Fidel Castro (1926-2016)
Solo la historia podrá encargarse de calificar en su justa dimensión a este singular personaje, por Gonzalo Pérez del Castillo

En La Mesa de En Perspectiva del viernes 25 de noviembre de 2016 expresé que era absurdo acusar a quien critica la gestión del presidente Nicolás Maduro de “hacerle el juego a la derecha”. Recordé que cuando Barack Obama comenzó un decidido proceso para poner fin al embargo contra Cuba quienes tenían el oído de los hermanos Castro no les aconsejaron reaccionar positivamente para darle viabilidad política a la iniciativa, no les propusieron ceder en algo que le permitiera a Obama no quedar, ante la comunidad cubana exiliada en los EEUU, como un mal negociador, un líder débil, un perdedor.

El resultado fue que Cuba no cedió prácticamente nada y la figura de Obama salió desdibujada. Donald Trump, que prometía mano dura contra la isla, ganó los 26 votos electorales del Estado de Florida y, con ellos, la Presidencia de los EEUU de América. ¿Quiénes son entonces –preguntaba yo– los que están haciéndole el juego a la derecha?

Ese mismo viernes, unas horas más tarde, fallecía en La Habana Fidel Castro Ruz, símbolo de la resistencia a la superpotencia regional y figura referente latinoamericana de toda una era. La coincidencia impone colocar mi afirmación en este nuevo contexto.

El deceso de Fidel Castro ameritaría considerar un amplio y muy complejo panorama de éxitos y fracasos a lo largo de más de medio siglo. No me siento hoy en condiciones de realizar ese examen. Solo la historia podrá encargarse de calificar en su justa dimensión a este singular personaje de nuestra región, que fue un dictador, pero a diferencia de todos los demás dictadores latinoamericanos, sin excepción, fue venerado por el resto del mundo.

Fidel Castro recibió la simpatía que se le brinda a cualquier David que se enfrenta a Goliat. Y eso se mantuvo a medida que este pequeño David, a pesar de los fracasos y las adversidades, daba la sensación que resistiría, a pura convicción e idealismo, sin dar un paso atrás hasta el final. Fidel tenía sin duda el coraje de sus ideas y la certeza de la validez de su proyecto. Pero cuando ese proyecto contiene que su creador debe mantener el poder absoluto indefinidamente surge la duda que estemos ante un caso de idealismo puro. Cuando los acontecimientos muestran que el poder se mantiene a cualquier precio, incluso con el fusilamiento no solo de los enemigos del proyecto sino también de compañeros de ruta que expresan objeciones o son conductores potenciales alternativos del mismo, las dudas se confirman. Como en el caso de Mao en China, será necesario aquí el testimonio libre y desapasionado de los cubanos para escribir esta historia.

La revolución cubana surge en una América Latina plagada de dictadores despóticos y muy altos índices de exclusión y pobreza. Proporciona un modelo para encarar temas específicos como la integración social en una colectividad multirracial, la educación y la salud universal, la investigación científica, la promoción del deporte de alta competitividad. Pero en su conjunto, en definitiva, el modelo resulta un fracaso económico y político. El embargo de los EEUU de América fue real y costoso, pero le brindó a Cuba la solidaridad del mundo entero. Solo el apoyo de la URSS hubiera más que compensado los efectos del embargo americano si el régimen lo hubiera sabido aprovechar. Canadá y México fueron muy buenos amigos de Cuba y tanto para la Europa Occidental como para la Oriental, Cuba fue durante años el país latinoamericano estrella. Posteriormente, el apoyo del régimen chavista en Venezuela fue contundente hasta que resultó económicamente insostenible para el país donante.

Es en este contexto que Barack Obama le tiende una mano a Cuba a fines del año 2014. Se restablecen relaciones diplomáticas, se flexibilizan algunos aspectos del embargo como la posibilidad de viajar a la isla desde los EEUU, las remesas, los medicamentos. La respuesta del régimen fue, según expresó el 26 de noviembre de 2016 a CNN el muy fastidiado congresista del Partido Demócrata Bob Menéndez, “ninguna concesión y mayor represión”. Menéndez denunció que hacer negocios de cualquier índole con Cuba solo beneficia al régimen –concretamente al hijo y yerno de Raúl Castro que son los herederos del régimen– y no al pueblo cubano. Coincidió con los congresistas republicanos de Florida que exigen: liberación de presos políticos, elecciones libres, libertad de expresión y autorización para una visita a Cuba del Relator de derechos humanos de Naciones Unidas. Es el programa que le propondrán a Trump a cambio del triunfo obtenido en Florida.

