.

EC —¿Cómo fue esto que te estaban pidiendo, abrir tu intimidad y la de tu hijo nada menos que a una cámara de cine, a los micrófonos de quienes te iban a entrevistar?

MCZ —Sí, pero fue todo tan natural que ni nos enteramos de que estaban filmando para el cine. Recién ahora cuando nos vimos en la pantalla grande fue que ¡guau!, nos dimos cuenta de la dimensión que tenía y las repercusiones que está teniendo. Recién ahora me estoy dando cuenta, salgo al súper, a la carnicería, vamos a todos lados y la gente nos ve y nos dice cosas, nos comenta algo. Hicimos el libro con Udaquiola en el 96, pero no tuvo una repercusión así; la gente lee poco, estamos en épocas en que la gente está solamente para la parte visual. Entonces como siempre apuntamos a las nuevas generaciones, que no saben nada o para que se enganchen un poco más. Aunque ahora estamos viendo que no va mucha gente joven a ver el documental, sino más bien gente adulta, pero obviamente algunos chiquilines sí van. Es un documental muy importante para la historia, para que quede. Lo que más nos interesa del documental es que tiene otro enfoque, tiene otra óptica. Como que es más llevadero, vemos las partes difíciles y todo, pero está muy bien realizado. Hemos quedado muy conformes con ese trabajo.

EC —La película tiene una originalidad que llama la atención, recurre a animaciones para narrar los momentos más tensos, más dramáticos, más crudos de toda esta historia, en particular la noche en que Roslik es arrestado en su casa y llevado luego al cuartel de Fray Bentos. ¿Por qué el dibujo animado?

JG —Había varias patas. Una es que ya estábamos desarrollando y trabajando en el documental mientras hacíamos Anina, entonces tuvimos la idea de cómo sería aplicar ese recurso para contar algo que no fuera necesariamente una cosa para niños. Y en paralelo estaba lo que siempre nos contó Valery, que también dice en la película, que él vivió todo como un cuento, porque le iban contando cosas familiares, amigos, pacientes, gente que iba conociendo a lo largo de su vida. Y él era como un personaje que está allí, obviamente importante porque era su padre, pero al no haberlo vivido lo veía como un cuento. Uniendo ambas cosas fue que salió la posibilidad de utilizar ese recurso para contar determinadas partes de la historia.

EC —Ese niño, ese bebé aparece en esas imágenes de dibujos animados, está en su cuna en el momento en que llega el contingente militar a llevarse al padre. Por supuesto, apenas si se entera, no sabe lo que está ocurriendo, no se enteró… ¿hasta cuánto tiempo después? Esa podría ser una pregunta para Mary, ¿cuándo empieza tu hijo a conocer lo que había pasado?

MCZ —Tendrías que hablar con él, pero como bien decía Julián, él se crio desde chiquito con cuentos, con comentarios y cosas, y de a poco fue construyendo la figura del padre a través de los relatos, de la gente conocida y de pacientes.

EC —¿Cómo te resultó esto del dibujo animado?

MCZ —Bien, porque era lo que nosotros contábamos y ellos lo supieron interpretar.

EC —Pero el recurso… ¿te sorprendió?

MCZ —Sí, cuando nos dijeron y cuando yo les comentaba a mis familiares que iba a tener dibujitos animados –ahora se dice animaciones–, la gente… no sé si le chocó, pero le llamó la atención que una película así tuviera animaciones. Pero creo que después toda la gente que lo ha visto ha quedado sorprendida y conforme. Es algo diferente este documental. Me lo dijo un espectador el primer día que lo dimos en San Javier, dijo: “Qué bien que está la parte de los dibujitos”. Y la forma en que lo encaró Julián, porque cuando ya estamos que no damos más de una situación que parece que falta el aire, Julián pone otro recurso y se hace muy llevadero. Es una cosa dolorosa pero que se hace llevadera.

EC —¿Cómo era San Javier en los años de la dictadura? La película muestra el contraste entre la tranquilidad de ese pueblo a orillas del río Uruguay y el clima de tensión permanente, latente.

MCZ —Sí, vivíamos como en otro país, porque era un pueblito chiquitito, en una época en que no había ni celular ni internet ni nada de esas cosas, recién estaban saliendo los televisores blanco y negro. Teníamos solamente la radio y algún diario de vez en cuando, no era una cosa… Pero el pueblo siempre estuvo como perseguido, vigilado por los verdes de Fray Bentos.

