Urquiza esq. Abbey Road
De discos y disquerías

Mmmm a Vinyl Store in Payson, AZ?
Alan Levine

Sexta entrega de Urquiza esq. Abbey Road versión audio: Eduardo Rivero recuerda a esos templos en peligro de extinción conocidos como disquerías, desde los que frecuentó en Montevideo siendo un adolescente hasta que los que conoció en ciudades como Buenos Aires, Londres y Nueva York.

Por Eduardo Rivero ///

Desde muy pequeño hice de la música una religión, y de las disquerías mis templos. Como todos los lugares de culto los hubo pequeños y enormes, hermosos y humildes, locales e internacionales. El pasado miércoles 11, con la celebración en Uruguay del Día de las Disquerías, los ojos de la memoria recorrieron un itinerario de lugares donde reinaba la música en forma de vinilo, en principio, para luego mutar hacia otros soportes como el cassette –prácticamente fallecido– y el CD –amenazado de muerte–.

Mi recuerdo más querido es la clásica vidriera en ochava del Palacio de la Música, en la esquina de 18 de Julio y Paraguay, donde en un mundo sin Internet veíamos por primera vez las carátulas de los nuevos discos, para luego ingresar al enorme salón de la planta baja, con su doble hilera de cabinas donde probarlos, una a nivel del suelo, otra encima, subiendo una crujiente escalera de madera.

¿Quién de mi edad no pasó una tarde allí, escuchando discos que en realidad el juvenil bolsillo raramente podía comprar? ¿A quién no se le pasó por la cabeza, perversamente, animarse a esconder algún disco bajo la ropa y salir a la calle lo más campante con cara de yo no fui? En aquella vidriera en ochava vi por primera vez la más increíble de las carátulas: Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de The Beatles, que me demostró que todo era posible en el arte de la música popular de la mano de los supremos sacerdotes de aquel tiempo milagroso.

En aquellas cabinas escuché junto a Jorge Galemire por primera vez el asombroso La conferencia secreta del Toto’s Bar de Los Shakers, primer disco en la historia del rock en fusionar guitarras eléctricas con bandoneón en la memorable Más largo que el ciruela. Un bandoneón piazzolístico tocado por Carlos “Pelín” Capobianco, uno de los propios integrantes de la gran banda uruguaya de entonces. El fuelle iluminaba el pequeño parlante de la cabina y nosotros sentíamos florecer nuestra rockera adolescencia naciendo también al tango.

Mi memoria visitó luego La Diskería, el pequeño local 26 de la Galería De London de fines de los 60, centro social de los pibes de la clase media montevideana, y bien diferente de esta ruina casi totalmente deshabitada que es hoy. Allí, Cristina Raviolo, una morocha de melenita corta aconsejaba y vendía, delante de una gigantografía con la cara de los cuatro Beatles.

Hasta hoy recordamos junto a Jaime Roos haber ido allí una tarde de mediados de los 70 allí a comprar el bastante olvidado álbum doble de la banda británica Yes, Tales from Topographic Oceans. Allí compré discos como Days of Future Passed de The Moody Blues, convertido en un clásico del rock sinfónico, o la maravillosa combinación de jazz rock del Spectrum del baterista Billy Cobham.

Mucho más acá en el tiempo, fui especialmente devoto de Rarities ubicada en otra galería que hoy ni se parece a lo que fue, la Yaguarón, más allá de la Confitería Payaso y subiendo a un concurridísimo entrepiso. Rarities fue la primera en ofrecer material ordenado alfabéticamente y compra por catálogo al exterior, cuando aún la venta online no estaba difundida. Allí se me hacía agua la boca, el corazón se aceleraba y el bolsillo sufría. En Rarities me tenté con unos cuantos carísimos box sets de CDs, entre los cuales se encuentra Loud, Fast and Out of Control, del sello especialista en oldies Rhino Records, la mejor recopilación que he conocido del rock salvaje, elemental, primitivo e incomparable de la década del 50, que incluye a Elvis, Chuck Berry, Eddie Cochran, Buddy Holly y un montón más hoy nada célebres pero no por ello menos disfrutables.

