Urquiza esq. Abbey Road
Vida, muerte y resurrección del vinilo (I)

Por Eduardo Rivero ///

De acuerdo a la impersonal y desapasionada definición del diccionario, un disco de vinilo es “un medio de almacenamiento de sonido analógico en forma de disco de policloruro de vinilo”.

Para mí, un disco de vinilo es un pedazo de vida a veces insignificante; otras, inmenso. Es un objeto que respira arte y que retrata lo que fui y lo que soy, tanto si forma parte de mi colección desde hace añares como si es parte de ella desde hace apenas cinco minutos.

Sin dudas para muchos el vinilo es la más entrañable forma de reproducir música, con una larguísima y accidentada historia en la que conoció la gloria universal, fue dado por muerto y finalmente resurgió más lozano que nunca.

En esta serie de tres notas vamos a seguir la peripecia del vinilo, con pasión de fanático y curiosidad de periodista. La pasión de quien nació y creció junto a ese formato de excepcional calidad de audio, escuchado en condiciones óptimas –una gran bandeja reproductora, a través de un amplificador de alta fidelidad y parlantes de varias vías acordes– y la curiosidad de quien se siente motivado a bucear en entretelones históricos realmente apasionantes.

Generalmente se cita a Thomas Alva Edison como el inventor del fonógrafo, antepasado del moderno tocadiscos, y de hecho no es tan así.

En 1857 el pintor y librero francés Edouard-Léon Scott de Martinville desarrolló el “fonoautógrafo”, primer sistema de grabación conocido, basado en un diafragma y una aguja que registraba los sonidos.

Veinte años después, en 1877, Thomas Alva Edison inventó su mundialmente célebre fonógrafo. No hay indicios de que haya conocido el invento de Scott de Martinville. A diferencia del aparato del inventor francés, el de Edison grababa y reproducía los sonidos con el soporte de una cinta de papel impregnada de cera, enrollada en un cilindro metálico estriado equipado con una aguja que vibraba y registraba el sonido. Una década después, Edison perfeccionó ese cilindro mejorando enormemente la calidad del sonido.

Edison no inventó los discos. De hecho, cuando estos surgieron –de la inventiva del científico nacido en Alemania y radicado en los EEUU Emile Berliner– los combatió tenazmente, aduciendo la superioridad de su cilindro sonoro. La guerra entre los discos de Berliner –fundador, dicho sea de paso, de la Víctor Talking Machine Company, antecedente de la multinacional RCA Víctor– y el gramófono cilíndrico de Edison duraría hasta entrada la década de los 20. Por 1925 el disco 78 revoluciones por minuto se estandarizó y los cilindros desaparecieron del mercado para ingresar en los museos.

En los inicios del disco, la grabación de la música se realizaba en forma acústica, con los artistas ubicados delante de una bocina que captaba los sonidos y los grababa haciendo vibrar un diafragma.

Poco después, también en el curso de la década del 20, llegaría la grabación eléctrica, notoriamente superior en cuanto a calidad de audio, utilizando ya micrófonos.

Los primeros discos “de pasta” 78 r.p.m. estaban grabados de un solo lado. Luego se estandarizaron con una obra musical de cada lado, mejoraron su sonido pero nunca pudieron contra su histórica debilidad: lo frágil y quebradizos de su material de fabricación.

El disco de vinilo “irrompible” y velocidad de giro de 33 1/3 revoluciones por minuto fue inventado en 1931. Pero el venerable y amadísimo “long play” de 12 pulgadas de diámetro recién sería introducido al mercado por el sello Columbia en junio de 1948.

Al año siguiente aparecerían los simples de 45 revoluciones por minuto, con una pista musical de cada lado, 7 pulgadas de diámetro y una gran perforación en medio, que los hacía aptos para ser accionados por el mecanismo de las rockolas ubicadas en bares y cafeterías.

Dos curiosidades fueron el formato de 10 pulgadas de díametro, con unas cuatro canciones por lado, y los discos con velocidad de giro de 16 revoluciones por minuto.