EC —¿Por qué?

MCZ —No sé, siempre venían antes del 1.º de mayo, que era cuando se reunían los exportuarios, que eran sindicalistas. Pero eso no existía, cuando yo nací el puerto ya no trabajaba, no existía. Y el pueblo siempre estuvo como vigilado.

EC —¿Era un pueblo de izquierda?

MCZ —No sé si de izquierda, más bien todos éramos descendientes de rusos. Porque tanto que hablaban de los comunistas, en realidad cuando detuvieron gente no sé si se llevaron alguno, o se llevaron, pero no estuvieron los años presos como estuvo toda esta otra gente. Había comunistas que no tenían apellido ruso y no pasaron todo lo que pasó esa gente.

EC —Ese pueblo es de origen ruso, de población venida de Rusia, pero venida a principios del siglo pasado.

MCZ —Claro, y además ellos se vinieron por problemas con una religión que tenían, eran perseguidos allá en aquella época en Rusia por la religión, y se vinieron con un líder religioso. Y después de tantos años se los persigue por el apellido, porque el Ejército pensaba que si era ruso era comunista.

EC —En aquel momento Rusia integraba la Unión Soviética.

MCZ —Claro, y se daba una paradoja en San Javier: como el que los trajo acá a San Javier, a Uruguay, era un presidente colorado, la mayoría de San Javier es gente colorada, había muchísima de la gente vieja que decía “Viva Ballo, viva Ballo”, porque no sabía decir Batlle en la época en que los trajeron. Después los tiempos fueron cambiando, se fue armando todo un complot y fue una persecución étnica. Tanto es así que hicimos una denuncia ante la ONU.

EC —Tu esposo, Vladimir, había obtenido una beca para estudiar en Moscú, se había graduado de médico en la Universidad Patricio Lumumba. ¿Eso lo marcó de alguna manera ante las autoridades militares, por ejemplo?

MCZ —Y sí, por eso digo que la película es de la intimidad nuestra del hogar y de las cosas, pero es algo necesario para la historia. Por ejemplo el título de Vladimir y las excelentes notas que tenía. Según los militares ahí solamente se estudiaba para guerrillero o no sé qué cosa. Y sin embargo hizo una carrera de médico, y excelente alumno, con unas notas excelentes. Eso lo hemos publicado en las redes sociales, el título que trajo de Rusia.

***

EC —Roslik es detenido en abril de 1984 y muere a causa de las torturas en el Batallón de Infantería n.º 9 de Fray Bentos. La primera autopsia, una autopsia fraguada, estuvo a cargo de un médico militar que sostuvo que el fallecimiento se había producido por un paro cardiorrespiratorio. Pero tú, Mary, desconfiaste y conseguiste una segunda autopsia con médicos civiles en Paysandú que reveló los efectos de la tortura en su cuerpo. Y no fue fácil, pero lograste que esa segunda autopsia llegara a la prensa, los medios alternativos de aquella época jugaron un papel fundamental, como Jaque, Convicción, Aquí, La Democracia. Varios de los periodistas responsables dan su testimonio en la película: Juan Miguel Petit, Alejandro Bluth, Manuel Flores Silva, Roger Rodríguez, Roy Berocay. En particular resultó muy importante la investigación de Jaque respaldada nada menos que por Manuel Flores Mora, que escribió sobre el tema algunas de sus legendarias contratapas. Tengo en la memoria bien grabado el título de la portada del primer número: “Oremos por el alma de Vladimir Roslik, que murió asesinado”. Eso iba entre comillas, estaba tomado de una ceremonia religiosa de esos días.

MCZ —Sí, porque cuando se hizo el entierro de Vladimir había poquita gente, del pueblo nada más, fue un entierro íntimo. Pero cuando se divulgó todo gracias al periodismo, se divulgó por todos lados, al mes del fallecimiento se le hace un homenaje y ahí sí viene gente de todo el país. Y ahí es cuando el cura ese, que es un padre de acá de Paysandú, el padre Merlino, dice esa frase que nadie se atrevía a decir.

