En Primera Persona
Estado y drogas: ¿Dónde están las políticas de advertencia y disuasión?

Por Emiliano Cotelo ///

El domingo pasado trajo una noticia impactante. Por primera vez en Uruguay, los organizadores de una fiesta electrónica dispusieron la presencia de un laboratorio móvil para que los asistentes pudieran verificar la composición de la droga que tuvieran en su poder e informarse sobre los riesgos de consumirla.

A muchos les sorprendió. Otros tal vez esperaban algo así. En Europa este sistema de reducción de riesgos existe desde hace un par de décadas. Muchos de nosotros nos enteramos de eso hace dos meses, cuando acá pegó muy fuerte la tragedia que ocurrió en Buenos Aires, en «Time Warp», otro evento de este tipo de música, donde cinco jóvenes, uno de ellos uruguayo, perdieron la vida por haber consumido drogas sintéticas. El caso puso a estas “pastillas” en la agenda pública de nuestro país.

De todos modos, el desembarco de este tipo de controles fue todo un sacudón: la prueba fehaciente de que estamos inaugurando una nueva etapa en la relación de nuestra sociedad con las drogas. En rigor, Uruguay ya tiene experiencia en materia de reducción de riesgos en algunas convocatorias que reúnen a una gran cantidad de jóvenes. Concretamente, desde hace años existen las llamadas “carpas de achique”, espacios que se montan para dar atención a quienes sufren intoxicación por consumo abusivo de alcohol u otras drogas. Sin embargo, la diferencia en esta nueva variante es que la sustancia, que en aquellos casos llegaba a la carpa adentro del consumidor, ahora aparece arriba de la mesa, lista para ser testeada antes de ser ingerida.

La encargada de montar el laboratorio fue la organización Pro Derechos, que desde 2006 trabaja en políticas de drogas. Para hacerlo, pidió apoyo a otra ONG, en este caso española, que cuenta con un programa llamado Energy Control con el que efectúan análisis de pastillas y otras sustancias en Europa desde 1998. Los voceros de Pro Derechos explicaron que aprovecharon la invitación de los productores de la fiesta para trabajar en reducción de daños tal como ellos entienden ese concepto. ¿Y cómo es que lo entienden? Desde su perspectiva, “las drogas están para quedarse”, y “tenemos que saber administrarlas y manejarlas con seguridad”. Según ellos, el 90% del consumo de sustancias de tráfico ilícito no es problemático y, “bien llevado”, puede ser “totalmente funcional con una vida normal”.

¿Naturalización del consumo?

Una de las primeras objeciones que se escucharon a esta idea, es que, de algún, modo se está naturalizando el consumo y, al mismo tiempo, contribuyendo a la idea de que consumir drogas (o por lo menos algunas de ellas) no tiene consecuencias severas para el ser humano.

Yo, personalmente, comparto esa preocupación.

Hace falta mucha comunicación hacia los jóvenes sobre los problemas que puede acarrear su vínculo con las drogas. Como ejemplo, podemos poner a la marihuana. Dentro de pocos días, con la llegada a las farmacias del cannabis avalado por el Estado, se completará la última etapa de aplicación de la ley que reguló este mercado; y, sin embargo, el Estado no ha realizado una campaña de divulgación que advierta que lo legal no necesariamente es inocuo. Llama la atención ese vacío. Entre otras cosas porque el Estado ha sido muy agresivo en alertar eso mismo con otras dos sustancias nocivas y legales, como el alcohol y el tabaco. Piensen, por ejemplo, en los carteles “Fumar es perjudicial para la salud”. Piensen en las fotografías que se difunden con los estragos que llega a provocar el cigarrillo en sus consumidores.

Lo que falta

Pero atención. Porque esa comunicación requiere cuidado. No se arregla con la demonización de las drogas. Una estrategia que apunte al oscurantismo está condenada al fracaso e, incluso, puede ser contraproducente.

