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Por Eduardo Rivero /// Allá por 1966, mi prima Marta –siempre un tiro al aire– decidió vender discos a domicilio, equipada con un ajado portafolios y un catálogo del sello Antar-Telefunken, hoy desaparecido. Le vendió a mis viejos unos cuantos discos clásicos con obras de Vivaldi, Bach, Beethoven y algunas deliciosas y etéreas piezas de piano…