EC —Debe haber sido muy difícil para ti asumir aquel protagonismo, desafiar de hecho al gobierno militar…

MCZ —Yo no era consciente en ese momento, la intuición me llevaba a hacerlo porque sabía que era mentira, sabía que era una injusticia, al leer ese certificado de la autopsia vi que le faltaban cosas. Además Vladimir era una persona sana, y además fue en 24 horas, lo llevaron… Esa parte de los dibujitos que ustedes ven que yo le pongo los zapatos, eso fue a las 4 de la mañana, pasó todo un día y a las 7, 6.30 me vinieron a avisar que fuera a retirar el cuerpo. Al otro día de mañana temprano me vienen a avisar que vaya a retirar el cuerpo que había tenido un infarto. Yo obviamente no me lo creí, y cuando vi el certificado menos todavía. Entonces… no sé, tampoco fue una cosa que planeé, fue una cosa que surgió automáticamente sobre la marcha. Yo siempre estoy agradecida a gente anónima que me ayudó, tanto como a enfermeras y el chofer de la ambulancia, que me acompañaron ese día y me pude conectar en Paysandú y venirme para Paysandú.

EC —Tú fuiste literalmente con el cuerpo a Paysandú.

MCZ —Sí, de Fray Bentos en vez de irme a San Javier para el cementerio, me vine para Paysandú.

***

EC —Julián, Camila, en la película aparecen varios testimonios, en particular el de quien era entonces el director del liceo de San Javier, Román Klivzov, que fue detenido junto con Roslik y padeció junto a él la tortura. Esa grabación está muy lograda, porque el hombre habla acompañado de su esposa, y buena parte de sus palabras, sobre todo las más dramáticas sobre lo que vivieron en cautiverio, se escuchan en off mientras en la pantalla se ve en primer plano a la esposa, que lo escucha conmovida, temblando, al borde de las lágrimas. Todo un hallazgo esa parte del trabajo.

JG —Sí, ellos son dos personas preciosas también y que enseguida que llegamos, como también Mary y Vale, como todos con los que hablamos para que participaran en la película, nos abrieron su casa, nos abrieron toda su historia. Y claro, la de Román y Sara, que es la esposa –él cayó en la misma redada, fue al cuartel, lo torturaron–, tuvo un final diferente. Es la perspectiva que toma una historia espejo pero con un final diferente y que nos puede acercar a aquella pesadilla que también debe haber vivido Vladimir, porque Román también la pasó.

EC —Su presencia en ese grupo de detenidos no era un detalle cualquiera, daba la impresión de que en la ficción que inventaron las Fuerzas Armadas con respecto a aquella célula terrorista quisieron colocar a dos figuras emblemáticas del pueblo, al médico y al director del liceo.

C de los S —Sí, lo cuenta Román, eso de buscar a los que creían que ejercían su opinión o que estaban más involucrados, por eso fue Román. Sara, la esposa, cuenta cómo eran los nervios de esperar, porque en un momento no se sabía cuántos habían muerto, se decía que eran más, que eran menos, y esperó con Mary esa respuesta.

EC —Mary, ¿cómo te resultó esa parte de la película, ese testimonio?

MCZ —En todas las presentaciones que hemos hecho he agradecido profundamente que esta gente se haya animado a participar y a brindar testimonio, que no es poca cosa. Con todo lo que han pasado, dejando el dolor de lado y el “no te metas” y “callate la boca”, como todo el mundo, brindaron su testimonio. Yo estoy tan agradecida porque se pudo hacer eso en el documental, porque por ejemplo cuando hicimos el libro con Odaquiola fuimos a buscar información con mucha gente y la gente no se animó, no participó. Por ejemplo de cuando Vladimir estuvo preso, el compañero de celda en el Penal de Libertad no quiso hablar. Entonces muchas cosas no las pudo recuperar o recrear. Y ahora en el documental sí, porque hubo gente que se animó, que estuvo ahí adentro, que la pasó feo y brinda su testimonio. Eso es invalorable. Porque ellos también tienen su dolor, sus consecuencias, porque hemos quedado todos con traumas, con problemas, con enfermedades, y al brindar el testimonio tanto Román como después los otros chiquilines, que eran unos gurisotes…

EC —Destacás el hecho de que brinden su testimonio porque estamos hablando de un caso que en realidad sigue abierto.

