Entrevista, martes 25 de octubre: Leonardo Costa

Entrevista con el doctor Leonardo Costa.

EN PERSPECTIVA
Martes 25.10.2016, hora 8.24

EMILIANO COTELO (EC) —El diario El País publica varias notas a propósito del doctor Jorge Batlle en su edición de hoy, y en la página 4 incluye fotos de algunos mojones de su vida que de alguna forma retratan al expresidente. La más grande muestra a un Jorge Batlle mucho más joven, sentado en un sillón de cuero, en pijama y robe de chambre, en una actitud reflexiva, con la cabeza inclinada, los codos apoyados en las rodillas, tomando mate al lado de una mesita con un teléfono.

Es toda una época del doctor Jorge Batlle, que tiene que ver con quien está del otro lado de la línea telefónica ahora: el doctor Leonardo Costa.

Leonardo integra las mesas de En Perspectiva, es abogado tributarista y fue prosecretario de la Presidencia de la República durante el gobierno del doctor Batlle.

¿En qué circunstancias lo conociste?

LEONARDO COSTA (LC) —Lo conocí en el 84. Yo vivía en Paysandú en ese momento, y había un acto al que él iba a ir en el viejo cine Astor. Hizo un discurso que había venido haciendo, que después se publicó, por unidad y reforma, de la lista 15. Con los brazos abiertos, dio un discurso tremendamente liberal y republicano que me impactó. Yo no estaba haciendo política en esa época.

EC —¿Tú tenías… 18 años?

LC —Tenía 17 años. No venía de una familia con tradición política, por tanto no estaba haciendo nada. Dije “tengo que seguir a este hombre, tengo que tratar de ayudar para que el país salga adelante”. Ahí me uní a la lista 15 de Paysandú, donde voté, y seguí en contacto con él.

Cuando me vine a Montevideo, en el año 85, a estudiar, mi primer contacto fue en un club de la calle Lázaro Gadea y bulevar España. En ese momento Gabriel Gurméndez, quien fuera después presidente de Antel y ministro de Transporte, había hecho un pequeño acto para la juventud, y yo, no recuerdo por quién, fui para ahí.

Él habló y yo lo interrumpí: “Mire, me parece que acá algo anda mal, acá algo de diferencia de clases hay, algo de lucha de clases hay, porque hay gente a la que le son más fáciles las cosas y gente a la que le son más difíciles”. Un poco también por esa rebeldía del que venía del interior y sentía que acá tenía que hacer el doble de esfuerzo. No me arrepiento, por otra parte, no estoy quejándome, las cosas son así.

EC —¡Flor de audacia la tuya, con esa edad largarte a polemizar nada menos que con Jorge Batlle!

LC —De atrevido nomás. Y me dice: “¿Y usted quién es?”. Me presenté, le dije quién era, de dónde venía, y dice: “Vaya por mi casa mañana, le voy a dar unos libros”. Y yo […] tal cual. Me imagino hoy un muchacho de 18 años planteándole a una persona de unos 50, 60 esas cosas, era irreverente. Pero su respuesta fue mejor todavía: “vaya a mi casa mañana, le voy a dar unos libros”.

EC —Y fuiste a la casa.

LC —Sí.

EC —¿Dónde era la casa en ese momento?

LC —En Duvimioso Terra entre una callecita cortita que va a morir al Pereira Rossell y 18.

EC —Era un apartamento muy sencillo, según cuentan quienes lo visitaron en aquellos años, porque en la dictadura también fue un centro de vida política esa casa de Batlle.

LC —Seguro. Él vivía con su “camarlengo”, como le decía, que era Moreira, su secretario y amigo de toda la vida. En presidencia incluso le siguió diciendo “el camarlengo”; tanto fue así que después yo, medio en jocoso, le puse Camarlengo a un caballo y me consta que él lo seguía.

EC —Eran las épocas de Batlle “soltero”, ya se había divorciado de su primer matrimonio.

LC —Exactamente. Ahí empezamos a tener una relación basada en los libros, él nos recibía a mí y a otros más que después integramos su gobierno. Nos recibía efectivamente en pijama rojo, ciertamente no muy estético, tal cual lo muestra la foto, muy gracioso.

EC —Es esa misma foto. Me faltó un detalle: Batlle está descalzo. ¿Los recibía descalzo?

LC —Sí, ahora que estoy viendo la foto, tal cual, recibía descalzo. Una cosa muy graciosa, que un individuo que en ese momento era senador nos recibiera descalzo, tomando mate, hablando fuerte y comentando cosas era muy gracioso. Básicamente del 85 al 88 pasamos por ese apartamento un grupo de 15, 16 jóvenes, Barrera, Abdala, Eduardo Zaindensztat, Óscar Brum, yo, un montón de gente que formamos eso que después algún periodista llamó la “generación del pijama rojo”.

EC —Seguiste leyendo los libros que Batlle te sugería.

LC —Y después te llamaba para ver si los habías leído y qué comentarios tenías. El teléfono no era una cosa tan común en esa época, pero él nos seguía con ese continuo pincharnos para que leyéramos. Jorge Barrera sin duda era el que más leía de esa generación y además tenía una relación personal muy fuerte con él. Pero todos tratábamos de seguirle el ritmo a Batlle.

Después trabajé para él en la elección del 89, que se perdió. Y un día le dije otra de esas cosas irreverentes: “Mire, Jorge, acá hay una cosa que está pasando –año 90– que tenemos que entender: a los jóvenes les gusta más la música que la política. Sepa usted que de pronto su hermano –que era un gran concertista– llama para hacer un concierto y lleva más gente que un político hoy”. No le gustó, pero dijo: “¿Sabe qué? Algo de razón tiene”. Y me invitó a dar unas palabras en un acto sobre la juventud, que fue mi primer discurso público, y de los pocos que hice en mi vida, que me corrigió mucho.

Después de eso, durante los 90 tuvimos una relación de contacto tal cual, yo lo llamaba cada tanto para hacerle una pregunta, una sugerencia, etcétera.

EC —¿Cuánto pesaba en esas conversaciones la política? ¿Cuánto pesaba el turf?

LC —En esa época solo era política. Mi pasión por el turf comenzó al lado de él cuando trabajé con él. Ahí sí fue muy fuerte.

EC —¿Te contagió el amor por los caballos y las carreras de caballos? ¿Fue él?

LC —Sin duda. A veces con Raúl Lago, el secretario de la Presidencia, que era otro individuo que tenía un gran conocimiento, se decían “Fulano hijo de Tal por Tal, que corrió tal cosa”, y yo decía: ¿qué tiene esto? En ese momento, cuando reabre el hipódromo, en 2003, empezó a salir la revista Yatasto, él la tenía todos los miércoles y yo empecé a mirar qué era eso porque me parecía una cosa muy divertida. Había tres obras que le impactaban y que quería hacer: el puerto de Montevideo, el aeropuerto y el hipódromo. Por suerte logró hacer las tres, en esa época tan dura, con mucho ingenio del equipo que trabajaba con él, porque era imposible la inversión pública, no había dinero y se hicieron estas formas. Lucio Cáceres y Atchugarry jugaron un rol fundamental en todo eso.

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