Jaime Yavitz (1933-2016)
Un hombre de teatro con vocación de fuego

<em>Jaime Yavitz (1933-2016)</em><br>Un hombre de teatro con vocación de fuego

El actor y director Jaime Yavitz, egresado de la Escuela Municipal de Arte Dramático, integrante de la Comedia Nacional durante casi medio siglo y periodista cultural, murió el pasado 4 de junio a los 82 años. Así lo recuerda Levón, quien compartió escenarios con Yavitz en múltiples oportunidades.

Por Levón ///

De Jaime perviven valores que trascienden la mera cronología. El frío detalle de su largo camino transitado en su Comedia Nacional no tendrá lugar en estas líneas. Ya todo está escrito. Lo recordaremos.

Al deportista, de fuerte empuje y sobrada intuición que desplegaba en el básquetbol sus saltos y corridas en su Club Atlético Goes añorado, hasta aquel encuentro con el Teatro Circular desde donde empezó a elaborar herramientas, técnicas expresivas y una fuerte amistad con Osvaldo Reyno –cultivada a través de los años y enriquecida por la experiencia en el trabajo– y el necesario paso del tiempo que dio cimiento a nuevas formas expresivas y búsquedas rupturistas del teatro clásico, con las que impregnaba su manera de vivir y sus clases de técnica expresiva.

Su vocación de fuego lo llevó a trabajos inolvidables como actor: Otelo de Shakespeare, El Diablo y el buen Dios de Sartre, el Molière de Mijaíl Bulgákov, Marat de Peter Weiss y tantos otros papeles donde conjugaba su calidad humana y artística, desafiando formas y características que definían de alguna manera el estilo del elenco oficial.

A esos mismos parámetros le era fiel también en la dirección y puestas en escena, transitando autores clásicos y contemporáneos: Shakespeare, Molière, Eugene O’Neill, James Saunders, Roberto Cossa, Héctor Plaza Noblía. Su regusto y plena dedicación como director era el trabajo sobre el actor, el intérprete. Nos quería vivos en escena, alentando el poder creador con el que él mismo vertebraba la esencia de sus criaturas. Durante los ensayos, como aquel Jacob seguía golpeando al Ángel hasta que lo bendijera. Esa era su lucha.

Su afán por la investigación lo llevó a enfrentarse con aquellos puristas que se refugiaban en una tradición de la que Jaime no era ajeno, pero su afán por trascenderla lo llevaba a olvidar el resultado; aquel efecto o aquella presentación que se escapaba de lo esperado. La verdad escénica, que era su razón de ser en el escenario, era el mismo principio que defendía a fuego y que pregonaba como profesor en cada uno de sus alumnos en la Escuela Municipal de Arte Dramático, donde dictaba sus cursos de Arte Escénico.

En 1980 asumió su primera dirección artística en la Comedia Nacional, la cual se desarrolló por los siguientes cuatro años, elenco que volvió a dirigir en los períodos 1986-1989, 1992-1995 y 1998-2000. Fue sorpresiva aquella primera designación si tenemos en cuenta que transitábamos un período de violencia y sojuzgamiento total de los valores humanos. No se entendía cómo quien en 1976 se había opuesto terminantemente como director de El Avaro de Molière –protagonizado por Alberto Candeau– a estrenarlo en el avasallado Teatro El Galpón por el poder instalado, podía ser el elegido para dirigir un elenco oficial. Es bueno recordar que tal como lo había sostenido y defendido, la obra se estrenó como estaba previsto en Sala Verdi.

Años más tarde, resistiendo a cualquier intento de intromisión (que los hubo y de qué manera), contrataba con apoyo en pleno del elenco de la Comedia Nacional a actores cuya “fe democrática” (innoble intento de la dictadura; arbitraria calificación que de no obtenerse apartaba de cargos públicos a hombres y mujeres de este país). Con convicción y sin dudas incorporó al elenco a Armado Halty y Gloria Demasi, actores de indiscutida calidad y trayectoria en el teatro Independiente y Circular

Ese era el hombre que hoy recordamos y seguiremos recordando, con sus virtudes y sus defectos; un hombre en fin. El hombre de paciencia y rigor que tenía su propia voz y que la defendía; que respetaba las discrepancias y en quien ni el resentimiento ni el rencor tiñeron su desempeño, ni condicionaron su conducta, ni sus sueños.
En fin, un hombre de teatro.

Sobre el autor
Levón es actor, director y docente. Egresado de la Escuela Municipal de Arte Dramático Margarita Xirgú en 1974, integra el elenco de la Comedia Nacional desde 1976.

Enlace externo
Jaime Yavitz, sitio web de la Comedia Nacional

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Foto en Home: Jaime Yaviz. Crédito: Comedia Nacional/comedianacional.montevideo.gub.uy

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1 Comentario - Escribir un comentario

  1. washington scaniello · Edit

    Si me permiten, voy a recordar a nuestro querido Jaime Yavitz a través de una trivia, o simple anécdota que involucra al actor y a un cuidacoches muy atípico que alguna vez trabajó varios años en la calle Bartolomé Mitre, al suroeste del Teatro Solís.
    El cuidacoches me la contó así:
    – Hace unos minutos, no más, se fue Yavitz
    – -¿El de la Comedia?
    – ¿Y quién, si no?
    – ¿Y…?
    – Casi me hizo mear de risa, pero cuando se fue me quedé pensando…
    – ¿Por?
    – Oí esto: lo veo dar vuelta desde Reconquista, confiado en que tiene su lugar en el “reservado” del Solís, pero no hay. Lo ubico enfrente, donde hay que pagar. Estaciona, me arrimo, le explico y me pide que ponga tarjeta de estacionamiento cada vez que sea necesario. Abre la puerta, se esfuerza en descender porque la pierna le duele, llega al suelo y pisa lo que no debe pisar.
    – ¡Merd!, ¡mierda, esto es mierda!
    – Parece yerba, le digo.
    – No me discutas, ¡es mierda!
    No quise discutir, reí para adentro y cambié el tema.
    – ¿Tenés ensayo, hoy?
    – No, no hay ensayo, voy a una reunión general, tipo asamblea. Y vengo con varias ideas, un buen proyecto para hacer cambios y mejoras. Espero que acepten discutirlo, por lo menos… ¡ha!, y ahora que caigo, me siento más alentado después de haber pisado mierda… ¡es de buen agüero! En fija que tengo suerte… Voy a demorar como tres o cuatro horas, no te me distraigas con el “parking”
    – ¡No, Jaime!, no tengas cuidado.

    Lo vi salir de Bacacay y cruzar Buenos Aires mucho antes de lo que previó. Lo esperé al lado del auto. Avanzaba con la misma dificultad que yo sabía, más una expresión rara, distante, diferente de su natural jovial. Se acercó, muy serio, arreglamos cuentas –que sólo eran mis honorarios profesionales- subió al vehículo, acomodó el cuerpo, me miró con una sonrisa que no disimulaba la amargura y dijo:
    – Vos tenías razón, ¡era yerba, no más!

    W.

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