MCZ —Y sí, porque todo esto que yo he hecho en base a la memoria de Vladimir, yo le cuento a Valery que estoy siempre difundiendo la memoria del padre, como judicialmente no se ha podido hacer nada, está todo quieto, entonces empecé… Primero lo hice no planificado, sino para canalizar mi dolor, empecé a trabajar en la fundación, fundé la ONG sin fines de lucro en San Javier, haciendo la policlínica, porque al irse Vladimir quedó un vacío, no había atención médica, si bien había otro médico, pero creo que el 90 % se atendía con Vladimir en San Javier. Y así fue surgiendo, primero la donación de la placita, cuando inauguramos la placita…

EC —Lo recuerdo perfectamente, porque me tocó, estuve allí trabajando periodísticamente y creo que hasta presenté una parte del acto.

MCZ —Sí, cuando Valery venía a cortar la cinta con el niño que inauguraba la placita. Tengo fotos tuyas de la época en que éramos jóvenes. Después ese terreno donde íbamos a hacer la casa nosotros se donó y ahí arrancó la fundación. Después pasamos a la policlínica y después fue creciendo en estos años, pasamos a administrar un CAIF, y ahora también tenemos un hogar de ancianos y nos han seguido donando cosas, como una camioneta y una chacra. Entonces fue creciendo. Esa fue la manera –después con el tiempo me di cuenta– de que Vladimir quedara en la memoria colectiva.

EC —De esa manera, por ejemplo, ha estado el nombre de Vladimir Roslik permanentemente asociado a San Javier, desde entonces.

MCZ —Sí, mediante todo ese trabajo social que se realiza ahí.

EC —Ahora, ustedes, que hicieron la película, Julián, Camila, más allá de lo que la película muestra, ¿qué impresión sacaron a propósito de la marca en el pueblo, en la gente, de todo aquello?

JG —Creo que sigue habiendo una marca. Román lo dice cuando responde a unas declaraciones que había hecho una vecina de ahí que ponía en duda toda la cuestión de Vladimir, que si Vladimir hubiese hablado no hubiese pasado lo que pasó… Esa marca sigue estando, porque, primero que nada, no se sabe toda la verdad de lo que pasó en San Javier, entonces hay gente que sigue creyendo en la historia oficial.

EC —Era una historia delirante…

JG —Era una historia absurda…

EC —Hablaba por ejemplo de que esta célula terrorista tenía hasta un submarino en las costas del río Uruguay, en las costas de San Javier. Submarino que nunca se vio.

C de los S —Que ellos recibían armas, que estaban adoctrinados por la URSS.

JG —Era claramente algo que se estaba inventando. Como muchos dicen, hubo quizás un chivo expiatorio de parte del poder militar que quería mantenerse más allá de esa salida que se avizoraba.

EC —Sí, una facción de las Fuerzas Armadas que no quería dejar el poder, que con esto obviamente iba a provocar o podía provocar… Fue una jugada a varias bandas, si uno quiere interpretarlo desde ese punto de vista, porque por un lado creaban la psicosis “todavía hay riesgos”.

JG —“Todavía somos necesarios”.

EC —Todavía somos necesarios, etcétera. Pero incluso la propia muerte de Roslik en la tortura, que obviamente en principio complicaba a la dictadura, empezaba por pegarle al general Medina, que era el responsable de la región militar donde ocurrió eso, y era uno de los más interesados en promover la apertura.

JG —Sí, era a varias bandas.

EC —Dejando de lado esa parte, con respecto al pueblo decías…

JG —Eso, que al haber tantas preguntas por responder, creo que –como también dice uno de los personajes que aparecen, Víctor Makarov– el pueblo sigue teniendo una herida que no termina de sanar y cierta división sobre lo que pasó. Eso se siente todavía hoy en el pueblo San Javier.

EC —Mary, tú en estos años te has mantenido muy cerca de San Javier por la vía de la fundación, pero no viviendo en San Javier, sino en Paysandú…

MCZ —No, voy y vengo, voy y vengo. Hace más de 30 años que voy y vengo. Los fines de semana, los feriados, siempre a contrahorario de mi trabajo. Así he hecho todas las cosas que he hecho.

EC —En el año 2014 intentaste la alcaldía, te postulaste como candidata a alcaldesa de San Javier, y te fue mal, muy mal.

MCZ —Sí, me fue mal.

EC —Entre otras cosas puede haber pesado ese hecho, que tú no vivís allí.