No pude dejar de recordar, como inmejorable punto de venta de discos de ocasión a El Astro de los Discos, en Uruguay y Tristán Narvaja, que todavía existe. El reinado de “el viejo David”, un veterano gordito de bigotes y ojos claros que las sabía todas, sobre todo qué cosa buscaba cada uno de los que allí ibamos, a quienes nos tenía perfectamente catalogados con infalible memoria.

Una tarde salí de su polvoriento local con el santo grial del rock de fines de los 70 bajo el brazo: una edición argentina maravillosa del álbum triple Woodstock en impecable estado y a impecable precio, incluyendo, claro, la lámina central de tres cuerpos desplegable con una emocionante vista del medio millón de personas sentados en aquel campo de Bethel, New York en los días finales de agosto de 1969.

A cierta altura, cuando el bolsillo ya dolía menos, el mundo dejó de ser tan lejano y tan ajeno. Recordé las reiteradas visitas a una de las más alucinantes disquerías del mundo, la HMV de Oxford Street, en el corazón de Londres. Un gigantesco piso para el rock, otro para el jazz y otro para la música clásica.

El lugar, dicho sea de paso, donde Brian Epstein, a través de un editor musical de nombre Sid Coleman, que trabajaba en los pisos superiores, puso en contacto a los Beatles con George Martin de la EMI y logró el primer contrato discográfico para la banda. HMV me permitió traerme un álbum de tres vinilos en edición de lujo desde todo punto de vista: Wings Over America, de la gira en vivo de Paul McCartney and Wings por EEUU en 1975.

La memoria me llevó también a una vieja casona de Manhattan, Nueva York, donde funcionaba una sorprendente disquería exclusivamente dedicada a las bandas de sonido de las obras musicales de Broadway. Allí, a mediados de la década de 1980, me compré la fabulosa banda de sonido del cast original de la versión teatral del musical A Chorus Line, con su demoledora canción final One que es un momento descomunal de su adaptación cinematográfica, dirigida por Richard Attenborough.

Y mientras recorría también con la memoria lugares fantásticos como la sección discos de El Corte Inglés en el local que da a Galerías Preciados, en Madrid, o la casa central de Ricordi, en Roma, llegué a la que seguramente haya sido la más impactante disquería que he conocido: Tower Records de Buenos Aires –hoy ya largamente cerrada–, que contaba con un espacioso sótano por Florida frente a las Galería Pacífico, pero sobre todo con una inmensa casa central en Santa Fe esquina Riobamba.

Enorme, con sus estaciones de escucha cada pocos metros y sus monitores para consulta de los clientes.Tan descomunal que hasta tenía una estación de FM que transmitía solo para sus salones. Cuando ya había vaciado mis viajeros bolsillos descubrí allí en una batea, ya camino a la calle, nada menos que los álbumes dobles de Ella Fitzgerald dedicados al American Songbook de Cole Porter y de Rodgers y Hart. La tarjeta de crédito fue mi tabla de salvación.

El mundo cambió, la música cambió y la comercialización de la música cambió. Ya nada queda –aún pese a la sorprendente aunque minoritaria y carísima moda que trajo de regreso al vinilo– de aquella sensación maravillosa de ir a la disquería y luego salir a la calle con una pila de long plays bajo el brazo. La descarga de Internet y los sitios de música on demand son geniales, y soy un usuario convencido. Pero la memoria, porfiada, se niega a dejar ir aquellas disquerías, moribundos elefantes blancos de una jungla hoy habitada por criaturas virtuales que tienen todo, menos entrañable ruido a púa.

***

Emitido en En Perspectiva, programa del lunes 08.02.2016, hora 10.20. Publicado originalmente en Urquiza esq. Abbey Road, el blog musical de Eduardo Rivero en EnPerspectiva.net, el 18.11.2015.

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Archivo del blog Urquiza esq. Abbey Road versión audio

Foto: Tienda de discos de vinilo en Payson, Arizona, 30 de julio de 2013 (foto ilustración). Crédito: Alan Levine.

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