Los muchachos no van a acatar sin chistar lo que proclame una voz supuestamente autorizada, simplemente porque les diga “no hagan tal cosa”. Después de todo, los chiquilines son empiristas por naturaleza. Esto no quiere decir que deban pasar necesariamente por la experiencia de las drogas. Claro que no. Pero sí que muchos de ellos van a hacerlo. Y más vale que cuando eso ocurra no se den cuenta que les hemos ocultado información importante. O que directamente les mentimos.

La voz experta

El 25 de abril, a raíz de la conmoción que nos había llegado de Argentina, entrevistamos aquí, En Perspectiva, al doctor Antonio Pascale, profesor adjunto de Toxicología en la Facultad de Medicina de Universidad de la República, que también trabaja en el Portal Amarillo. Él explicó que “un usuario de éxtasis o de estas pastillas puede no tener tantos problemas en lo que tiene que ver con su área académico-laboral, sociofamiliar o legal”. Los inconvenientes, agregó, pueden darse “en ese momento concreto del consumo”, como el que ocurrió con varios jóvenes en Buenos Aires, donde puede aparecer “el efecto tóxico agudo de la sustancia”. Y agregó este otro detalle: Algo que caracteriza a este tipo de drogas es que con el correr del tiempo se “va desarrollando tolerancia, es decir, necesidad de aumentar la dosis para obtener el mismo efecto”, y eso puede promover una sobredosis. Por último, destacó que algunos de los adulterantes que aparecen en estas pastillas contribuyen a que la posibilidad de una intoxicación grave aumente.

Desde ese punto de vista, resultan útiles los controles que se implementaron el domingo pasado, en la Rural del Prado, en la fiesta de La Terraza. A los jóvenes que acercaron sus drogas al laboratorio se les preguntaba si era la primera vez que la tomaban, si sabían cómo hacerlo o si conocían sus riesgos asociados. Se concretaron 135 análisis, en cinco de los cuales se detectaron adulteraciones. Ustedes no van a retener cuáles eran esas sustancias ni qué daños generaban, pero estoy seguro de que los jóvenes que estuvieron a punto de consumirlas sí lo recordarán y tendrán más cuidado la próxima vez.

¿Y el Estado?

La Junta Nacional de Drogas no tuvo participación en ese evento. Pero sí ha dado algún paso para trabajar en prevención de riesgos con las drogas de diseño en particular. Según publicó La Diaria el viernes 24 de junio, ese organismo hizo una «intervención de información y sensibilización» en el ingreso a otra fiesta electrónica, The Warehouse. Allí se repartieron folletos informativos sobre los efectos de las drogas de síntesis.

¿Qué quieren que les diga? Me parece que es muy poco. Creo que esta agencia del Estado y, sobre todo, los organismos especializados en la educación deben tener un papel mucho más activo.

El Frente Amplio dio un paso muy audaz cuando en el gobierno de José Mujica se impulsó la regulación del mercado de la marihuana. Ahora tiene el deber de ser igual de audaz en estar a la vanguardia también en materia de prevención. La reducción de riesgos debe ser parte de esa estrategia, sí, pero, sobre todo, debe escucharse fuerte y claro el mensaje principal: que la mejor forma de evitar el daño es no consumir.

(*) El ejemplo de la marihuana vuelve a ser clarísimo. Durante décadas el cannabis estaba en la misma bolsa que el resto de las drogas. Por sí mismos, y generación tras generación, miles de jóvenes fueron descubriendo y derribando varios de los prejuicios que rodearon a esta sustancia. Y, en el camino, tuvieron que aprender cómo vincularse con ella porque, obligados a acceder a ella desde la clandestinidad, el Estado jugó como un actor omiso a la hora de educar sobre sus verdaderos riesgos y perjuicios.

Lo mismo podemos decir de las otras sustancias; y las drogas de síntesis no son una excepción.

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Emitido en el espacio En Primera Persona de En Perspectiva, viernes 08.07.2016, hora 08.05

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