Por supuesto que es válido responder que en esta relación bilateral, desde la invasión de la bahía de los Cochinos en adelante, el agredido ha sido Cuba. Que Cuba acepta restablecer relaciones diplomáticas (es decir, amistosas) sin exigir que los EEUU le pida disculpas por las innumerables veces que intentaron asesinar a Fidel, o que le retiren la base militar que tienen en Guantánamo, o que le devuelvan esa tierra que le pertenece o, ya que hablamos de derechos humanos, que el inspector de Naciones Unidas también se dé una vueltita por esa cárcel aprovechando la visita a la isla.

No hay santos en esta historia. Pero las realidades son duras y son las que son. Los Estados Unidos de América nos han sacado una enorme ventaja a los latinoamericanos (desunidos) en el campo económico, tecnológico y militar. Hay que manejarse en esa realidad y entender que no da lo mismo Barack Obama o Donald Trump. No da lo mismo que la cabeza visible del “imperialismo yanqui” sea uno u otro porque, al fin de cuentas, el sistema financiero y el complejo industrial/militar son quienes mandan. Cuando aparece un presidente de EEUU que considera que hay que cerrar la cárcel de Guantánamo, terminar con el embargo a Cuba y restablecer relaciones comerciales y diplomáticas, los latinoamericanos, empezando por Cuba y los gobiernos de izquierda, debemos adecuar nuestro “discurso antiimperialista” y ayudar a que ese presidente no fracase.

Porque no da lo mismo y, lamentablemente, ya lo vamos a comprobar.

Gonzalo Pérez del Castillo

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3 Comentarios - Escribir un comentario

  1. Un juicio, agudo, con propuestas de lógicas muy atendibles.

    Pensar la historia, es como ser espectador frente a un escenario, transformar la historia, como ha sido el caso de los revolucionarios, tanto en Cuba, como en el mundo que habitamos, conlleva y tiene, compromisos humanos, que no pueden ser interpretados por el encierro limitado de alguna opinión, hipótesis o simples conjeturas, de meros ejercicios de algún intelectual, que en su juicio no arriesga la ropa.

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  2. Estimado Pérez del Castillo,
    Comparto, en general, lo dicho en su nota. Es una historia compleja la de Cuba, que no se puede conocer completamente bien hasta que los propios cubanos de adentro de la Isla terminen de contar sus verdades.
    Eso no impide, me parece, sacar algunas conclusiones.
    Primero, permítame decirle que lo que Fidel «fue venerado por el resto del mundo» me parece claramente un exceso. Más cercano a la verdad me parece que sería el término «tolerado». Por simpatías o por conveniencias, o simplemente, como ocurre muchas veces, en especial respecto a realidades aisladas, para no meterse innecesariamente en problemas de otros.
    Pero lo que me parece importante decir en un espacio corto como éste, justamente para no caer en la tolerancia silenciosa a que me refería recién, es que ninguna persona está habilitada para someter la voluntad de un pueblo, como lo hizo Castro ante la vista y paciencia del desinteresado (más allá de la retórica) resto del mundo. Ninguna persona. Esto es lo más importante, me parece, de esta historia que no debió ocurrir. Con independencia de las eventuales virtudes del proyecto que esa persona tenga para su país. A esta altura existen muchas historias de iluminados y sabemos cómo han terminado. No deberíamos aplaudir a un hombre ni tampoco tolerarlo silenciosamente, por más virtudes que haya tenido, si ese hombre le niega a su pueblo la libertad de elegir su destino. Este es un desatino demasiado grande por más simpatías que pueda generar
    Un cordial saludo

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  3. Personalmente, me parece intolerable todo despotismo. No me sirve ni siquiera la excusa (probablemente cierta) de que el libre juego democrático en Cuba habría sido imposible debido a la injerencia de la superpotencia vecina.
    Dicho esto, me molesta la hipocresía de quienes condenan -con razón- el régimen cubano pero no tienen empacho en hacer buenos negocios con otras tiranías como las de China y Arabia Saudita por ejemplo.

    Sin la protección soviética, EE. UU. podría haber elegido invadir la isla sin más y habría sido un simple ejercicio militar. Nunca sabremos cual habría sido el mal menor, si la humillación de la derrota o la continuidad del régimen.
    Eso sí, yo no me haría ilusiones con respecto a la devolución de Guantánamo. Después de todo, España todavía tiene su Gibraltar.

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