Sobre la Ciudad de la Costa y los cambios

La recorrida en bicicleta por la Ciudad de la Costa que Pablo Fernández presentó en la sección Crónicas de verano de En Perspectiva el martes 9 de febrero motivó esta carta del escritor Marcelo Estefanell, residente de El Pinar, Canelones.


A medida que me hago viejo aumenta mi asombro al ver cómo mis congéneres se desesperan por alimentar la ilusión de evitar los cambios o, en el mejor de los casos, que estos sucedan tal como uno lo desea.

Esta mañana, escuchando a Pablo Fernández con su crónica “antropológica” acerca de su viaje en bicicleta desde Montevideo a La Floresta irrumpió con toda la fuerza de la evidencia esa quimera, esa negación, en suma, de que la vida es, en esencia, cambio.

La costa que él conoció y que describe de su niñez tampoco existía en los tiempos de su abuelo y, menos aún, en 1900. Yendo mucho más atrás, si Pablo hubiese pasado en su bicicleta hace 10.000 años por donde hoy está el primer peaje de la Interbalnearia se hubiese sorprendido de que las olas morían donde hoy se ven las rocas debajo del puente del arroyo Pando y cuál no sería su sorpresa cuando se le cruzara un gliptodonte.

Hasta que no se forestó con pinos y acacias desde el arroyo Carrasco hasta Punta del Este, lo que hoy es la Ciudad de la Costa lucía como un páramo de arenales, juncos y pajonales; era lo que los geógrafos físicos llaman un «estero marino». Los pájaros que habitaban estas costas eran gaviotas y todas las variedades marinas que vemos hoy: chorlitos, gaviotines, garzas y golondrinas de mar.

El paisaje que extraña Pablo recién comenzó a formarse a fines de la década de 1940. El resto viene con los primeros pobladores y los veraneantes: ellos construyeron sus casas y sus jardines; y los jardines trajeron el alimento necesario para los horneros, venteveos, zorzales, calandrias, halcones, picaflores y una inmensa variedad de pájaros que antes no existían por la sencilla razón de que la zona no les ofrecía los nutrientes necesarios.

Pablo rescata algunos rincones de El Pinar como de los pocos que quedan según los recuerdos idealizados que conserva. Pues bien, desde el temporal de agosto de 2005 los pobladores se han vuelto tontos y miedosos y hoy deben de quedar la mitad de los árboles que había cuando el diciembre del 2000 me vine a vivir aquí, a Rincón del Pinar.

En fin, pretender controlar los cambios inevitables del hombre y su sociedad puede ser una tarea necesaria y, a veces, útil. Lo cierto es que estudiamos nuestro pasado lejano “desanterrando” culturas antiguas; y dentro de 3.000 años, nuestros descendientes también buscarán datos de sus antepasados debajo vaya uno a saber de qué arenales, qué costas o qué selvas, por más que cuenten con una tecnología que hoy ni siquiera podemos imaginar.

Marcelo Estefanell, desde El Pinar
Vía correo electrónico


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Foto en Home: Playa Brava, Atlántida, Canelones, foto ilustración (archivo). Crédito: Ricardo Antúnez/adhoc Fotos.

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