Urquiza esq. Abbey Road
Un día y una noche con Piazzolla

Foto: Astor Piazzolla en la Sala Wilfrid Pelletier de Montréal, Québec, en Canadá, 28 de junio de 1986. Crédito: Serge Laliberté/montrealjazzfest.com
Serge Laliberté/montrealjazzfest.com

Urquiza esq. Abbey Road versión audio, séptima entrega: Eduardo Rivero recuerda el día que entrevistó a Astor Piazzolla en los estudios de Radio Sarandí y el concierto que el legendario bandoneonista argentino presentó esa misma noche en el Teatro El Galpón.

Por Eduardo Rivero ///

A comienzos de los 70, la música de Piazzolla llenaba el aire de mi domitorio totalmente a oscuras. Otros discos no reclamaban oscuridad, pero Concierto para Quinteto sí. Me había acostumbrado a que aquella valijita tocadiscos liberara una y otra vez esa música que, tirado sobre mi cama, me hacía volar.

Era un long play del sello RCA en cuya carátula Piazzolla miraba desde lo alto una vista del centro de Buenos Aires. Colocaba el disco en el plato, apagaba la luz y escuchaba con deleite los segundos iniciales de ruido a púa sobre el vinilo, hasta que el contrabajo y el piano soltaban las notas iniciales de Concierto para Quinteto. Cuando aparecía el increíble fuelle de Piazzolla, aquella habitación a oscuras iniciaba su viaje intergaláctico.

Nunca más tendré aquella edad. Nunca más tendré aquella minúscula valijita tocadiscos. Pero sigo disfrutando de esa obra estructurada, como tantas otras de Piazzolla, en el esquema del concierto barroco, con un allegro inicial rapidito, un señorial adagio en medio y una conclusión con el brío de otro allegro.

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Aquel dormitorio a oscuras era parte del tiempo en el que la ortodoxia tanguera agredía al gran músico marplatense con la eterna muletilla “lo que hace no es tango”. Por supuesto que era tango. No el tango lineal y bailable de D’Arienzo o de Canaro; no el tango de la mina vestida de percal o del guapo bajo un farol sino un tango evolucionado que retrataba al Buenos Aires de entonces con su vértigo, su grandiosidad, su multitud en perpetuo movimiento. Un tango influido por grandes como De Caro, Pugliese, Salgán y, sobre todo, el inmenso Aníbal Troilo en cuya orquesta Piazzolla se inició como bandoneonista y arreglador antes de formar su célebre Octeto Buenos Aires en 1959 y luego el Quinteto Nuevo Tango –su grupo preferido–, a partir de 1960. Por más que su fuelle estaba cargado de jazz y de influencias clásicas, por sobre todo seguía teniendo un sonido y un fraseo netamente troileano.

Trabajaba entonces en Radio Sarandí como discotecario y una mañana Néber Araújo, en cuyo programa yo comentaba música, entró en la discoteca con gesto preocupado.

—Mañana viene Piazzolla y la música no es mi tema, ¿me ayudarías a entrevistarlo? —preguntó.

A la mañana siguiente me encontraba sentado delante del micrófono con Araújo a mi lado y, frente a mí, Dios en persona, con su ceño fruncido y su aspecto de tano temperamental. Nada podría ser más inquietante y la vez más maravilloso. La charla transcurrió sin otra sorpresa que la expresada por el invitado sobre mi información sobre su obra, siendo tan joven. Mientras lo acompañaba a la calle, Piazzolla me obsequió tres entradas para el concierto de esa noche en el Teatro El Galpón.

Logré ubicar velozmente a mis dos amigos de la música más cercanos, Jorge Galemire y Jaime Roos, y esa noche nos encontró en la fila dos del teatro, a escasos metros de donde Astor, parado y con un pie apoyado sobre una silla, exhibió con su bandoneón el virtuosismo más increíble, transformando su fuelle en una máquina de producir belleza y disparar emociones. Conformando un quinteto asombroso, estaban el guitarrista Horacio Malvicino, el pianista Osvaldo Tarantino, Antonio Agri en violín y Kicho Díaz en contrabajo.

Si, claro que tocaron Adiós Nonino y también el Concierto para Quinteto que, por una vez, disfruté sin oscuridad, pero también Buenos Aires hora cero, Decarísimo, Invierno porteño… pero el recuerdo inevitablemente me lleva al tema inicial, el tango Caliente, con su crescendo emocionante y su melodía repetida obsesivamente. Apenas arrancó el tema sequé mis lagrimas con cierta vergüenza, pensando en Galemire a mi derecha y Jaime a mi izquierda. Con el rabillo del ojo descubrí que también ellos tenían la vista nublada. Como dijo sabiamente Serrat: “De vez en cuando la vida nos besa en la boca”. Ese fue uno de esos besos. Uno de los más apasionados e inolvidables.

***

Emitido en En Perspectiva, programa del lunes 15.02.2016, hora 10.20. Publicado originalmente en Urquiza esq. Abbey Road, el blog musical de Eduardo Rivero en EnPerspectiva.net, el 21.10.2015.

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Archivo del blog Urquiza esq. Abbey Road versión audio

Foto: Astor Piazzolla en la Sala Wilfrid Pelletier de Montréal, Québec, Canadá, 28 de junio de 1986, foto difusión del Festival Internacional de Jazz de Montréal. Crédito: Serge Laliberté/montrealjazzfest.com.

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2 Comentarios - Escribir un comentario

  1. Música como fiesta de guardar, la bolsa de aire que el tipo con esmero y talento volvía pasión de gloria. Tango distinto, tango de siempre, tango que se distingue.
    Adiós Nonino, adiós que no se va, adiós Astor; dejaste huérfano al fuelle, el tango quedó por acá

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  2. Crónica con la pasión del que fue joven y no se siente superior cuando deja de serlo
    Bueno rescatar esa clase de sentimientos, en especial tratádose del gran Astor.
    Muchas gracias.

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