MCZ —Sí, la gente me reprochaba eso, que yo no vivía, que no pertenecía…

EC —Lo menciono porque aparece relatado en la película y aparece la reacción tuya después, señalás algo así como “bueno, quizás este episodio marque un corte en mi vida”.

MCZ —Sí, me ayudó a despertar. No porque no me hayan votado –porque tuve también mis buenos votos, hay que agradecer a la gente que me votó–, confieso que fue la falta de experiencia, un asunto mal manejado. Además la política es brava, yo tendría que haber mirado House of Cards antes de meterme en la política, porque uno ve que es un mundo muy hueco, muy falso, es bravísimo. Uno espera que te hundan los opositores, pero a veces dentro del mismo partido también hay gente que te hunde. Eso lo aprendí en poquito tiempo ahí, en lo poco que estuve. Pero me ayudó a cerrar el capítulo, porque yo tenía como una dependencia de San Javier, quería difundir para que no se perdiera la memoria de Vladimir. Por eso día feriado que tenía, que no podía trabajar, pum para San Javier a organizar todo. Ahora últimamente es todo por internet, por suerte, porque los años ya empiezan a pegar y a pesar un poco, entonces eso de estar viajando continuamente también te cansa.

EC —Además tú decís algo muy fuerte: “y quizás sea el momento en que empiece a ser yo misma, en que deje de ser, como he sido todos estos años, la viuda de Roslik”.

MCZ —Claro, yo en montones de […], por ejemplo cualquier autoridad o lo que sea que voy y me presento, digo “soy Mary” o “Mary Zavalkin” y me quedan mirando, como diciendo “no te ubico”. Sin embargo digo “soy la viuda de Roslik”, y “ahhh”, enseguidita me ubican. La gente me ubica por eso. Por eso, ya tengo 64 años, a ver si puedo… no creo que pueda ser yo misma, porque se me ha ido toda la vida en eso, pero… No es que dé vuelta la página en el sentido de que no se siga buscando la justicia, eso no, porque eso lo seguimos haciendo con Valery. Pero ahora me voy a dedicar a cosas acá en Paysandú, a otras cosas.

EC —Y Valery toma la posta.

MCZ —¡Pobre Valery! Lo han complicado con la mochila todo el mundo, porque dije eso de que le paso la mochila y la gente del público después me pide que no le pase la mochila. Pero es una forma bien de lo que hay que hacer, para que aunque yo no esté se siga difundiendo la memoria de Vladimir. Es eso.

EC —Es otro de los protagonistas de la película, Valery, que es técnico en informática, pero al mismo tiempo músico, rockero.

MCZ —Ingeniero en sistemas de información y guitarrista, metalero, es más fuerte que el rock. Me gustó porque viste que estos temas los difunde o los habla gente mayor, y el otro día acá en Paysandú por fin alguien se acordó en un programa de jóvenes, más o menos de la edad de él, y le hicieron una entrevista que está muy buena, que la gurisada se interesó. Ponele que son músicos y de la época de él, pero que por fin hablan algo del tema.

EC —¿Cómo fue el trabajo con Valery para ustedes?

JG —Estuvo muy bien. Valery es supertranquilo, pero se enganchó con el código de lo que estábamos buscando o la manera en que queríamos contar la película y fue bárbaro.

C de los S —Estuvo buenísimo. Estuvimos varios años yendo, entonces también creo hubo un trabajo de eso, de estar y de compartir cosas para conocernos más. Y con Valery pasó eso, ahora viene a casa cuando viene a Montevideo, somos realmente amigos. Y también hay otra parte de los rodajes que están buenas, a Valery le interesa mucho el tema de posproducción de audio, de sonido, entonces cada vez que íbamos con un sonidista él conectaba pila con eso. Creo que es eso, que lo disfrutábamos todos.

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EC —Felicitaciones por el trabajo. ¿Cómo sigue? ¿Dónde se está dando Roslik y el pueblo de las caras sospechosamente rusas?

C de los S —En Montevideo está en el Movie Montevideo Shopping, en el Life 21, en Torre de los Profesionales y en la sala B del auditorio Nelly Goitiño. También está dándose en Paysandú, en Salto, en los cines de Colonia, de Punta del Este, de Minas y de Daymán, en un cine chiquito en las termas de Daymán que está bueno.

MCZ —En Fray Bentos también.

C de los S —Este sábado hay una función en Fray Bentos.

Video de la entrevista

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Transcripción: María Lila Ltaif

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