¿Sueñan los robots con tapabocas eléctricos?

Javier Calvelo / adhocFOTOS
Por Gastón González Napoli ///

Octubre. Ya octubre.

Solo me falta ver tapabocas en mis sueños.

Veo gente amontonada en películas o series y me da un pinchazo inconsciente de «¿¡qué hacen todos juntos, apretados, sin tapabocas!?».

Un amigo vio a una mujer vomitar en un ómnibus. Primero se sacó el barbijo.

Estaba mirando un capítulo de la serie Glee, emitido en 2010, y cuando apareció un personaje de tapabocas me dio un pequeño vuelco el estómago. El chiste era que no se le entendía cuando hablaba. «JAJAJAJ», reí, para mantener a raya el ataque de ansiedad.

Quién iba a decir que Glee iba a caer en el terreno correspondiente en general a la ciencia ficción premonitoria. A Phillip K. Dick.

Fui al cine y pregunté si podía sacarme el tapabocas para comer el pop. «Obvio», me dijeron, «es más, adentro de la sala no lo tenés que usar. Es solo para los pasillos». PERFECTO.

Al terminar la película nos sacamos una foto con mis amigos, ya de barbijos puestos; mientras esperaba que el timer cumpliera su cuenta atrás me pregunté para qué corno estaba sonriendo. «¡Las sonrisas ya no importan!», me dije «riendo».

El último día de setiembre me levanté con una picazón insoportable en la nariz -hola, primavera, un gusto- y bastante calor. Al rato me tomé un ómnibus: el roce con la tela me disparó la picazón y las consecutivas dificultades para respirar, y me di cuenta de que las bondades invernales del elemento en cuestión, que protegía las narices del frío, van a dejar de ser bondades muy rápidamente en paralelo a la suba de la temperatura.

Me di cuenta de que en verano, esos días en que las piernas desnudas se pegan a los asientos de plástico, no iba a poder usar barbijo adentro del transporte público montevideano.

Me di cuenta de que el verano está a la vuelta y ni miras de que la emergencia sanitaria esté levantada para entonces.

Me puse a pensar en que pronto estaremos discutiendo protocolos para fiestas navideñas. Me vi a autoridades científicas avisando que -¡esta vez sí!- era el mayor riesgo hasta el momento, era la fecha en la que todo podía cambiar, y habría que tener más cuidado que nunca.

Me di cuenta de que odio casi tanto la palabra «protocolo» como detesto «covid».

Pensé que si se ven tapabocas con escudos de cuadros de fútbol y con banderas de partidos políticos, es casi seguro que los habrán con motivos navideños. En días veremos ya los de Halloween. ¡Qué ganas!

Quiero una remera que diga «el remedio no puede ser peor que la enfermedad», pero me da miedo que me acusen de negacionista, de conspiracionista, porque en este mundo en el que vivimos no existen los grises, no existen los términos medios.

Y cada vez que oigo decir «no vamos a poder hacer tal cosa hasta que no haya una vacuna» recuerdo que es muy posible que nunca la haya, que ese sea uno de esos virus que no tienen vacuna. Y recuerdo que el ministro de Salud dijo, no hace tanto, pero pareciera que hace mucho, que los tapabocas llegaron para quedarse.

Recuerdo que Rafael Mandressi se preguntaba, en una entrevista con En Perspectiva, que si las enfermedades respiratorias han caído tanto este año y el tapabocas parece tener parte del crédito, entonces qué motivos habría para dejar de usarlo aunque el covid desapareciera de la faz de la Tierra.

Tal vez en el futuro, cuando nos sustituyan finalmente los robots, se diseñarán a sí mismos con barbijos, pues será lo que vean en los rostros de todos los seres humanos y asumirán que es como debe ser una cara.

Tal vez sueñen con tapabocas eléctricos.

Octubre. Ya octubre. Qué cansado que estoy.

***

Etcétera es el blog de Gastón González Napoli en radiomundo.uy

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