Los tocadiscos que existían en los años de mi niñez, a fines de la década del 50, traían las cuatro velocidades en su mecanismo: 16, 33, 45 y 78.

En la década de los 50 apareció el EP (extended play) con dos canciones por lado, un formato muy exitoso.

El sonido estereofónico, con los parlantes izquierdo y derecho y la posibilidad de “ver” en la habitación determinados instrumentos y voces a un lado, a otro y en el centro, se lanzó a la venta comercialmente en 1958, paralelamente a un sonido notoriamente mejorado llamado “Hi-Fi”, es decir “Alta Fidelidad” (High Fidelity).

En una vida plagada de curiosidades, cabe señalarse la fugaz aparición en la década de 1970 del formato “cuadrafónico”, que duplicaba la señal en el estéreo y permitía ubicar cuatro parlantes en la habitación. Recuerdo, por ejemplo, la edición “cuadrafónica” de la ópera rock Tommy de la banda británica The Who.

Hasta la segunda mitad de la década de los 80 y pese a la aparición del cassette de audio, el disco de vinilo sería el monarca casi absoluto en el reino de la música grabada.

No me cuezo al primer hervor, y por ello digo con toda propiedad que soy súbdito del reinado inicial del vinilo. A partir de mis 12 años compré un vinilo tras otro, me reflejé en la música de los álbumes más memorables de mi generación y armé una suculenta colección. Me reuní con amigos a escuchar discos, me hice disc jockey de discotecas profesionales como Lancelot, fui discotecario y programador musical en diversas radios y hoy disfruto como loco del nuevo auge del vinilo, que me resulta maravilloso y, en especial, emocionante.

Con el equipo adecuado, el vinilo sigue siendo una fuente sonora incomparable, ya que no hay frecuencias del espectro sonoro “recortadas” electrónicamente para que el audio entre, debidamente comprimido, en los formatos WAV y MP3, y por lo demás, el arte de carátula de un buen long play sigue siendo atractivo como ningún otro.

Solo el vinilo permite la maravilla de ir de tu casa a lo de un amigo, pongamos, un sábado de mañana, llevando una pila de discos bajo el brazo.

No existe tecnología de punta, ingenieros electrónicos ni Silicon Valley capaces de superar esa vieja y dulce sensación.

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Urquiza esq. Abbey Road es el blog musical de Eduardo Rivero en EnPerspectiva.net. Actualiza los miércoles.

Continúa en…
Urquiza esq. Abbey Road: Vida, muerte y resurrección del vinilo (II)

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2 Comentarios - Escribir un comentario

  1. La grabación digital es indiscutiblemente superior a la analógica, no hay dos opiniones al respecto. Que una grabación analógica pueda tener un rango dinámico superior a una grabación digital de baja calidad es una cosa, pero afirmar que una grabación analógica es superior a una digital así sin más es como afirmar que un TV analógico tiene mejor desempeño cromático y de definición que un HD TV.
    El punto está en el nivel de calidad con que se realiza dicha grabación digital, sea esta de audio o de video.

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  2. Creo que es bastante discutible decir que la grabación digital es «indiscutiblemente superior» a la analógica. ¿Qué y quién la define como «superior»?. Hay algo que es claro: hay matices y zonas sonoras que el sistema digital no percibe. . . y como no las percibe directamente las elimina. Y eso si que es indiscutible. Por poner un ejemplo, cuando hay una nota musical que queda vibrando, en una grabación esa nota o conjunto de notas (o sonidos) se va apagando lentamente, como ocurre en la vida misma. Sin embargo, en la grabación digital se va apagando. . . y cuando los unos y los ceros no la perciben la cortan, como un cuchillo. Lo mismo ocurre directamente con el silencio: en las grabaciones analógicas el silencio puro no existe, por el simple hecho de que el silencio puro tampoco existe en la vida. El silencio puro solo existe en el ámbito digital, lo que no deja de ser antinatural.

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